Mismos deseos enfermizos

2160 Words
𝗣𝗢𝗩 𝗟𝗮𝘂𝗻𝗶𝗰𝗲 𝗥𝗼𝗴𝗲𝗿 𝗔𝗴𝗲𝗻𝘁𝗲 𝗘𝘀𝗽𝗲𝗰𝗶𝗮𝗹 𝗱𝗲 𝗔𝗜𝗚𝗥𝗢 [𝘼𝙜𝙚𝙣𝙘𝙞𝙖 𝙙𝙚 𝙄𝙣𝙫𝙚𝙨𝙩𝙞𝙜𝙖𝙘𝙞𝙤́𝙣 𝘾𝙤𝙣𝙩𝙧𝙖 𝙚𝙡 𝘾𝙧𝙞𝙢𝙚𝙣 𝙊𝙧𝙜𝙖𝙣𝙞𝙯𝙖𝙙𝙤] La puerta del ascensor se cierra ante mi atenta mirada, mostrándome mi propio reflejo en el pulido acero y, durante unos segundos, el silencio me envuelve. Ya no existe el penthouse de Dimitri Romanov, ni su aliento a whisky, ni el sonido de su voz rabiosa, cargada, obstinada, retumbando en toda la puta sala. …𝘌𝘯𝘵𝘰𝘯𝘤𝘦𝘴 𝘭á𝘳𝘨𝘢𝘵𝘦 𝘥𝘦 𝘮𝘪 𝘦𝘴𝘱𝘢𝘤𝘪𝘰 𝘱𝘦𝘳𝘴𝘰𝘯𝘢𝘭, 𝘮𝘢𝘭𝘥𝘪𝘵𝘢 𝘱𝘰𝘭𝘪𝘤𝘪́𝘢. 𝘕𝘰𝘴 𝘷𝘦𝘳𝘦𝘮𝘰𝘴 𝘦𝘯 𝘦𝘭 𝘗𝘭𝘦𝘢𝘴𝘶𝘳𝘦 𝘴𝘪 𝘭𝘢𝘴 𝘥𝘦𝘭𝘪𝘤𝘪𝘰𝘴𝘢𝘴 𝘤𝘢𝘴𝘶𝘢𝘭𝘪𝘥𝘢𝘥𝘦𝘴 𝘦𝘴𝘵𝘢𝘯 𝘥𝘦 𝘯𝘶𝘦𝘴𝘵𝘳𝘢 𝘱𝘢𝘳𝘵𝘦… Una sonrisa lenta y peligrosa vuelve a abrirse paso en mis labios cuando reproduzco en mi cabecita sus palabras. Y cuando el ascensor empieza a descender, no puedo evitar soltar una pequeña carcajada. La piel me arde. Tengo el corazón acelerado. —Carajo… —murmuro, mirando ahora mi rostro en el espejo decorativo a mi espalda—. Dimitri Romanov acaba de mandarme a la mierda. ¡Qué divertido! Sonrío con ganas, porque que lo haya hecho me resulta tan exquisitamente... delicioso. Repito sus palabras mentalmente una vez más y vuelvo a reír, esta vez un poco más bajo, dejando que el recuerdo se reproduzca dentro de mi cabecita como una película que reviso una y otra vez, cuadro por cuadro, gesto por gesto, palabra por palabra. El brillo salvaje en sus ojos me acompañará por el resto de los días hasta que nos volvamos a ver. Porque nos veremos, de eso estoy muy segura. Si Dimitri Romanov cree que esta historia es donde el cazador va detrás del pobre conejo indefenso para ejecutarlo, está muy equivocado. En esta historia, el conejo tiene garras, dientes y no es de los que se queda dormido cerca de la madriguera a descansar. Soy su conejita. Así me apodó desde aquella noche y lo acepté; me pareció divertido y encantador a todo lo que ya soy. Pero no soy inocente ni tierna. Por si mis venas corre sangre contaminada con los placeres mortales que el Pleasure me ofrece y en mi interior late ese deseo insano y delicioso que él mismo despertó dentro de mí. «Maldito imbécil, ¿sabes lo que hiciste?». Pienso ahora en el momento exacto en que apuntó el arma bajo su propio mentón, en los gritos que me soltaba paraque disparaba y en la adrenalina que sentí tan potente bajo mi piel, que tuve que contener la sonrisa. Él estaba muy obstinado. Que oliera a otro lo descontroló y es algo que tengo que analizar. Apoyo la espalda contra el espejo, llevándome la paleta a la boca y bajo la mirada al suelo al tiempo que cruzo una pierna delante de la otra, apreciando la punta de mis tacones negros. Con calma analítica, repaso cada detalle como si estuviera estudiando una escena de crimen, el informe de mi siguiente misión en lugar de recordar este… pequeño incidente entre los dos. El perfume lo hizo perder el control. Demasiado. Sonrío con la paleta en la boca. Y no lo perdió de esa forma elegante, medida y peligrosa que siempre utiliza cuando domina la situación. Por supuesto que no. Esta vez fue diferente. Su reacción fue visceral. Cruda. Bastante real. Sonrío otra vez, porque lo sentí todo. Sentí cada una de sus emociones con la misma crudeza con que las expuso. Sentí el momento exacto en que su paciencia se quebró, cuando la conversación dejó de ser un juego de palabras afiladas y se convirtió en algo más oscuro, más primitivo y animal, cercano al mismo instinto sombrío que hay dentro de su ser. Lo sentí en mi puto cuello porque me estaba ahorcando y, aunque me cabreó la situación, por dentro estaba rogando que continuara, que no se parara, porque ansío ver hasta dónde es capaz de llegar con tal de joderme de verdad. «Y debo admitir que eso… me excita». Aunque no físicamente, a pesar de que se siente rico. No de la manera que él cree que me excitan los juegos dentro de la habitación que considera un templo privado para sus demonios y yo el cordero de expiación. Así no. Lo que me excita es algo más interesante que eso. Es la pura y peligrosa curiosidad que aparece cuando un depredador reconoce a otro. Eso