La aritmética...

1795 Words
Capítulo. La aritmética del miedo. Gianice despertó con un dolor punzante en el vientre. No era constante, pero tampoco leve. Se llevó las manos al abdomen, respirando hondo, tratando de calmar esa sensación de presión interna que parecía crecer con cada día. -- Doctor... – le susurró cuando lo vio entrar a su habitación. -- Algo no está bien – El hombre se acercó, visiblemente incómodo. -- Es normal sentir molestias señorita, es tu primer bebé – -- No – negó ella. -- Esto es distinto. No es precisamente molestia lo que siento – le dijo. El médico evitó mirarla directamente. -- Tu cuerpo está trabajando mucho, tus huesos deben mover su posición para darle paso al bebé – le dijo finalmente. Ella lo observó en silencio, pensando si era ese cambio en realidad lo que había estado sintiendo. -- Entonces parece que mi cuerpo ha decidido trabajar un poco más de lo habitual doctor, este bebé debe ser más grande que el promedio – intentó bromear ella, sin dejar de observar al doctor mientras suspiraba de vez en cuando. -- ¿Cuánto más doctor? Dígame la verdad – le preguntó. -- ¿Cuánto más qué muchacha? – -- Cuanto más van a durar estos cambios – el médico dudó nuevamente. -- No es tan sencilla la respuesta señorita... – hizo un pausa, esperando que esta vez sí le dijera su nombre, pero Gianice lo miró, y siguió sin decir su nombre y él la respetó por eso. -- Dígame lo que sea doctor, yo estoy lista para escucharlo – le suplicó. El hombre respiró hondo, no se sentía bien por tener que ocultar a dos bebés de su vientre. -- Tu embarazo no es tan… simple – le dijo y ella sintió un escalofrío. -- ¿Qué quiere decir con eso? – El médico abrió la boca… y la volvió a cerrar al oír que alguien se acercaba a ellos. Era Iván. -- Quiere decir – intervino el empleado desde la puerta. -- Que debes descansar, ¿no asi doctor? – Gianice giró la cabeza bruscamente. -- Quiero respuestas, y tú no eres el doctor – Iván se acercó con esa sonrisa controlada. -- Tienes razón no lo soy, pero el contrato no dice que debas hacer tantas preguntas ¿verdad? Pero te prometo que las tendrás en caso de ser necesario – ella los miró por un momento, no estaba segura de nada. Pero había una cosa que la estaba atormentando. -- ¿Estoy en peligro? – les preguntó de repente, su mirada reflejaba miedo. Iván le sostuvo la mirada. Era lo único que podía ver con claridad a través del antifaz. -- No – le mintió él, porque ni siquiera de eso estaba seguro. No mientras su jefe no la encontrara jamás. -- Estarás bien, mientras sigas nuestras indicaciones tú y el bebé estarán bien – ella lo miró y decidió aceptar, asintiendo. Aunque no estaba del todo convencida que esa fuera la verdad. Esa noche, Iván no durmió. La ecuación era clara y monstruosa. Maximiliano More solo esperaba un hijo. Uno solo... un heredero, ni dos y mucho menos tres... Tres bebés no solo eran imposibles… tres bebés eran una sentencia de muerte para todos. Porque si Maximiliano se enteraba de todo, no le importaría quién había dado la orden inicial. Ni tampoco que hubiese sido su propia gente la que metió a esta mujer en su cama... y mucho menos que Gianice hubiera entrado a ese con la intención de acabar con su vida. Nada de eso le importaría cuando la tuviera frente a él. Solo le importaría que esa mujer fue quien lo drogó, quien lo engaño y quien se aprovechó de él. Solo eso bastaría para acabar con ella y con cada uno de sus cómplices... En la habitación de Gianice ella volvió a soñar, pero esta vez, su sueño no fue confuso, tampoco soñó con aquel cuerpo caliente que se montó sobre ella, está vez soñó con tres corazones que latían a la misma vez. Tres pulsos iguales y distintos al mismo tiempo, tres latidos desordenados que reclamaban de su atención. Soñó con manos pequeñas aferrándose a las de ella. Con voces que no entendía, pero que sentía como propias. Despertó con las manos sobre su vientre y lágrimas en los ojos. -- No estoy sola... – murmuró para sí. -- No puede ser que solo sea un bebé – susurró... y apretó los dientes al pensar que le estaban ocultando algo. Por primera vez, sintió, dudó de todo lo que le habían dicho. Y sin saberlo, comenzó a convertirse en un problema. Porque la verdad ya estaba creciendo dentro de ella. Y no había forma de reducirla a uno solo, sin destruir algo más. Y algo era cierto... Maximiliano More no creía en las coincidencias. Jamás lo había hecho. Desde joven había aprendido que cada error tenía un responsable, cada resultado una causa concreta, y cada traición un rostro que debía ser recordado. Por eso, mientras Iván hablaba frente a él, con informes detallados y palabras medidas, su mente trabajaba en silencio, encontrando detalles y errores que no encajaban entre sí. -- La búsqueda de la mujer del antifaz sigue activa señor – le informaba su hombre. -- Hemos rastreado todos los bares del distrito donde pudo haber estado esa noche. Pero nadie reconoce el antifaz, parece que ese era el único