El médico le aseguró a Freya que todo marchaba bien y que, en una semana más, podrían retirar el yeso. Ella sintió cómo el alivio le aflojaba los hombros. Honestamente, ya estaba al borde de perder la cordura. Estar en cama era molesto, pero ser vigilada al extremo por Enzo Callaghan era tortura pura. El hombre se había transformado en una mezcla entre vaquero posesivo, enfermero paranoico y general de alto rango. No podía hacer nada —nada— sin que él apareciera detrás con los brazos cruzados, dispuesto a llamar a la fisioterapeuta para preguntar si mover el pie medio centímetro era seguro. Freya intentó escaparse al porche una mañana. Él la atrapó antes de llegar a la puerta. Intentó prepararse un café sola. Él casi convulsionó. Intentó ponerse de pie sin avisar. Él la miró como s

