—Hay un caballero que desea comprar el cuadro de las manos. Freya levantó la vista del celular, ya sin mucha paciencia. Era el último día de la exposición y estaba contando los minutos para ir al aeropuerto. Además, hace más de medio día que Enzo no respondía ninguno de sus mensajes, lo que solo aumentaba la inquietud en su estómago. —Susan… —suspiró— Ya te dije que ese cuadro no está a la venta. —El caballero ha insistido mucho —replicó la galerista, apretando su carpeta contra el pecho. Freya ya había tenido esa discusión demasiadas veces en la última semana. Cuatro, para ser exactos. —Pues dile que no me interesa. El cuadro no se vende. Susan abrió la boca, como si quisiera decir algo más, pero antes de que pudiera pronunciar una palabra, una voz familiar —profunda, tibia, inconfu

