Ante la insistencia de Caruso y el plan elaborado de Giorgia, finalmente accedió bailar aquella canción con él.
Escaleras arriba se volvieron el centro de atención, las chicas que le acompañaban desaparecieron y aquel espacio que antes había estado lleno, ahora solo era para ellos dos.
Bailaron un poco, ambos silencio, pensando muchas cosas mientras sus labios callaban otras, Giorgia intentaba mantenerse serena, pero tenerlo tan cerca hacia que su pecho subiera y bajara con fuerza, al igual que su cuerpo entero se estremecía sin poder controlarlo.
—Dime la verdad, Giorgia, ¿qué haces aquí? —cuestionó sin detener sus pasos de baile y buscando mirarle fijamente. —Estoy seguro que aunque lo quisieras, jamás lograrías salir de casa sin ser vista. Así que si estás aquí, es porque tu padre realmente así lo quiere. —informó. —¿Y por qué de todos los sitios, elegiste este? —cuestionó. —¿Hay algo que me estés ocultando?
Entonces, de un momento a otro, Giorgia planeó algo mucho mejor y más fiable.
—Tienes razón, mentí. Claro que sabía quién eras desde que cruzaste esa puerta. —avisó. —Pero no vine aquí porque sabía que era tu lugar, eso solo fue una casualidad. Y en cuanto a mi padre, le pedí permiso para venir, me encontraría con un par de amigas un chico, para ser sincera, pero un par de cosas y no pudieron alcanzar llegar. Solo eso. —soltó con firmeza y seguridad.
Aún Bruno no le creía del todo, así que la observó fijamente intentando encontrar cualquier rasgo de mentira en ella, terminando por sonreí de lado y asentir.
—Entonces ese hombre es un patán. —soltó. —Jamás te hubiese abandonado en un lugar así, menos completamente sola. Luego cualquier desquiciado aparece y se roba a mi chica. —susurró un poco coqueto.
Reí. —Déjame entender, ¿tú serías el desquiciado de ese cuento? —pregunté burlona.
Él no pudo evitar reír entonces, después de todo, Bruno Caruso no era tan temible como lo hubiese imaginado. Por ahora era agradable, a veces un poco obsesivo, pero nada agresivo.
—Por supuesto. —avisó. —Eres muy linda, Giorgia. Lamento que las circunstancias en las que nos hemos conocido no sean nada románticas, pero ha sido lindo coincidir contigo. —soltó sin más.
Aquellas palabras rápidamente me robaron la atención y el corazón, me había equivocado rotundamente, Bruno Caruso era posiblemente el hombre perfecto.
No pude evitar sonreír de lado, llevando mi cabello tras mi oreja y bailando sin cuidado.
Pero cuando el momento finalmente era mágico, la voz de mi hermano aparecería tras de mi.
—¡Giorgia! —gritó. —¡Nos vamos, ahora! —advirtió.
Bruno se hizo a un lado, observando todo con confusión, mientras Lorenzo se aproximaba hirviendo del enojo y listo para comenzar una pelea que realmente podría terminar fatal.