Desperté con la sensación de que el mundo se había movido de lugar.
Me quedé un rato mirando el techo, tratando de procesar que no estaba en mi vieja habitación.
El lado de la cama de Alessandro estaba vacío, pero su aroma, había quedado pegado en las sábanas de seda.
Me senté despacio, tapándome con la colcha por puro instinto. Los recuerdos de la noche anterior me pegaron de golpe en la cabeza.
Hubo una intensidad que me hizo descubrir partes de mí que yo misma creía muertas.
Lorenzo había pasado años enterrándome bajo el miedo, pero Alessandro... él me había hecho sentir viva de una forma que me asustaba.
Me levanté con las piernas un poco temblorosas. Fui al vestidor y elegí uno de esos conjuntos carísimos que él había ordenado para mí.
Un pantalón de tela fina y una blusa de seda que me hacían ver poderosa, o al menos, eso intentaba creer.
Al bajar las escaleras, el silencio de la mansión se rompió. Venían voces graves del despacho principal. Voces de hombres que no estaban jugando.
—No me importa un carajo lo que diga el Consejo —la voz de Alessandro resonó, fría y cortante como un bisturí—. Ella está bajo mi protección y punto.
Me quedé petrificada en medio del pasillo. El corazón me empezó a latir a mil. Estaban hablando de mí.
—Don Alessandro, pero Lorenzo ha estado llamando a los otros jefes —dijo otra voz que no reconocí—. Dice que esto es una falta al honor de la familia.
Escuché el golpe de un vaso contra la madera. Me asomé apenas un poquito por la puerta entreabierta.
Alessandro estaba de pie detrás de su escritorio, rodeado de tres de sus hombres de confianza.
Lucía cabal, como siempre, pero tenía una oscuridad en la cara que daba miedo. Era el hombre al que toda Italia respetaba y temía.
—Si Lorenzo intenta cruzar la puerta de esta casa, denle un mensaje claro —dijo Alessandro, bajando el tono de voz—. La próxima vez no será una advertencia.
Me quedé sin aire. ¿De verdad estaba dispuesto a llegar a eso?
De repente, su mirada se clavó justo en la rendija de la puerta. Me cazó en el acto. Tiene un instinto de animal que no es normal.
—Sal de ahí, Bianca —ordenó.
Su tono se suavizó un poquito al verme, pero seguía siendo el Capo. Entré al despacho sintiendo los ojos de sus hombres clavados en mí.
Alessandro caminó hacia mí sin quitarme los ojos de encima.
Frente a sus hombres, me tomó de la cintura y me pegó a él. Sentí su mano firme en mi espalda, marcando territorio.
—Señores, ya conocen a mi esposa —dijo—. A partir de ahora, sus órdenes son las mías. Si ella quiere salir, ustedes la cuidaran. Si alguien le falta al respeto, es a mí a quien se lo faltan. ¿Les quedó claro o tengo que repetirlo de otra forma?
—Sí, Don Alessandro —respondieron todos al unísono, agachando la cabeza.
Él se inclinó y me dio un beso en la frente.
Cuando los hombres se largaron y cerraron la puerta, nos quedamos a solas. El aire en el despacho cambió por completo.
Se puso denso, eléctrico, de esa forma que solo pasa cuando estamos él y yo a menos de un metro.
—¿De verdad te vas a agarrar con tu propio hermano por mí? —le pregunté, buscando la verdad en sus ojos oscuros. No quería mentiras, quería la realidad.
Alessandro me acarició la mejilla con el pulgar. Se detuvo un momento en mi labio inferior.
—Lorenzo cometió el error de pensar que eras una mujer débil que podía pisotear, Bianca —me dijo, con la voz ronca—. Y yo cometí el error de dejarte en sus manos hace años cuando debí haberte tomando para mí. No voy a meter la pata dos veces.
—Él no se va a quedar quieto, lo sabes.
—Lo sé. Pero Lorenzo es un perro que ladra y muerde. Aquí no tiene nada que hacer.
Se alejó un poco y me miró de arriba abajo, evaluando mi ropa.
—Prepárate. Esta noche tenemos nuestra primera aparición pública. Vamos a ir a la gala de la Fundación. Todo el mundo va a estar ahí, incluyendo a los espías de Lorenzo.
—¿Tengo que ir? —sentí un hueco en el estómago—. Me van a mirar como si fuera un bicho raro.
—Te van a mirar con envidia, Bianca. Quiero que te pongas el vestido n***o que te envié. El que tiene los diamantes en el cuello.
