La mañana siguiente, vi a Mildred en el jardín y no dudé en tomar asiento frente a ella. La mesa estaba servida con frutas, panecillos y café caliente, todo lucía perfectamente dispuesto, como si la armonía visual pudiera ocultar el caos que llevaba dentro. —Buenos días Mildred— Dije sin ánimos. —Buenos días corazón, que bueno verte tan temprano— Me respondió con cariño. Mildred sonreía más que nunca esta mañana, llevaba un vestido blanco de lino y su cuello ortopédico, aunque incómodo, no parecía restarle belleza. —Parece que estás de buen ánimo hoy. —si, lo estoy. ¿Dormiste bien? —me preguntó mientras se servía jugo de naranja. —Si, dormí bien, o al menos dentro de lo que cabe. ¿Y tú?— Le pregunté por cortesía. —Dormí fenomenal. —Mildred —dije finalmente, dejando la taza sobre

