No sabía cuándo tiempo había estado frente al caballete. El sol parecía estar más tenue y el ruido del mar más calmado. Ambos dedos le dolían, pero por primera vez desde hace dos años, Freya estaba inspirada. Por fin, apartó el pincel y lo dejó junto a los tubos de óleo, observando el lienzo impregnado de colores que aún no terminaban de secarse. Se permitió una sonrisa ligera, sintiendo la calidez de una satisfacción genuina revoloteando en su pecho. Cuando el mar volvió a retumbar contra las piedras y la luz se filtró entre las cortinas de la terraza, Freya supo que estaba lista para enfrentar lo que viniera: La conversación pendiente con Enzo, los recuerdos agridulces y la incertidumbre de saber si había escogido la pintura como una verdadera forma de vida. Salió de la terraza con el e

