Bajo al comedor antes de la hora pactada. No puedo dormir, no puedo leer, no puedo concentrarme. Desde que llegamos, la mansión se siente más grande, más silenciosa que nunca. Quizá es el peso de la carta. Quizá es la presencia de Valentina. Llevo puesto un pantalón n***o, una camisa gris y zapatos a juego. Sé que es demasiado para una cena informal, pero no tengo rostro para presentarme ante ella de otra forma. Mi vida es orden. Estructura. Control. O al menos lo era. Laura está conmigo. Su perfume invade el espacio: dulce, intenso, calculado. Trae una botella de vino en la mano. —Amore, qué te parece este vino? —pregunta con dulzura ensayada. Antes de responder, escucho pasos detrás de mí. Me doy vuelta. Y ahí está Valentina. Su cabello castaño recogido en una cola. El rostro apena

