La herencia de Alek

1534 Words
Seis años después... El momento tan esperado había llegado. Max y Paulina celebraban el vigésimo primer cumpleaños de sus mellizos. Aidan, habiendo completado su carrera de ingeniería un año antes debido a su destacado desempeño académico, y Alana, a solo un año de culminar sus estudios, regresaron de la universidad para pasar tiempo con sus padres y reclamar la herencia que Aleksandr les había dejado al alcanzar la mayoría de edad. Alekdandr, previendo la juventud de sus hijos a los dieciocho años, había establecido que asumieran el control total de sus empresas cuando cumplieran veintiún años. Alana, con su formación en finanzas, estaba lista para enfrentar este desafío, mientras que Aidan, más interesado en completar su carrera y recibir entrenamiento en el ejército rojo, estaba menos involucrado en los asuntos empresariales. Sin embargo, confiaba en su hermana. En su regreso a casa, ambos hermanos abrazaban a Max, saludándolo después de un largo viaje desde la universidad. A pesar de que eran adultos, Max los abrazaba afectuosamente y depositaba besos en sus mejillas. A diferencia de su propia experiencia con su padre, Max había decidido criar a Aidan de manera diferente, demostrando que la ternura y el amor no debilitan la fortaleza. Se sorprendía gratamente al ver que, a pesar de este enfoque, Aidan heredó su carácter y fuerza. La familia celebraba no solo el cumpleaños, sino también el comienzo de una nueva etapa en las vidas de los mellizos. — Es maravilloso tenerlos de vuelta. Pronto celebraremos que Aidan ya ha terminado la universidad y Alana está a punto de graduarse.— Anuncia Max — Sí, pero extrañaré mucho a Aidan en la universidad.— Se queja Alana— Sobre todo mis compañeras lo extrañarán. — Si quieren, puedo acompañarlos a la Mansión Romanov.— Ofrece Max — No te preocupes, papá. Me he enfrentado a Milán varias veces y no le tengo miedo a ese tipo.— Afirma Aidan Aidan y Milán, desde su infancia, han mantenido un profundo odio mutuo, y cada encuentro entre ellos se ha convertido en un enfrentamiento cargado de hostilidad. La aversión entre los dos se remonta a sus primeros años, y ambos admiten abiertamente su desprecio el uno por el otro. Alana, en cambio, no ha tenido la necesidad de enfrentarse a Milán en varios años. Su último encuentro fue en su cumpleaños número quince, un evento que pasó prácticamente desapercibido para ella. Después de los eventos relacionados con su madre, Alana se centró en apoyar a su familia y posteriormente partió a la universidad, alejándose de la esfera de Milán. A pesar de asistir a la misma universidad, sus caminos no se cruzaron debido a que cursaban carreras diferentes. Alana había escuchado rumores sobre la actitud de Milán, siendo señalado por compañeras como un joven mujeriego y misógino. Afortunadamente para Alana, nunca tuvo que enfrentarse directamente a él, lo cual le era indiferente ya que, desde su perspectiva, no soportaba el carácter de su primo. — No me malinterpretes, papá, sabemos defendernos gracias a ti y a Mamá. Después de tomar la decisión de ducharse y cambiarse de ropa, Aidan y Alana dedicaron a prepararse meticulosamente. Una vez listos, se dirigieron hacia una de las lujosas camionetas de la familia, acompañados por un destacamento de escoltas que garantizaba su seguridad. El trayecto hasta la Mansión Romanov ocupó alrededor de media hora, durante la cual ambos mellizos observaron el paisaje con cierta nostalgia. La majestuosidad de la mansión se dibujaba imponente ante ellos, una estructura que evocaba recuerdos difusos de su infancia. Aunque para Alana, esos recuerdos eran más bien borrosos, Aidan los recordaba con mayor claridad. Los detalles de la mansión, sus pasillos y habitaciones, revivían en su mente con una frecuencia mayor. La llegada a la mansión despertó un sinfín de emociones. A medida que se acercaban, la arquitectura lujosa y la imponente presencia de la residencia despertaban viejas memorias y sentimientos en los mellizos. Al llegar a la majestuosa mansión, los mellizos fueron recibidos por una mujer canosa de ojos color verde agua. Celia, su abuela, los abrazó con efusividad, demostrando que los recordaba a la perfección. Los brazos de Celia envolvieron a Aidan y Alana con un cariño que trascendía el tiempo, y las sonrisas en sus rostros iluminaron el encuentro. Después de Celia, bajó Andrey, con su cabello rubio ahora salpicado de canas que el tiempo había dejado su huella. Sin embargo, sus ojos seguían siendo los mismos, radiando el mismo amor y calidez hacia sus sobrinos. Andrey los miró con orgullo y afecto, agradecido por la oportunidad de volver a tener a Aidan y Alana en la mansión, rememorando con cada gesto y mirada los vínculos familiares que el tiempo no había logrado desvanecer. — ¡Oh, mis amores! Los extrañaba muchísimo. Recuerdo cuando eran unos niños pequeños, Aidan jugando con sus autitos y peleando con Milán, y tú, Alana, con tus muñecas. Estás simplemente hermosa.