Tara Jones y Marianne Harper estaban plantadas en el pórtico del rancho Callaghan como dos espías mal entrenadas. Llevaban sus mejores trajes, demasiado elegantes para un rancho, pero perfectos para una misión de alta importancia nacional: actualización inmediata sobre el estado romántico-salud-emocional de Freya y Enzo. En sus manos, cada una sostenía un recipiente de comida. Nada ostentoso esta vez. No después del incidente del pavo. —¿Te acuerdas cuando intentamos traer pavo relleno? —susurró Marianne, bajando la voz como si el pavo pudiera oírla desde la otra vida. —Nunca olvidaré cómo salió corriendo Enzo diciéndonos que no íbamos a envenenar a nadie en su propiedad —replicó Tara. —Y tenía razón. Ese pavo olía a pecado. —A pecado mortal —corrigió Tara. Ambas asintieron con grave

