No duermo. No logro cerrar los ojos más de unos minutos. El agua fría de la piscina, su vestido pegado al cuerpo, su risa nerviosa, la forma en que me miró cuando la ayudé a salir… todo vuelve a mi mente una y otra vez como un eco inoportuno.
No debería pensar en ella así. No debo. No puedo.
Me repito eso mil veces mientras intento dormir. No funciona.
Me despierto antes del amanecer, me ducho y dejo que el agua helada me golpee hasta que puedo controlar mi respiración. Me pongo el primer traje que encuentro: pantalón n***o, camisa gris. La rutina me salva. El hábito me da estructura. Me aferro a eso.
Salgo al jardín un momento para despejarme. El aire de Milán siempre me calma. Hasta hoy.
Porque en cuanto la veo aparecer en el mirador del jardín, mi corazón hace algo que no debería hacer: se acelera.
Lleva un pantalón blanco ajustado, una blusa negra sin mangas, tacones a juego, el cabello recogido en una cola alta. Ejecutiva, elegante, preparada. Un contraste total con la chica de jeans y camiseta de ayer.
Me acerco.
—Buenos días —le digo, inclinándome para darle dos besos como marca la costumbre italiana.
Error.
Mi cuerpo reacciona antes que mi mente. Su perfume sube entre nosotros, suave, cálido. La siento tensarse apenas. Yo también.
—¿Cómo pasaste tu primera noche aquí? —pregunto, intentando sonar normal, como si no hubiera pasado media noche pensando en ella en el agua.
—Bien —responde—. Acostumbrándome. ¿Y tú?
—Pensando —admito.
Y sí, lo digo más sinceramente de lo que debería.
—¿En qué? —pregunta.
Antes de responder, aparece Eliza con la bandeja del desayuno. Ambos agradecemos al mismo tiempo. Ella sonríe; yo también, aunque intento evitarlo.
Cuando Eliza se va, retomo.
—En todo lo que nos toca hacer —digo, tomando mi café.
Ella frunce el ceño.
—¿A qué te refieres?
—Hoy iremos al banco. Debo presentarte ante el gerente y actualizar toda tu documentación. Luego pasaremos por la empresa para comenzar tu entrenamiento —explico—. Quiero que conozcas todo antes del lunes.
Dice "lunes" y la veo tensarse.
—Alessandro… yo no soy empresaria —murmura—. Soy licenciada en marketing. Eso es todo.
Ahí está el miedo. Ahí está la inseguridad que nunca admite del todo. Quiero tranquilizarla. No debería querer, pero quiero.
Río suavemente.
—Yo tampoco lo era —digo— y mírame. Tuve que hacerme cargo de todo.
—¿De verdad crees que puedo hacerlo? —pregunta, y la vulnerabilidad en su voz me golpea más fuerte de lo que esperaría.
La miro.
Demasiado tiempo. Demasiado directo.
—Creo que puedes hacer muchísimas cosas, Valentina —respondo. Demasiado íntimo. Demasiado honesto.
Se sonroja y aparta la mirada. Y yo me odio un poco por permitir ese momento.
Pasamos unos minutos en silencio. Ella juega con la taza entre sus dedos; yo observo el jardín, aunque mi atención está en ella.
Y entonces lo digo sin pensar demasiado:
—¿Alguna vez fuiste a ver ópera?
Ella sonríe tímida.
—No. Mi padre quiso llevarme, pero nunca se dio.
—A él le encantaba —comento.
—Sí…
—Esta noche hay una. Te invito —digo, casi sin pausa.
Ella levanta la mirada, sorprendida.
Y ahí está: esa chispa que enciende un aviso en mi cabeza. Peligro. No debería invitarla. No debería querer verla ahí. Pero ya lo dije.
—No quiero ser mal tercio con tu novia —responde con cautela.
Laura. Siempre Laura.
—Es que ella no va —explico—. Tiene un desfile en otra ciudad.
Valentina asiente lentamente.
—Ah…
—Así que, si quieres, vamos —concluyo, intentando sonar práctico, como si no fuera lo que realmente quiero.
—Bueno… si a ella no le molesta —dice.
La miro un segundo más de lo necesario.
—No te preocupes por eso —respondo.
No debería haber dicho eso. Sé que lo sabe. Lo sé yo también.
Miro la hora.
—Es mejor que terminemos. Quiero llevarte a recorrer la empresa antes de que haya empleados.
Ella asiente.
—Sí, claro.
Toma un sorbo de café. Yo también. Pero mi mente está en otra parte.
En la piscina. En su risa. En su vestido azul. En cómo dijo "nos vemos mañana" sin atreverse a mirarme demasiado.
Y mientras la observo jugar con la taza, con nerviosidad disfrazada, pienso algo que me inquieta:
Esta mujer no tiene idea del efecto que causa. Y yo no tengo idea de cómo voy a controlarlo.