es lo que siento, no deseo. Ni siquiera es atracción en el sentido sencillo y estúpido con el que la mayoría de la gente entiende estas cosas. Lo mío, lo que siento y arde bajo mi piel, es reconocimiento. Levanto la mirada despacio hacia mi reflejo frente a las puertas de acero; observo con calma cómo la paleta gira peligrosamente entre mis labios. Cuando dos depredadores se cuentan en el mismo territorio, ocurre algo curioso. No se miran como lo harían dos animales normales. Se estudian mutuamente. Analizan cada movimiento, cada respiración, cada silencio, tratando de descubrir si el otro es una amenaza o… algo más interesante. Y Dimitri Romanov definitivamente se volvió interesante para mí desde hace mucho. Ladeo un poco la cabeza, observando mi propia expresión con esa frialdad que utilizo cuando examino el terreno que pisaré en mi próxima operación. Porque lo que ocurrió allá arriba no fue una simple discusión. Fue una prueba, un choque. Un breve momento en el que dejamos de fingir. Él dejó ver al monstruo que lo domina cuando un simple aroma lo descoloca y yo… simplemente accioné con uñas y dientes. Actuamos como dos criaturas peligrosas midiendo límites. Dos animales preguntándose lo mismo sin decir ni una puta palabra. ¿Hasta dónde serías capaz de llegar por el deseo que palpita dentro de ti? Dejo escapar un suspiro cuando las puertas del ascensor se abren en el estacionamiento subterráneo. Me despego del espejo y volteo para verme una vez más antes de salir. Aún tengo el cuello un poco enrojecido por culpa de sus manos, pero al menos el cabrón sabe hasta dónde ejercer presión para no dejarme marcas. Eso sería una completa mierda. Acomodo mi cabello y salgo del ascensor con una espléndida sonrisa, pensando en la otra cosa interesante de la noche mientras avanzo hacia dónde está mi auto estacionado. —Así que exclusividad… —murmuro con cierto tono divertido. La palabra suena extraña incluso dentro de mi propia cabeza. Sé lo que quiero, pero exclusividad y lealtad, esas dos malditas palabras que me lanzó como si fueran granadas, realmente me parece una jugada… peculiar. Las reglas siempre fueron claras, simples, casi elegantes en su brutal honestidad. Me pasé por el arco del triunfo… algunas. Poquitas. Me río sola ante esa conclusión y me vuelvo a reír cuando recuerdo su expresión al soltar esas palabras como si fueran una exigencia legítima. ¿Acaso tenía que agradecerle por ofrecerme algo que a nadie antes le ha ofrecido? Sé que soy especial, pero que manía de hacer ver su acto como si fuera uno de misericordia y no lo que realmente es. Él lo sabe y yo también. Y ese es el maldito problema. Eso es lo que lo obstina y desquicia, porque yo sí soy leal, pero no a él. Mi lealtad y exclusividad en todos los ámbitos de mi vida giran en torno a mi sangre, a mis padres, tíos, primos, a mí misma e incluso al dueño del aroma que tanto lo descolocó. Mi lealtad y toda mi atención están en otro hombre que pesa mucho más en mi vida que cualquier exquisito juego enfermo que tenga con Dimitri Romanov en su penthouse o en el Pleasure. Aprieto los dientes al pensar en Harold, no por incomodidad, sino por el peso real que su nombre y presencia tiene dentro de todo lo que hago, dentro de cada decisión que tomo y he tomado en mi vida desde que lo conocí y cada línea que estoy dispuesta a cruzar en su nombre. Estoy comprometida. Muy comprometida. Y no nada más lo digo por el anillo que decora mi mano con semejante diamante blanco, sino porque lo mío con mi querido Harold Leclerc es otra cosa. No es nada más afecto. Es trabajo. Estructura. Lealtad real. Mi mundo, desde hace tres años que lo conocí, gira alrededor de ese eje, alrededor de todo lo que implica mi compromiso con él, y aceptar la exclusividad que Dimitri exige significaría mucho más peligroso que acostarme en secreto con él. No niego que me ha fascinado la propuesta. Algo dentro de mí vibró, se regocijó ante la… encantadora petición. Pero aceptar justo ahora, sería cederle poder a alguien que solo quiere