Mientras su padre y abuela se despedían de los mellizos, Milán se encontraba solo en el despacho con su madre. Absorto en su computadora, observaba las imágenes de la despedida entre Alana, Aidan, Andrey y Celia. Una sonrisa se dibujó en su rostro al notar la expresión de Alana al despedirse de andrey, un gesto que no pasó desapercibido para Milán. Alana, ahora una mujer despampanante, irradiaba una belleza que, según Milán, había madurado considerablemente desde su adolescencia. Su cabello rubio y largo, las puntas onduladas, resaltaban junto a sus penetrantes ojos azules. Milán no podía evitar notar cómo ella utilizaba conscientemente su atractivo, especialmente con el vestido ajustado que llevaba. Estaba convencido de que Alana empleaba su belleza como un arma de seducción, y esa idea