bar que visitaba, aunque algo me dice que estamos cerca – -- ¡Parece...! ¿parece que Iván? Ese fue el único bar que visitó esa noche, sino como piensas que me engaño... por telepatía – escupió fastidiado. Maximiliano había comenzado a perder la paciencia con su gente. Iván no respondió de inmediato. -- Lo siento señor... pero sé que estamos cerca – le volvió a repetir. El hombre permanecía sentado detrás de su escritorio, con los codos apoyados en él y los dedos entrelazados frente a su rostro. Sus ojos grises estaban fijos en un punto invisible. -- ¿Cerca de qué? – le preguntó al fin. Iván sostuvo su mirada, quería tragar saliva, pero si lo hacía se vería sospechoso... demasiado. -- Cerca de una pista, es decir de la mujer que está buscando señor – Maximiliano exhaló lentamente. -- Esa mujer no actuó sola – le dijo. -- Si lo hubiera hecho ya la habría encontrado hace tiempo. Nadie entra a mi vida por accidente y tu mejor que nadie lo sabe bien – Iván asintió temeroso. -- Coincido señor – le respondió, sin añadir nada más. Maximiliano se levantó y caminó hasta la ventana. Desde el piso alto, la ciudad parecía inofensiva. Podía ver las luces, los autos diminutos, y las personas caminar como pequeñas marionetas que creían tener control sobre algo, cuando no era así. -- Una mujer sin rostro y sola como pudo conseguir drogarme – comenzó a recordar. -- Como pudo entrar y salir de un lugar completamente vigilado sin dejar un rastro. Como me saca de mi rutina y luego desaparece como si nada... mientras tú no estás en ese momento junto a mi – se giró bruscamente. -- Alguien la tuvo que ayudar – Iván sintió un sudor frío recorrerle la espalda, ¿podía estar queriendo enviarle un mensaje subliminal... o quizás no? No estaba seguro de nada, de lo único que estaba seguro era que tenía la conciencia más sucia que las alcantarillas de ese bar. -- Estamos investigando todas las posibilidades señor – le respondió con cuidado. -- Le prometo que encontraremos a esa mujer – Maximiliano lo observó con atención, ni siquiera recordaba haberle dado la orden de irse esa noche, aunque también era cierto que no dependía de él, el momento de la inseminación. -- Espero que me estes diciendo la verdad Iván... – le dice con la mano cerrada sobre su mentón. -- Porque cuando la encuentre, no me interesará su explicación. Pero sí me interesará la de quienes la pusieron en mi camino, sobre todo la de quienes la pudieron en mi cama – Iván inclinó la cabeza, no podía mirarlo a los ojos. -- Lo entiendo – le respondió, pero no era cierto, no del todo. Maximiliano sostuvo el silencio unos segundos más, como si midiera el peso de cada palabra que acababa de pronunciar. Luego regresó a su escritorio y apoyó ambas manos sobre la superficie pulida. -- Hay algo más Iván – le dijo luego de esos segundos. El empleado sintió cómo el estómago se le contraía, pero respondió de inmediato. -- Sí, señor – -- He perdido demasiado tiempo persiguiendo esta sombra – continuó. -- A esa mujer la encontraré, tarde o temprano. Pero no voy a permitir que mi atención siga dividida, sobre todo cuando hay algo más importante en juego – Ahora sí tragó saliva, sabía demasiado bien a que se refería. -- Entiendo, señor – Maximiliano alzó la mirada. -- Quiero saber cómo va el embarazo – el aire pareció espesarse dentro de la habitación. -- ¿El… embarazo, señor? – repitió Iván, intentando ganar tiempo. -- No te hagas el estúpido – le respondió Maximiliano sin elevar la voz. -- El procedimiento. La inseminación, como quieras llamarlo. El resultado de ese único óvulo que protegí más que a mi propia vida. ¿Cómo va? – Iván sintió que el pulso le martillaba en las sienes. -- Todo… marcha según lo previsto – le respondió con cautela. Maximiliano movió la cabeza de un lado a otro. -- Esa no era la respuesta que esperaba – le dijo de pronto y se sentó despacio, con una calma que siempre precedía a algo peor. -- No quiero saber nada sobre la mujer que esta alquilando su vientre – le aclaró. -- No me interesa su nombre, su rostro, ni su historia. Para mí ella no existe. Pero mi hijo sí – añadió, con frialdad. -- Y quiero los informes claros sobre este escritorio a primera hora – Iván asintió, sintiendo que cada palabra era una cuerda alrededor de su cuello, volvían a la maldita precisión aritmética... un óvulo era igual a un bebé. -- El embarazo fue confirmado señor – le dijo. -- Los parámetros iniciales son buenos – -- ¡Fue confirmado!, ¿cuándo? – le preguntó Maximiliano. -- Hace algunas semanas señor More – -- Hace algunas semanas... ¿Y recién ahora me lo dices? – -- Usted estaba concentrado en la búsqueda de esa mujer... la del antifaz, señor. No quise distraerlo con... – -- No decidas por mí Iván – lo cortó dando un golpe sobre la mesa. -- Jamás lo vuelvas a hacer – Iván bajó la cabeza, pensando que era muy tarde para decir aquello... pero igual lo hizo. -- Lo siento señor. No volverá a ocurrir –
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