Cuando levanté la mirada por completo, ahí estaba ella, era Mildred, que me hizo dejar el desayuno a un lado y levantarme de la cama. —¡Azucena!— Exclamó. Me sentí desconcertada por un instante, Mildred estaba llorando, sus ojos estaban hinchados, jamás la había visto así. —¿Qué haces aquí? —pregunté, aún sin moverme de mi sitio, tratando de ignorar lo que ya había visto en su rostro. No me respondió, pero caminó hacia mí, y de pronto, sin aviso, se desplomó a mis pies, y me abrazaba con fuerza, como si yo le importara. —Por favor —gritó con la voz ronca. —No me quites a Demian, su amor es lo único que me ha mantenido viva todo este tiempo. Me quedé ahí, inmóvil, sin una pizca de compasión en mi pecho, no porque no entendiera el dolor, sino porque ya había aprendido que en Mildred, e