— Expresa Celia — Gracias, abuela. ¿Aún puedo llamarte así?— Pregunta Alana — Por supuesto, querida. Ustedes dos siempre serán mis nietos, siempre serán los primeros bebés de la familia. — Solo falta que se una Milán a la reunión. Él es la pieza faltante para que ustedes asuman el control de las empresas. Debido a que sus demás hermanos nacieron después, no están incluidos en el testamento.— Recuerda Andrey — Entiendo, Andrey. Pero, sinceramente, no me importa Milán. Solo quiero asegurarme de que las cosas se hagan correctamente para el bien de la familia.— Responde Alana — Esa es la actitud correcta, Alana. —La respalda su mellizo Fueron interrumpidos en ese momento cuando Viridiana bajó las escaleras con una presencia que denotaba elegancia y sofisticación. Su cabello estaba peinado de manera impecable, recogido en un peinado alto, y vestía un traje blanco que la convertía en una verdadera dama de la sociedad. Sus ojos, de tono café, se centraron intensamente en Alana, incapaces de ocultar el desprecio que emanaba. La mirada, la arrogancia, incluso la expresión facial, todo era idéntico a Paulina, ya que madre e hija compartían el mismo rostro. La única diferencia notoria radicaba en el color del cabello; Alana ostentaba una melena rubia. En contraste, Aidan, quien se mantenía a su lado, era la viva imagen de su padre, Max, sin lugar a dudas sobre quién era su progenitor. — Por supuesto que esos dos niños estarían aquí para reclamar la herencia. Qué coincidencia que ahora sean tan decididos. Su madre siempre fue una oportunista.— Pronuncia Viridiana — Claro que estaremos aquí para tomar lo que nos pertenece. Fue Alekdandr quien nos dejó esta herencia, y no permitiremos que nadie nos arrebate lo que es legítimamente nuestro.— Responde Alana sin bajar la mirada — Eres igual de astuta que tu madre, Alana. — Soy idéntica a ella y no estamos aquí para escuchar insultos. Simplemente deseamos tomar posesión de lo que es de nosotros. ¿Dónde está el Boss de la mafia rusa? ¿Es tan inmaduros que ni siquiera puede presentarse en una reunión tan importante? Cuando Alana pronunció estas palabras, en ese preciso momento descendió por las escaleras Milán. Su cabello rubio, característico de los Romanov, resaltaba su pertenencia a la familia, al igual que sus ojos de tono celeste, idénticos a los de su padre. La mirada de Milán escudriñaba a todos como si el mundo no mereciera su atención, y Alana podía percibir la frialdad emanando de él, tanto en su expresión como en su forma de mirar. A su lado, lo acompañaban sus escoltas, fieles compañeros que lo seguían a todas partes. Mientras descendía las escaleras, lo hacía con una elegancia que contrastaba con la gélida indiferencia que emanaba de su persona. La presencia de Milán añadía una capa adicional de tensión al ya cargado ambiente. — Alana, vine aquí para que realicemos los trámites de esta "herencia". Se nota que estás ansiosa por el dinero, así que no te impacientes. Yo ya estoy aquí, bastarda— Responde él — ¡No te permito ofensas a mi hermana!— Exclama Aidan — No me ofende quién quiere, hermano, solo quién puede y Milan nunca estara a nuestra altura.— Responde Alana — No subestimes nuestra paciencia, Milán. Estamos aquí por lo que nos corresponde y no permitiremos que tu actitud nos desvíe del objetivo. Sin pronunciar más palabras, todos ingresaron al despacho donde ya se encontraba el notario. Este les proporcionó una detallada explicación sobre las propiedades que formaban parte de la herencia, detallando las participaciones correspondientes a Milán, Alana y Aidan. La atmósfera en la habitación se mantenía tensa, pero la necesidad de llevar a cabo los trámites se imponía sobre cualquier animosidad presente. Con precisión, el notario entregó las llaves de las casas y departamentos, así como los documentos de los vehículos. Cada objeto simbolizaba una parte de la herencia que Alec había decidido legar a sus hijos. A medida que se distribuían las posesiones, el notario continuó explicando la situación de las empresas, detallando las responsabilidades y derechos que recaerían sobre Milán, Alana y Aidan en sus nuevos roles. La reunión avanzó de manera meticulosa, marcada por la formalidad y la importancia de los asuntos tratados.
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