Pov: Margot Jones.
Solo intento dejar mi mente dispersa, concentrarme en cualquier cosa que no sea lo que causa la presencia de esa bebé aquí.
No pensé que esto sería tan complicado. Ha pasado mucho, no sé si realmente es mucho tiempo.
No hay un tiempo estimado de duelo para una pérdida así.
Qué mal me hace sentir ser tan inútil en este momento y verme bloqueada. Se supone que esto lo hago por un objetivo más grande y si tengo que soportar esto, si tengo que vencer mi dolor e ignorar la agonía que grita dentro de mí diciéndome:
No nos hagas esto.
Voy a hacerlo, cueste lo que cueste. ¿Cuál es mi objetivo? Ordenar mi vida mientras busco una aguja en un pajar.
— Usted se queda afuera, nadie baña a mi hija, solo yo —azota la puerta golpeando con la brisa de la misma mi rostro.
Señor, qué grosero es.
Yo aquí esforzándome por su hija… Bueno, por el dinero. A quién engaño.
— Señor Reed, recuerde ir enfriando poco a poco el agua, si tiene un recipiente moje su espaldita junto a su cabecita. Vaya enfriándola hasta que esté completamente fría —no hay respuesta del otro lado—. No lo haga de golpe, el shock podría hacerle mal a su cuerpo afiebrado y la pondría malhumorada —sigue sin responder.
Golpeo mi pie contra el suelo, apoyo mi espalda en la pared a un lado de la puerta.
— Creo que tiene influenza, mi madre decía que en México envolvían a los bebés en paños húmedos para bajar la fiebre, también les untaban hierbas. Nada seguro, lo sé. Pero los baños de agua tibia sirven. Espero sí le baje la fiebre, señor Reed —me pone nerviosa que no hable—. No descarte visitar a un doctor, podría tener algún problema pulmonar, o bronquial, ese sonido en su pecho… —suspiro—. No debería entrometerme, me ha contratado para cuidar a su hija, me toca entrometerme. Entiendo el porqué no le importó que no tengo estudios. Usted no quería una secretaria —me río por lo que pensé que haría al venir aquí—. Yo pensando que usted era una especie de CEO millonario que me propondría un extenso contrato con cláusulas y así cumplir conmigo todos sus fetiches sexuales —lanzo una carcajada.
La puerta se abre y el vapor sale suave y cálido.
— ¿Qué fue lo que dijo, señorita Jones? Habla demasiado, ¿lo sabe? Y es muy, pero muy inapropiada con sus comentarios —paso saliva nerviosa.
— Cuando estoy nerviosa hablo mucho, señor Reed. Olvide lo último que dije, era una tonta suposición y no es que yo hubiera aceptado. Jamás lo habría hecho, incluso le gritaría “No sea tan verde” —con Amelia en brazos, envuelta en una amplia toalla, eleva sus cejas molesto.
— ¿Qué acaba de decir? Señorita Jones, mejor quédese callada, ¿quiere? Agradezca que necesito de su ayuda, porque la sacaría de mi casa e incluso la despediría si no fuera así, después de todo lo que ha dicho por no saber controlar su boca —aprieto los labios.
Mejor me callo.
Gracias al cielo no tiene idea de lo que significa ese dicho tan al estilo de mamá.
Camina en dirección a una de las muchas puertas que hay en esta mansión.
Es una enorme mansión en tonos fríos y aburridos. Le hace falta como color y flores, aburrida como el señor ceño fruncido. Me veo envuelta por la curiosidad y caminando tras él observo cada cosa.
Aunque aburrida, es una casa muy bonita. ¡Quién pudiera tener esta casota!
El rechinar suave de una puerta me incita a voltear y jadeo al ver un hermoso cuarto de bebé.
— ¿Entra o se queda afuera? Necesito que siga ayudándome. Estoy empapado y necesito cambiarme —doy un paso dentro de la habitación y me deslumbra lo perfecta de esta.
Tiene de todo. Una cuna que parece de princesa, con el tul cayendo del techo, color rosa suave.
Es como estar en el cielo de lo hermosa que está. Tanto es lo que me maravilla que hasta siento un picor en mi garganta.
¡Woow! Esto es una verdadera habitación de bebé.
— Qué bonita es, usted sí sabe cómo armar una habitación de bebé, señor Reed —al instante me arrepiento—. Lo lamento, usted y su esposa, no quise ser irrespetuosa.
— No tengo esposa. En el segundo cajón de la cajonera color crema están lo body’s, deme uno mangas largas y también un osito a juego. Rápido, Jones —asiento aunque no pueda verme.
Está de espalda cubriendo con su fornido cuerpo el cambiador donde está secando a Amelia.
Me apresuro abriendo el cajón que me indicó y suspiro sonriendo, contemplando toda esta hermosa ropita doblada y bien guardada. Tomo lo que me pidió y por mero impulso acerco las prendas a mi nariz, aspirando ese olor tan increíble que tiene la ropita de bebé.
Estoy bien.
— Jones… —llego hasta él entregándole todo—. Me gustaría percibir una mayor eficacia, Jones.
— Lo lamento, señor Reed —no responde.
Tal parece esto será una costumbre en él, no hablar, no responder y dejarte así, en ascuas.
Observo su ancha espalda y cómo con práctica atienda a su hija. Como si siempre lo hiciera.
No hay esposa dijo. ¿Eso qué quiere decir? ¿Cómo tiene una hija sin esposa? ¿Acaso ella falleció? No. Tonta.
Leí en internet que él tiene esposa. Hace como 3 años, Alexander Reed contrae matrimonio con una modelo a la edad de 35 años.
Quizás se separaron.
Ya, qué importa.
— Sosténgala que iré a vestirme —pone a Amelia en mis brazos y esta me observa más tranquila.
Antes de que pueda decir algo él ya ha salido de la habitación.
— Humm, ¿ete? —la comisura de mi labio se curva hacia la izquierda cuando Amelia toca mi collar que es un pequeño trozo de ámbar.
— ¿Te gusta? Es muy importante para mí —mis ojos se empañan. Sonrío por sus expresivos ojos que ahora que los veo bien cambian a verdosos entre el azul celeste que parecían tener—. Es una piedra de Ámbar. ¿Te cuento un secreto, Amelia?
— ¿Ete? Aba —la abrazo aspirando en su cuello y cerrando mis ojos.
El olor a bebé es indescriptible y único.
— Así se llamaba mi bebé: Ámbar.
— Jones —interrumpo mi acto impulsado por mi instinto.
— Voy, señor Reed —estuvo cerca..
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No seas tan verde: No seas pervertido.