Abrí la puerta del despacho sin tocar, con la desesperación de encontrarme con algo que no me gustara. —Necesitamos hablar —dije, mirando directamente a Humberto. Galilea se giró de inmediato, con su típica actitud altiva. —¿No te enseñaron a tocar la puerta? —preguntó con desprecio. —No estoy aquí para hablar contigo —le respondí, sin quitarle la mirada a Humberto. —Aunque lograste que anoche no hubiera boda —añadió ella con esa sonrisa cínica. —no descarto que aún la haya. La miré un segundo y luego me volví hacia él. —¿Eso es cierto? —pregunté directamente a Humberto. —¿Todavía piensas casarte con ella? —Lo único cierto —dijo Humberto, sin inmutarse. —es que tú y yo no podemos estar juntos. Sentí que el corazón se me quería salir del pecho, no esperaba que sus palabras fueran ta

