La noche había llegado casi sin que pudiera dar cuenta. El cielo estaba despejado, pero habían estrellas dispersas, que lo hacía ver único. Cuando llegué a la mansión, no me detuve en ningún lugar, ni me dirigí a mi habitación. Caminé directamente al comedor, impulsada más por el hambre que sentía. Al entrar los vi a ellos, estaban tranquilos, tomando de su jugo de naranjas. —Buenas noches —dije al entrar, forzando una sonrisa mientras mis ojos pasaban rápidamente por cada rostro en la mesa. —Toma asiento —me dijo Demian, con ese tono neutro serio que era demandante, y obedecí en silencio y me senté frente a él. Mildred, acomodada con una copa de vino entre los dedos, fue la primera en romper el incómodo silencio. —Pensé que irías a mi habitación a pedirme perdón por haberme lanzad

