Entré al consultorio y me detuve al instante cuando vi al médico que me esperaba del otro lado del escritorio. Sentí cómo se me helaba la sangre de la sorpresa y me tomó un segundo procesarlo. —¿Adolfo? —pregunté, con los ojos bien abiertos. Él sonrió con tranquilidad, como si no estuviera pasando nada. —Hola, Azucena. Vaya coincidencia, ¿no? Me acerqué despacio, aún impactada, es el esposo de mi mejor amiga y no sabía que se dedicada a esto, eso me ha perturbado. —No sabía que eras médico de fertilidad —dije, aún algo incrédula. —Nunca tuvimos mucho tiempo para hablar de eso, ¿recuerdas? Siempre éramos los extras en las conversaciones interminables de Cecilia —respondió con una risa amable. —Pensé que ella te habría dicho a qué me dedicaba. Negué con la cabeza con confusión. —Nun

