El trayecto de regreso a casa fue igual de silencioso, pero en esta ocasión estuvo acompañado por el tráfico de la hora pico, algo a lo que Declan no estaba acostumbrado; él solía salir cuando la ciudad comenzaba a apagarse, cuando las luces eran más constantes que las personas y el movimiento se volvía una línea uniforme, casi inexistente. Pero ahora, en cambio, estaba atrapado en medio de una avenida saturada, rodeado de motores impacientes y cláxones que estallaban sin coordinación, mientras a su lado Ellie parecía ajena al desorden, apoyada con naturalidad contra el asiento, observando por la ventana como si el caos tuviera algún tipo de ritmo comprensible.
Por primera vez desde que salió de su oficina se preguntó por qué había decidido hacerlo tan temprano, ni siquiera revisó el reloj, ni revisó su agenda, simplemente cerró la carpeta que tenía frente a él y salió detrás de ella, y lo peor de todo, es que no recordaba haber tomado esa decisión de forma consciente, simplemente la ejecutó.
Pero detenido en medio del trafico y con un semáforo cambiando a rojo justo cuando podía podía avanzar con mayor velocidad, obligándolo a detenerse, se reprochó el no haber cuestionado ni siquiera lo que había sucedido, e instintivamente giró su atención a la joven a su lado con un ligero reproche dibujado en sus labios, sin embargo, ella no le prestó mayor atención, tampoco parecía incómoda o expectante, ni mucho menos desesperada, solo estaba presente.
- Carajo!!!- exclamó en voz alta echando la cabeza hacía atrás, mientras sus manos apretaban el volante, pues aunque le pesara reconocerlo, en cuanto su esposa cruzó la entrada de su oficina para despedirse solo la siguió por puro instinto, sin cuestionarse lo qué estaba haciendo o lo qué ella quería.
Y ante la exclamación, Ellie finalmente lo volteó a ver, confirmando la irritación que invadía totalmente su rostro, la desesperación en sus manos y la impaciencia en sus pies; por un instante sonrió con un dejo de burla y satisfacción porque Declan parecía tan fuera de sí, que no era habitual ni mucho menos consecuente con la imagen que tenía de él.
- Es algo normal a esta hora.....- indicó con un tono imperceptiblemente divertido.
- Yo no suelo salir a esta hora- respondió sobándose la frente ante la cantidad de vehículos que lo rodeaban.
- Se nota- Ellie asintió curvando apenas sus labios sin despegar su mirada del tráfico frente a ella.
Declan regresó de nuevo su atención hacia ella, pues no pudo evitar notar el pequeño cambio en su voz, algo bastante más relajado e incluso ligero a lo que estaba acostumbrado, y extrañamente se sintió cómodo con eso.
- Es tan evidente que no es mi horario?!- exclamó con la intención de continuar la conversación, deseando averiguar hasta dónde llegaba, además debía admitir que le agradaba sentirla un poco más relajada; en tanto Ellie dejó escapar una pequeña exhalación por la nariz, casi imperceptible, y esta vez sí lo miró de reojo, evaluándolo con una calma que no era del todo seria.
- Un poco- respondió, y el matiz fue apenas más cálido que antes- parece.... fuera de lugar- Declan arqueó una ceja, y por un instante se olvidó de lo lento que avanzaba el vehículo.
- Fuera de lugar?! no querras decir....ridiculo?!
La pregunta no llevaba ninguna intención, al contrario, había algo deliberadamente ligero en su tono, como si por fin se permitiera un margen que normalmente no se concedía. E irremediablemente, volteó su atención hacia ella, sin esperar ninguna reacción en específico, la joven le sostuvo la mirada un segundo más de lo habitual; sin embargo, algo en la forma en que él lo dijo, sin imponerse, sin marcar territorio, la tomó desprevenida.
- No diria eso.
- Pero lo pensaste.
Hubo un destello breve en los ojos de Ellie, no era burla abierta y tampoco desafío; al contrario, era algo más cercano a la complicidad que por un instante y sin que ninguno lo buscara, se instaló entre ellos con una naturalidad que no habían planeado.
- Tal vez- le concedió al final, y el hombre sonrió satisfecho de haber arrancado esa respuesta.
- Perfecto..... entonces la próxima vez que quiera impresionar a mi esposa evitaré la hora pico.
Ellie volteó a verlo por completo, sorprendida no por la palabra en sí, sino por el tono juguetón que la acompañaba y durante un instante pareció debatirse entre responder en el mismo registro o ignorarlo. Desgraciadamente para Ellie, bastó esa simple mención para que su actitud cambiara: el gesto en su rostro se transformo con una rapidez sutil pero definitiva; la chispa anterior se apagó sin dramatismo y simplemente dejó de estar ahí.
Declan percibió el cambio, aunque no supo nombrarlo con exactitud, pero la forma en que su esposa volvió a instalarse en el asiento fue demasiado tajante, y aún así, decidió no ceder del todo a ese repliegue, manteniendo el tono ligero, casi deliberadamente despreocupado.