volverme mierda y, aunque anhelo que lo haga, amo demasiado mi libertad en este punto crucial de mi vida como para permitir algo así. Puede que sienta el mismo deseo enfermizo que yo de empujar hasta el límite, de presionar hasta encontrar el punto exacto donde algo dentro del otro finalmente se quiebra y disfrutar del placer que eso genera. No lo juzgo en lo absoluto. Todos tenemos deseos perversos dentro; la única diferencia es que algunos sabemos esconderlos mejor que otros. Yo escondo los míos muy bien. No soy una santa y jamás lo he sido. Mis propios deseos no son precisamente inocentes ni sanos cuando se trata de mi encantador ejecutor. Las personas fingen. Yo lo hago. Las personas mienten y yo lo hago casi siempre y eso es lo que me diferencia de ese cabrón, porque él no lo hace. Dimitri es brutalmente honesto en su locura y en su obsesión conmigo. Quiere romperme. Quiere hacerme llorar. Quiero ver hasta dónde puedo resistir antes de suplicarle piedad. «Pero… ¿Qué pasaría si yo quiero exactamente lo mismo?». Sonrío como la perra que soy. Si Dimitri cree que este juego que tenemos desde hace mucho tiempo consiste en ver cuándo me rompo… entonces claramente no ha entendido nada. Lo pienso y suelto otra carcajada acercándome a donde está estacionado mi hermoso Porsche 911 mientras busco la llave en el bolsillo de la chaqueta. Dirijo la mirada hacia donde el motorizado chocó y más me río. Dimitri Romanov es muchas cosas. Es un hombre terriblemente sexy, apuesto, delicioso. Es brillante, astuto, inteligente, peligroso e impredecible; por eso lo estudio muy bien. Pero en esto… en esto fue terriblemente ingenuo. —Hombres… —susurro con fingido pesar. Abro la puerta y no dudo en ingresar, quedándome por unos pocos segundos sentada con las manos sobre el volante y la mirada fija al frente. —¿Qué estará haciendo uno de los hombres más respetados dentro de la agencia en este instante? —inquiero, pensando en él. Toco el botón y enciendo el motor haciéndolo rugir sin importarme un carajo lo que mañana le vayan a decir al cabrón. Todas las alarmas se encienden y el escándalo no tarda en inundar todo el estacionamiento por culpa de la bestia que ha despertado bajo mi mando. Ajusto la marcha y, con una gran sonrisa, acelero. Estoy justo a mitad de la subida cuando el guardia de seguridad mira mi auto con molestia; supongo que he interrumpido su descanso, así que no dudo en bajar el vidrio. Se acerca al auto, tiene cara de perro bravo, pero el rostro le cambia al instante cuando su mirada hace contacto con la mía. Misma mirada que bajando hacia mi abrigo un poco abierto junto con el vidrio. —¿Te he despertado? —No, no, para nada, señorita. Ladeo la cabeza. —¿Seguro? Tienes cara de haber estado dormido. —Bueno, si estaba… —Carraspea, no deja de verme las tetas. —Hagamos algo —llamo su atención—. Cuando el señor Romanov salga, dígale que le entregue el sobre con dinero que dejé en la mesa. El hombre pestañea. —¿Dinero? ¿Usted me dará su dinero así sin más a mí? «No es mi dinero, apenas traje mi arma y una paleta de cereza, imbécil». —Sí. Y mucho. En efectivo —sonrío—. Eso compensará los malos ratos que le he hecho pasar al venir acá. —Señorita, yo no… —Es una cifra con más de tres ceros. —La mirada le cambia—. Si no los acepta, me enojaré mucho. Y si el señor Romanov no se los da… —Me inclino a buscar un bolígrafo y, al encontrarlo, le pido la mano que no duda en dármela el desgraciado—. Dígale que tiene mi número personal… —Comienzo a escribirlo con una gran sonrisa—. Y que me llamará... Dejo de escribir y vuelvo a mirarlo. —Y si usted se ve en la posición de llamarme porque así se lo ordena él, dígale que estaré muy enojada por no darle lo que le pedí, ¿está bien? No lo dejo responder. Hago rugir el motor con ganas, sostengo el volante con ambas manos y salgo como alma que lleva el diablo. —Maldito Romanov —siseo con una sonrisa—. Desprenderte de veinte mil dólares no es nada para lo que mereces por haberme echado.
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