Los malestares de Paulina

1782 Words
Aidan, a pesar de su corta edad, entrenaba diligentemente en el gimnasio de los Rinaldi con su padre, quien le había transmitido una amplia gama de habilidades de combate. Expertiz en el uso de diversas armas militares lo convertía en un hábil guerrero, pero su verdadera pasión residía en la fabricación de armas letales, especialmente bombas y explosivos. Esta inclinación lo llevaría a embarcarse en estudios de ingeniería en la universidad que había escogido.Deseando descubrir los secretos detrás de la creación de dispositivos explosivos, siguiendo los pasos de Alekdandr, un m*****o distinguido de la familia. Con determinación, Aidan sabía que debía alcanzar el poder, recordando con amargura las injusticias que la familia Romanov había infligido a su madre y cómo le habían arrebatado todo. Aunque Alana, con cariño, recordaba a Alek, Aidan lo veía con odio, recordando las torturas de su infancia a manos del tío de ese miserable. Consciente de la amenaza que representaban los Romanov, se preparaba para el día en que pudieran atacar, jurando tener el poder suficiente para vengar cada afrenta sufrida y eliminar a cada m*****o de la familia que le había causado tanto sufrimiento. — Aidan, defiendes muy bien, pero aún no podrás superar a tu papá.— Pronuncia Max — Todavía no entiendo cómo Irina se atreve a hablarle así a mi mamá, sabiendo que es mil veces inferior a ella. — Estoy de acuerdo, hijo. Cualquier mujer es inferior a tu madre. Sin embargo, no le prestes atención a Irina, ni a Silvano, ni a ninguno de sus hijos. Recuerda que nosotros somos mucho más fuertes que ellos. Nunca olvides que eres un Salvatore y que también posees la sangre Rinaldi y Hoffman. Serás muy grande, Aidan. Aspiro a que seas superior a lo que yo fui. — Pero papá, no puedo simplemente ignorar cómo tratan a mamá. Es inaceptable.— Espeta él Él, con el carácter vengativo heredado de su padre, considera que lo más sagrado en el mundo son su mamá y su hermana. Si alguien osa lastimarlas, se vuelve capaz de cualquier cosa para demostrar que son simplemente superiores, intocables como pétalos de rosa. Su memoria atesora cada sufrimiento que su mamá enfrentó a manos de Alekdandr cuando eran apenas niños. Aunque Alana no recuerde esos momentos, él los lleva grabados en su mente, cada maltrato sufrido por ella en nombre de la familia. La determinación de proteger a su mamá y hermana lo impulsa a enfrentarse al mundo con una feroz convicción. Para él, no hay límites cuando se trata de asegurar que nunca más sufran. Cada acción, cada paso que da, está teñido por la promesa interna de no permitir que nadie más lastime a quienes ama. Su lealtad hacia ellas es inquebrantable, y su sed de venganza es una llama ardiente que alimenta su determinación de ser el escudo que siempre necesitaron. — Lo sé, Aidan. Pero nuestra fuerza no solo radica en la confrontación física. También debes aprender a ser estratégico y paciente. La verdadera grandeza no se demuestra solo con la fuerza bruta, sino con la astucia. Él asiente — Enfócate en tus estudios de ingeniería, perfecciona tus habilidades y acumula conocimiento. Cuando llegue el momento, podrás utilizar tu inteligencia para contrarrestar cualquier amenaza. — Entiendo, papá. Pero no puedo evitar sentir rabia por todo lo que han hecho los Romanov, merecen un castigo... — La rabia puede ser tu mayor aliada o tu peor enemiga, Aidan. Aprende a controlarla y canalizarla hacia tus objetivos. Recuerda, eres un Salvatore, y con esa sangre, tienes el potencial para ser excepcional. — Haré lo que sea necesario, papá. No permitiré que nadie más de nuestra familia sufra. [...] Alana se hallaba absorta, mirando a través de la puerta, observando cada movimiento de Luca en el laboratorio mientras meticulosamente preparaba una fórmula. Sus ojos grises brillaban tras los anteojos, y la bata blanca le confería un aire de dedicación y misterio. Era un deleite para ella verlo inmerso en su trabajo. Sin embargo, sus pensamientos fueron interrumpidos abruptamente cuando sintió que alguien tiraba de su brazo. Al darse la vuelta, se encontró con Lucían, el hijo mayor de Silvano e Irina. Él llevaba tiempo fascinado por la rubia, desde el momento en que la vio entrar, pero Alana, al notar su interacción, simplemente rodó los ojos, encontrando su atención más bien tediosa y aburrida. — Alana, ¿qué diría nuestro primo si supiera que lo estás espiando mientras trabaja en el laboratorio?—Rie Lucian — ¡Oh, por favor! No lo estoy espiando. Solo estaba observando. — Claro, claro. ¿Y qué opinarías de dejar de espiar y acompañarme a conocer Italia? Después de todo, pronto seremos familia, bella futura esposa — Pronuncia Lucian Ella no puede creer lo que oye. — ¿Y por qué no? Además, yo seré el líder de la camorra, y he oído a Max y Mateo hablar sobre nuestra futura unión. — ¡Ja! Eso es ridículo. Mi papá nunca haría algo así. — ¿Estás segura? Max querrá recuperar sus territorios, y unir fuerzas con nosotros es lo más lógico. — ¡Vamos, Lucían! Eso es pura fantasía. Mi papá nunca se involucraría en algo así. —Preciosa, no es algo que tú puedas decidir. Tu papá ya ha tomado esa decisión, y pronto te informará al respecto. Pregúntale tú misma si es lo que realmente deseas.