Dos semanas después. Más de la mitad de los habitantes de Sedona juraba que Enzo Callaghan estaba poseído por el mismísimo diablo. Y no porque fueran particularmente religiosos—la mayoría apenas pisaba la iglesia en Navidad— sino porque cuando un hombre pasa de ser el alma de las barbacoas a mirar a los vecinos como si fueran insectos que le molestan en la sopa… bueno, la posesión demoníaca empieza a parecer una explicación bastante razonable. Desde que había regresado de aquel viaje por Italia —donde se suponía que iría a relajarse de vacaciones para olvidar el mal trago de ser plantado en el altar— su temperamento había cambiado por completo: Ya no admitía visitas. Devolvía las cacerolas de comida y las canastas de pays sin siquiera probarlos. No respondía los saludos, e incluso llegó

