LA PRIMERA CENA

870 Words
Bajo al comedor antes de la hora pactada. No puedo dormir, no puedo leer, no puedo concentrarme. Desde que llegamos, la mansión se siente más grande, más silenciosa que nunca. Quizá es el peso de la carta. Quizá es la presencia de Valentina. Llevo puesto un pantalón n***o, una camisa gris y zapatos a juego. Sé que es demasiado para una cena informal, pero no tengo rostro para presentarme ante ella de otra forma. Mi vida es orden. Estructura. Control. O al menos lo era. Laura está conmigo. Su perfume invade el espacio: dulce, intenso, calculado. Trae una botella de vino en la mano. —Amore, qué te parece este vino? —pregunta con dulzura ensayada. Antes de responder, escucho pasos detrás de mí. Me doy vuelta. Y ahí está Valentina. Su cabello castaño recogido en una cola. El rostro apenas maquillado. Short de jean, camiseta blanca, sandalias. Sencilla. Despreocupada. Completamente fuera de lugar en el salón principal de esta mansión. Y aun así… imposible no mirarla. Laura la observa con la misma cara que usa cuando elige qué joya comprar: crítica, fría, evaluadora. Yo la miro distinto. La veo nerviosa. La veo intentando encajar en un mundo que le cayó encima sin aviso. —Valentina —digo, manteniendo la compostura—, ella es Laura… mi prometida. La sonrisa de Valentina es tan falsa que hasta duele verla. —Un gusto —dice, con una neutralidad afilada. Luego finge una excusa para escapar. Sé que es una excusa. Sé que está incómoda. Y por primera vez desde que la conozco, me molesta que alguien pueda hacerla sentir así. Laura comenta algo, pero no la escucho. Mi mente sigue a Valentina subiendo las escaleras. Pasados unos minutos, Eliza aparece en el pasillo para buscarla. Yo no pregunto. No hace falta. Sé que Paola, su madre, dejó instrucciones. Lo sé porque… yo recibí esas instrucciones también. Y cuando Valentina baja de nuevo, minutos después, me quedo sin palabras. Lleva un vestido azul Francia corto, con un escote en la espalda tan elegante como peligroso. Los zapatos combinan. El maquillaje es sutil, perfecto. La versión que aparece ante mis ojos no tiene nada que ver con la chica de shorts de hace un rato. Laura se queda quieta, como un pájaro que siente venir a un depredador. Yo… simplemente la miro. Y lo sé: me delato. Una sonrisa apenas perceptible se me escapa. Una que no me permito mostrar demasiado seguido. —Veo que encontraste la habitación que tu madre hizo preparar para ti —digo, clavando mis ojos en los suyos. Ella me mira como si quisiera leerme. Y entonces pide hablar a solas. La sigo hasta la antesala. —Dime, Valentina. —¿Mi madre escogió toda esa ropa para mí… o fuiste tú? La pregunta me descoloca más de lo que debería. Me rasco la cabeza. —Tu madre me dejó instrucciones —respondo—. Cuando pasó lo de tus padres, me encargaron una lista de cosas que debía cumplir. Escoger tu ropa era una de ellas. Pedí ayuda a las asesoras de la empresa. Ella baja la mirada un instante. —No me preocupa la ropa. —¿Entonces qué es lo que te preocupa? —pregunto, aunque sé la respuesta. Sus ojos verdes se clavan en los míos con una mezcla de vergüenza y enojo. —Que sepas todas mis medidas… incluso las de mi ropa interior. Me resulta muy incómodo que tú hayas escogido toda esa lencería. Ahí está. La incomodidad real. Levanto las manos en señal de rendición, pero una sonrisa me traiciona. —¿No te gustó? Ríe nerviosa. Me gusta ese sonido más de lo que debería. —Solo a mi madre se le podría haber ocurrido que un hombre que no es nada mío eligiera mi ropa. —No te enfades conmigo —digo, suavizando la voz—. Solo cumplía órdenes. Ella arquea una ceja. —¿Y escogerme lencería sexy también era una orden? Sonrío. Esta vez sin disimular tanto. —Bueno… me gustaron los modelitos. Pero elegí de todo. Cuando quieras, puedes pasar por la empresa y llevarte lo que quieras. Al fin y al cabo, todo es tuyo. Algo en su pecho sube y baja más rápido. Y sé que la puse nerviosa. No sé si debería alegrarme por eso. —Lo tendré en cuenta —dice, girándose para volver al comedor—. Será mejor que volvamos con tu prometida. Seguro muere por saber con quién vivirás. La sigo. Laura nos observa desde la mesa. Su expresión es hielo tallado. —Así es —respondo en voz baja, inclinándome hacia Valentina—. Está celosa… y tú no ayudas, vestida así. Ella se gira, sorprendida, como si no entendiera lo que acabo de decir. Y yo mismo me pregunto por qué lo digo. O quizá sí lo sé. Porque apenas entramos otra vez al comedor, los ojos azules de Laura la miran con una mezcla de incomodidad y amenaza. Y descubro algo inquietante: No quiero que Valentina se sienta menos que nadie aquí. Mucho menos delante de Laura. Y eso… me desconcierta más que cualquier carta, cualquier revelación, cualquier peligro que nos espere en esta casa.
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