Al otro día, la mañana había comenzado como cualquier otra, me levanté temprano, tomé una ducha rápida y decidí salir al supermercado antes de ir al trabajo. Necesitaba abastecerme de algunas cosas básicas, pero sobre todo, necesitaba despejar mi cabeza. Empujé el carrito entre los pasillos del supermercado, intentando concentrarme en la lista mental que había hecho: Leche, café, pan, yogures. Me detuve en la sección de dulces, y sin pensarlo, tomé una bolsa de gomitas que siempre me habían gustado. Las miré con deseos de llevármela pero aún dudaba un poco. —Esas son las mejores —escuché de pronto una voz muy familiar a mi lado. Me giré, y ahí estaba él, Humberto, con su sonrisa encarándola, su ropa deportiva impecable y esa manera suya de aparecer justo cuando menos quería verlo.