— Ríe Lucian— Tarde o temprano estaremos juntos, esposita mía. — Mi papá nunca me casaría con alguien tan inferior como tú. Él entregó el legado de la camorra a Silvano porque simplemente no quiso continuarlo. Ni siquiera tienes un apellido decente, Lucían, no te comparas conmigo. — Cuando nos casemos, haré que te tragues esas palabras, Alana. — Ya lo veremos, antes muerta que tu esposa. Furiosa, Alana se aproximó a su padre, quien se encontraba relajándose después de un intenso entrenamiento, disfrutando de una limonada junto a Paulina. La indignación marcaba sus rasgos, incapaz de creer que habían tomado la decisión de su matrimonio sin consultarla. A pesar de que la mafia tenía la costumbre de planear uniones desde el nacimiento, Alana siempre había sentido que su padre valoraba su opinión y nunca tomaría una decisión tan crucial sin discutirla primero. A pesar de que ya era consciente de la realidad de su vida en la mafia, el hecho de que Max conociera su profundo amor por Luca la hacía sentir traicionada. La idea de casarse con alguien que no fuera el hombre al que realmente amaba la llenaba de frustración. Sin embargo, Max, conocedor de los sentimientos de su hija, sabía que ella estaba enamorada de Luca y de nadie más. — Papá, por favor, dime que es mentira lo que Lucían acaba de decir. Que no has prometido eso.— Le suplica Alana — Alana, lo siento. No quería decírtelo tan pronto, pero anoche, mientras hablaba con Silvano y Mateo, acordamos que te casarías con Lucían después de que termines la universidad. Silvano está de acuerdo, y Lucían también, por supuesto.— Responde Max — ¡No puede ser! No quiero casarme con Lucían. Ustedes dos saben que estoy enamorada de Luca. Podemos unir nuestras fuerzas con Italia sin necesidad de este matrimonio. — Alana, es una decisión tomada. Lucían es un buen chico y es el heredero de Silvano. Así uniremos fuerzas con Italia.— Afirma Paulina — Sabes que nuestra relación con los Romanov es delicada. — No estoy de acuerdo. Si quieren unirse a la camorra, pueden casar a Aidan con Ana. Pero yo no me casaré con Lucían.— Responde ella — Esta es la decisión que tomamos. No te enojes con tu papá. Fui yo quien sugirió la idea. Ya te dije que no te casarías nunca con Luca.— Afirma Paulina — ¡No puedo creer que estén haciendo esto! Siempre me enseñaron a ser libre, pero ni siquiera puedo decidir con quién me casaré. Esto no es justo, los odio. — Alana, entiendo que estás molesta, pero esta decisión es importante para asegurar el futuro y la estabilidad de nuestra familia en el mundo de la camorra.— Afirma Max — ¡No me importa la camorra! ¿Por qué no pueden entender que quiero casarme con Luca? ¿Acaso mis sentimientos no importan?— Pregunta Alana sintiendo que las lágrimas se acumulan en sus mejillas — Alana, la unión con Lucían fortalecerá nuestras conexiones y garantizará nuestra posición en la camorra. Debemos unirnos a Italia para asegurar tu futuro y el de Aidan — Afirma Paulina — Pero no pueden forzarme a casarme con alguien a quien no amo. Si quieren asegurar la alianza, busquen otra solución. No puedo sacrificar mi felicidad por sus acuerdos políticos. — Alana, cariño, comprendo que esto te cause dolor, pero a veces las decisiones difíciles deben tomarse por el bien de todos. Confía en que estamos haciendo lo mejor para la familia. Además, corazón, faltan años para esa unión. Tú y Lucian se pueden conocer.— La intenta consolar Paulina — No puedo creer que estén dispuestos a ignorar mis deseos. Si me obligan a hacer esto, seré infeliz el resto de mi vida. — Aprenderás a aceptarlo con el tiempo. Lucían es una buena opción y te acostumbrarás a la idea.— Pronuncia Paulina — ¡No lo aceptaré! Ni tú ni papá estuvieron en contra de mis deseos antes. No puedo creer que ahora me estén arrebatando mi libertad de elección.No aceptaré esto. No quiero esta vida. Paulina se sentía abrumada por la carga de tomar decisiones difíciles para su familia. No pretendía forzar a sus hijos a algo que no quisieran, pero la mirada de odio en los ojos de Milán y los peligros inminentes que se avecinaban con su ascenso como el nuevo líder de Rusia la dejaban sin opciones. Con los consejos de Viridiana resonando en su mente, Paulina sabía que la lealtad de Milán y otros miembros de la élite rusa no estaba garantizada. La necesidad de alianzas se volvía imperativa, y la idea de un matrimonio entre Aidan y Ana cruzó su mente como una solución práctica. No obstante, no quería alimentar la esperanza de Alana con Luca, aunque compartiran la misma sangre. Aunque confiaba en su hija, reconocía la impulsividad que a veces la caracterizaba, algo que recordaba de su propia juventud. Mientras Alana expresaba su odio hacia sus padres, Paulina comenzó a sentirse mareada. Trató de detener el mareo, pero la situación la superó rápidamente, y antes de darse cuenta, perdió la conciencia. La complejidad de las decisiones pesaba sobre ella, tanto física como emocionalmente. Ella no tenía idea de la verdad que ocultaban sus malestares.
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