Pisar suelo en Milán siempre me provoca algo en el pecho… pero hoy es distinto. Hoy no estoy regresando a casa; hoy estoy trayendo conmigo a Valentina Ferrara, la heredera del imperio que su padre construyó y el centro de una historia que ninguno de los dos entiende del todo. Caminamos por la terminal y ella mira todo con esa mezcla de asombro y pérdida que casi puedo sentir en mi propia piel. Su vida cambió en cuestión de días. La mía, también. El chofer aguarda afuera con el auto listo. Fillipo —correcto, profesional, silencioso— abre la puerta trasera. Apenas habla castellano, pero no importa; mi obligación es traducir, acompañar, proteger… aunque ella todavía no comprenda la magnitud de todo esto. Cuando tomo asiento junto a ella, Milán se extiende frente a nosotros como un cuadro e

