Capítulo 10. Las Puertas de Piedra

1515 Words
El camino al castillo de Lord Aranthor fue un viaje a través de capas de silencio. Primero, el silencio tenso de los soldados de Sir Gareth, que evitaban su mirada como si fuera una leprosa. Luego, el silencio del bosque que se iba ahuecando, reemplazado por campos de cultivo raquíticos y después por las primeras casas de piedra del feudo principal. Por último, el más opresivo: el silencio de los aldeanos que se congregaban en los límiles del camino, sus rostros famélicos e iluminados por una mezcla de odio y triunfo mudo. Habían logrado expulsar al mal de su puerta. Ahora era problema de otro. Soulind, con sus nueve años hechos de huesos y una determinación fría que empezaba a solidificarse donde antes había miedo, no lloró. Observaba. Absorbió cada detalle: la forma de las nubes bajas sobre las almenas, el olor a estiércol y humo de leña húmeda, el sonido metálico de sus propios pasos pequeños entre las botas de hierro de los guardias. Era la primera vez que veía el Castillo del Halcón. No era la fortaleza de cuento de hadas que Elian describiría años después en sus relatos; para ella, era una bestia de granito gris, acurrucada sobre una colina como un animal enfermo, escupiendo el humo de sus chimeneas hacia un cielo del mismo color. La puerta principal no se abrió para ellos. Los llevaron por un portón lateral, bajo un arco tan bajo que Sir Gareth tuvo que agachar la cabeza. De la luz gris del exterior pasaron a la penumbra de un patio de servicio, lleno de leña apilada y cubos de basura, y de ahí, a través de una puerta de roble reforzada con herrajes, bajaron. Los calabozos del Halcón no olían a sangre o a muerte. Olían a piedra húmeda, a moho antiguo y a polvo de olvido. No había gritos de torturados, solo el eco lejano del goteo de agua y el crujido de las antorchas en sus soportes. Eran, comprendió Soulind con una lucidez aterradora, archivos para personas. Lugares donde se guardaban problemas humanos incómodos hasta que el tiempo o la indiferencia los resolvía. Su celda estaba en el nivel más alto del sótano, donde una hilera de ventanucos a la altura del techo permitían colar una luz cenicienta. No era una cueva. Era una habitación pequeña, de piedra desnuda, con un jergón de paja podrida en un rincón, un cubo para las necesidades y una manta áspera doblada con una precisión militar sobre él. —Aquí —dijo Sir Gareth, su voz resonando en el espacio vacío. No era cruel. Era final. La puerta de hierro, con una mirilla a la altura de los ojos de un adulto, se cerró. El sonido del cerrojo al deslizarse fue seco, definitivo, absoluto. Un sonido que marcaría el ritmo de su vida durante los próximos años. Soulind se quedó de pie en el centro de la celda, respirando el aire frío y quieto. El silencio era ahora total, roto solo por el latido de su propio corazón en sus oídos. Se acercó al ventanuco. Solo alcanzaba a ver un pedazo de cielo gris y la parte superior de la muralla exterior. Pero podía oír: el graznido lejano de los cuervos, el viento silbando en los matacanes, y, en ocasiones, el eco de voces y risas que bajaban desde los patios superiores. Un mundo entero vivía, respiraba y reía sobre su cabeza. Los primeros días fueron un letargo de dolor y desorientación. Dormía horas interminables, despertaba sobresaltada por pesadillas de manos que la arrancaban de los brazos de su madre, y volvía a dormirse. La comida llegaba dos veces al día a través de una ranura en la base de la puerta: un cuenco de gachas frías, un trozo de pan duro, agua. La mano que lo dejaba nunca se veía. Hasta que, una semana después, la cerradura volvió a sonar. Soulind se encogió en su rincón, esperando lo peor. Pero la puerta solo se abrió lo suficiente para dejar entrar a una figura encorvada, envuelta en un chal n***o y raído. Era ella. Su madre. La partera. Parecía haber envejecido diez años en siete días. Sus ojos, antes grises y alertas, estaban hundidos y rodeados de sombras moradas. Pero cuando vio a Soulind, una luz tenue, feroz, se encendió en ellos. —Hija —salieron de sus labios, más un aliento que una palabra. Soulind no recordó haberse levantado. Solo se encontró estrellándose contra ella, enterrando su rostro en el olor a tierra y