Avergonzada

1035 Words

Salimos del despacho, cuando pasamos frente a una ventana, Humberto se detuvo, me miró, y sin decir nada, me cargó en brazos. —¿Qué haces? —le pregunté entre risas. —Algo que tenía ganas de hacer desde hace días. No protesté, me acurruqué en su pecho mientras él subía las escaleras, como si no pesara nada, como si yo perteneciera allí. Al llegar a la habitación, abrió la puerta con el pie, me dejó caer suavemente sobre la cama, y ambos soltamos una carcajada. Nos quedamos así, riendo, con nuestras piernas entrelazadas una con la otra. Desperté la mañana siguiente sintiendo el calor del pecho de Humberto. Apenas abrí los ojos, la alarma del teléfono sonó con su tono áspero y puntual. Humberto se removió debajo de mí, abrió lentamente los ojos y luego sonrió. —Buenos días, hermosa

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