—Alessandro, eso es... mucho.
—Es lo que te corresponde —me cortó, sin dejar espacio a protestas—. Eres una Di Lucca. Camina como tal, actúa como tal. Nadie va a decir nada malo de ti mientras yo esté a tu lado.
Me quedé mirándolo, intentando entender qué pasaba por su cabeza. Alessandro no era un santo, ni mucho menos.
Era un hombre que vivía de la violencia y del control, pero conmigo... conmigo era distinto. Me protegía con una ferocidad que me hacía sentir importante.
—¿Por qué haces todo esto? —solté de repente—. Podrías haberme dejado en una casa segura y ya. No necesitabas casarte conmigo ni hacerme parte de todo esto.
Él se acercó de nuevo, atrapándome entre el escritorio y su cuerpo. Puso las manos a mis costados, encerrándome.
—Porque no quiero que estés en una casa cualquiera, Bianca. Quiero que estés conmigo.
—¿Incluso si eso significa una guerra civil en tu familia?
—Si tiene que haber una guerra para que tú estés a salvo, entonces quemaremos Italia entera si es necesario —respondió con una frialdad que me puso los pelos de punta.
No supe qué decir.
Me quedé ahí, respirando su perfume, sintiendo la fuerza que emanaba de él.
Que había alguien dispuesto a partirse la cara por mí.
—Vete a arreglar —me dijo, dándome un pequeño apretón en la cintura—. El maquillador llega en una hora. No quiero retrasos.
Salí del despacho sintiendo el cambio. Los guardias se apartaban a mi paso; ya no era la mujer que huía llorando, ahora era la mujer del Capo.
En mi habitación, el vestido n***o me esperaba sobre la cama. Era caro, elegante y letal, igual que Alessandro. Me miré al espejo mientras me preparaba.
El labio ya no estaba hinchado y las marcas de mi cuello se borraban, pero lo que Alessandro estaba provocando en mi mente se sentía mucho más profundo.
Me duché rápido, pensando en su amenaza contra Lorenzo. Sabía que en este mundo las palabras se cumplen con sangre.
El equipo de estilistas me transformó. Ocultaron mi cansancio y resaltaron mis ojos hasta dejarme como una modelo.
Al ponerme el vestido y los diamantes, me sentí otra persona; la joya pesaba sobre mi piel.
Alessandro apareció en la puerta cuando terminaban de ajustarme los zapatos.
Se quedó ahí, callado, recorriéndome con la mirada hasta que sentí que el calor me subía a las mejillas.
—Estás perfecta —dijo, y fue el cumplido más honesto que le había escuchado.
—Gracias —respondí, tratando de no sonar nerviosa—. Me siento... diferente.
—Lo estás. Ya no eres una víctima, Bianca. Eres mi mujer.
Me ofreció el brazo y bajamos las escaleras.
Afuera, una fila de coches negros nos esperaba. La seguridad era impresionante. Parecía que íbamos a una zona de guerra en lugar de a una gala benéfica.
—Si ves a alguien que te incomode, solo dímelo —me susurró al oído antes de subir al coche—. Yo me encargo.
—Solo quiero que esto pase rápido.
—No tengas prisa. Disfruta el momento.
El trayecto fue corto pero intenso. Alessandro no me soltó la mano en ningún momento. Sus dedos entrelazados con los míos me daban una fuerza que no sabía que tenía.
Al llegar a la gala, las cámaras empezaron a disparar flashes como locas.
Los murmullos se escuchaban por todas partes. "Es ella", "La mujer de Lorenzo", "Ahora está con el hermano".
Alessandro apretó mi mano y me pegó más a él. Caminamos entre la multitud como si fuéramos dueños del lugar. Y en cierto modo, lo éramos.
Nos detuvimos frente a un grupo de hombres importantes.
Alessandro saludó con ese despego que lo caracterizaba. Yo me mantuve firme, con la barbilla en alto, tal como él me había dicho.
De repente, la multitud se abrió un poco. Al fondo del salón, vi una figura que me hizo helar la sangre.
No era Lorenzo, pero era uno de sus hombres más leales. Nos estaba mirando con un odio que se podía sentir desde lejos.
Alessandro también lo vio. Sentí cómo sus músculos se tensaban bajo el traje, pero no perdió la compostura.
—Ignóralo —me susurró—. Él no es nada.
—Pero Alessandro...
—He dicho que lo ignores, Bianca.