manzanilla rancias de su delantal, un olor que era hogar, el último vestigio de su mundo anterior. No lloró. Se aferró, con una fuerza desesperada, como si el abrazo pudiera fusionarlas y hacerlas invisibles, invulnerables. —Shhh, pequeña alma, shhh —murmuró la mujer, acariciando su cabello con manos que temblaban levemente—. Te veo. Estás viva. Eso es todo lo que importa. La visita fue breve, vigilada por un guardia impasible en la puerta. La madre le trajo noticias en un susurro rápido: la cabaña estaba intacta pero vigilada; el pueblo guardaba un resentimiento silencioso; ella se había quedado a vivir con la vieja Marta, intercambiando cuidados por un rincón junto al fuego. —No dejes que este lugar te coma por dentro —le dijo, tomándole la cara entre sus manos—. Tienes que mantener tu mente viva. Observa. Escucha. Aprende. Ellos piensan que te están enterrando. No les des el gusto de tener razón. Le deslizó algo en la mano: un trozo de carbón de leña, pequeño y n***o. —Para las paredes —susurró—. Para no olvidar. Antes de que se la llevaran, Soulind, con la voz ronca por el desuso, preguntó: —¿Volverás? La mujer la miró, y en sus ojos Soulind vio una verdad tan dura como la piedra que las rodeaba: no habría libertad. No habría rescate. —Mientras me dejen —prometió, y fue una promesa cargada de un dolor infinito—. Te lo juro. Mientras me dejen, volveré. La puerta se cerró de nuevo. Soulind se deslizó por la pared hasta el suelo, el trozo de carbón apretado en su puño hasta que le dejó marcas negras en la palma. En la pared frente a ella, con movimientos temblorosos al principio, luego con determinación, empezó a dibujar. Una línea. Otra. No era nada reconocible. Era solo una marca. Una afirmación de que estaba ahí. De que existía. Unos días después, desde su ventanuco, escuchó un sonido nuevo: risas juveniles, el batir de alas y un grito de triunfo. Se asomó, presionando la mejilla contra la piedra fría. En el patio de entrenamiento, bajo la luz pálida de la mañana, vio a un niño de quizá su misma edad. Iba vestido de un color azul oscuro, su cabello castaño claro alborotado por el viento. En su brazo enguantado se posaba un halcón de cetrería, gris y fiero. El niño reía, hablándole al ave con una familiaridad fácil, orgullosa. Un hombre mayor —su tutor, supuso— le decía algo, y el niño asentía con una atención que parecía genuina. No había miedo en su rostro. No había huella de hambre o de frío perpetuo. Solo la luminosa, despreocupada confianza de quien nace sabiendo que el mundo le pertenece. Soulind lo observó hasta que el niño, el halcón y el tutor se marcharon, sus risas desvaneciéndose en la distancia. Se apartó del ventanuco, el corazón latiéndole con un ritmo extraño. No era envidia. Era reconocimiento. Había visto, por primera vez, la materia de la que estaban hechos sus carceleros. No eran monstruos. Eran gente. Gente con halcones, risas y poder para encerrar a otras personas en la piedra y olvidarse de ellas. Se sentó en el suelo, el trozo de carbón en la mano. En la pared, junto a sus marcas sin sentido, dibujó una forma simple, torpe: un pájaro con las alas extendidas. No era un halcón. Era solo un pájaro. Pero para ella, en ese momento, era un símbolo de todo lo que estaba ahí fuera, en la luz, mientras ella se pudría en la sombra. Afuera, en el mundo de la luz, Elian, el príncipe heredero, acariciaba el plumaje de su halcón, completamente ajeno a que, a escasos metros, bajo sus pies de piedra, los ojos grises y hambrientos de una niña maldita acababan de posarse en él por primera vez, grabando su imagen como el primer rostro en el panteón de sus futuros enemigos. Y en las montañas distantes, más allá de los muros y las murallas, los ojos verdes de el dragón, se abrieron lentamente desde un sueño inquieto. Algo había cambiado en el tenue hilo del destino. Un nuevo eslabón, frágil y cargado de dolor, se había unido a la cadena que lo ataba al mundo. Y por primera vez en siglos, la esperanza —negra, retorcida y vengativa— le hizo girar la colossal cabeza hacia la dirección del castillo del Halcón, emitiendo un suspiro tan profundo que hizo temblar el polvo de mil años en el techo de su prisión de roca.
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