Me quedé un largo rato contemplando aquella última fotografía. No podía creer lo que estaba viendo, esa mujer que aparecía sola y muy sonriente, con una mirada dulce, no era otra que Jimena, la madre de Humberto. —No… no puede ser —me dije a mí misma, dejando caer la foto entre mis dedos. La tomé otra vez y la acerqué a mi rostro, tratando de convencerme de que estaba equivocada, de que quizás era una mujer parecida. Pero no había duda, era ella, aunque era una foto de su juventud, tenía aún su mismo cabello, sus mismos ojos ojos, su misma sonrisa maternal, en tantos años solo había cambiado su rostro por las arrugas. Me puse de pie con desesperación, sentía que casi no podía respirar. Me senté en el sofá y me dejé caer sobre los cojines con una sensación asfixiante en mi pecho.

