Cuando regresé a la casa, aún Jimena estaba sentada en el sofá, al verme se levantó nuevamente con una sonrisa en sus labios. —Tu habitación ya está lista, mi niña —me dijo con amabilidad. —Una de las muchachas llevó tu maleta hasta allá. Me sentí un poco apenada porque no quería ser molestia para nadie. —Ay, señora Jimena, no era necesario —le respondí, dejando el bolso sobre una mesita. —Podía irme a un hotel del pueblo, no quería molestar. Ella negó con la cabeza, como si mi propuesta le pareciera una locura. —No, no, nada de eso. Esta es tu casa, Azucena y yo me sentiré mucho más a gusto si te quedas con nosotros, aquí estarás bien, te cuidaremos bien. Sonreí, un poco conmovida por su hospitalidad. —Está bien —dije, asintiendo. —Pero solo serán unos días. Solo necesito arreglar

