Después de casi cuarenta y cinco minutos llegamos a la mansión, en todo el camino hubo un gran silencio ni conos, excepto por la risa de Mildred, una risa que comprendí que era de burla. Apenas entramos, Demian dio un paso al frente y le dio una indicación a una de las empleadas que se acercó a recibirnos. —Prepara una habitación para Mildred —ordenó sin siquiera mirarme. La empleada asintió con una leve inclinación de cabeza, y Mildred con esa sonrisa que siempre parecía esconder una victoria, puso su mano en el hombro de él y se mostró agradecida. —Gracias, Demian, de verdad. Te agradezco tu hospitalidad. —No es nada —respondió él sin emoción, como si estuviera cumpliendo una formalidad. Mildred siguió a la empleada por el pasillo principal, y poco después, Fabiola y Sabrina tambié