- Entonces, confirmo que estoy oficialmente fuera de horario- murmuró, mirando el semáforo con fingida gravedad- tal vez debería existir una advertencia: “Criatura no apta para el tráfico”- y no la miró al decirlo, pero el comentario llevaba la intención clara de arrancarle, aunque fuera, una mínima reacción, sin embargo el silencio que recibió no fue hostil, solo firme, y pese a ello no se detuvo- tal vez el problema no es la hora.... tal vez necesito un incentivo adecuado- e hizo una pausa breve, apenas lo suficiente para que la frase no pareciera improvisada- quizás....una cena!
En ese instante el semáforo cambio a rojo, obligándolo de nuevo a detenerse, mientras el murmullo de los motores alrededor llenaba el espacio que ella no deseaba ocupar.
- De hecho, inauguraron un sitio nuevo hace poco- añadió, esta vez sí girando ligeramente hacia ella- bastante exclusivo- insinuó no como una propuesta solemne, sino como una extensión del chiste anterior, una forma de sostener la ligereza sin imponerla- y he querido ir, desgraciadamente no he tenido mucho tiempo pero ya que estamos cerca quizás, podríamos comprobar si realmente vale la pena tanta pretensión- sdmitió con una honestidad tranquila
- No- respondió Ellie sin mirarlo- prefiero ir a casa, fue un día muy largo- y aunque no había reproche en su voz, tampoco esa amabilidad con la que se había permitido responderle.
Declan inclinó apenas la cabeza, como si evaluara la negativa, pero no estaba dispuesto a desistir.
- Precisamente por eso- insistió con suavidad- una cena distinta no le hace daño a nadie.... además te aseguro que la señora Phyllis no tiene nada preparado para la cena, no suelo llegar a esta hora y ella no suele tener nada listo- y aprovechando el alto, soltó una mano del volante, inclinándose hacia la guantera- mira- dijo extendiendo el brazo para abrirla- incluso enviaron una invitación.
Y aunque el movimiento fue simple, cotidiano, y sin la mínima brusquedad, Ellie reaccionó antes de procesarlo.Su cuerpo se tensó con una rapidez instintiva y se replegó hacia el costado opuesto; levantando ligeramente las piernas, encogiéndolas contra el asiento, y sus brazos subieron en un gesto automático que protegía el torso, como si anticipara un impacto que no llegó a existir.
Y aunque en su rostro no había terror, sus ojos lo miraron con cierta precaución mientras su ceño se contrajo y se hundió contra el hueco entre la portezuela y el respaldo, buscando distancia donde apenas había espacio.
Todo ocurrió en un segundo.
La guantera se abrió con un clic seco, pero Declan se quedó inmóvil, con la mano aún extendida hacia el interior rozando apenas el borde de la invitación, y la expresión ligera que había sostenido hasta entonces se deshizo por completo, sustituida por un desconcierto profundo, casi incrédulo.
No entendía qué acababa de pasar, lo único que entendía es que no había sido una exageración ni un gesto casual, la reacción en ella fue demasiado instintiva para ser producto de una actuación muy bien planeada.
- Creo que será otra noche- exclamó el hombre, cerrando la guantera con extremo cuidado, pero sin despegar los ojos de la joven.
Afortunadamente, el semáforo cambio a verde, y el vehículo avanzó con más fluidez, sin embargo, ya ni siquiera hubo la posibilidad de alguna conversación entre ellos, solo el silencio que regresó con un peso distinto al de antes.
Ya no era la pausa cómoda del tráfico ni la ausencia natural de palabras; era un espacio denso, que parecía expandirse entre los asientos. El sonido del motor, el roce de las llantas contra el asfalto, incluso los cláxones lejanos, quedaron relegados a un segundo plano, pues dentro del automóvil solo existía esa tensa quietud.
Declan condujo con ambas manos firmes en el volante, pero su mente no estaba en la avenida, irremediablemente volvía una y otra vez al gesto, a la forma en que ella se había protegido y a esa expresión que no había tenido nada de teatral, e instintivamente la miró de reojo, solo un segundo pero el suficiente para que Ellie lo sintiera.
Pese a que la joven mantenía la vista fija en la ventanilla, como si el paisaje urbano tuviera ahora un interés particular, sabía que él la estaba mirando, y lo comprobó en el pequeño reflejo que se filtraba con ciertas luces, y aun así, no giró el rostro, ni siquiera suavizó su postura.
Porque había algo más importante consumiendo su mente, una pregunta tan constante como alarmante:
Por qué reaccioné así?
Un cuestionamiento que surgió en medio de su aparente distracción, porque sí debía ser honesta consigo misma, no había sido por miedo, nunca en realidad sintió miedo de él. Y eso era lo que verdaderamente le aterraba, pero su cuerpo había respondido antes que su pensamiento, como si una memoria hubiese tomado el control durante un segundo demasiado largo.
Ellie tragó saliva con discreción, obligándose a relajar la mandíbula, no tenía sentido su tensión porque en el fondo sabía que no había amenaza, desgraciadamente el eco de la reacción seguía vibrando bajo su piel. Mientras el automóvil avanzaba y el silencio, cada vez más espeso, ocupaba todo lo que ninguno de los dos se atrevía a decir.
El resto del trayecto transcurrió sin una sola palabra más, hasta que el automóvil se detuvo frente a la casa; el motor se apagó con un sonido seco que parecía más fuerte de lo normal, sin embargo, ninguno se apresuró a bajar, tuvieron la serenidad suficiente para no parecer desesperados por abandonar el vehículo. Fue Ellie quien abrió la puerta primero con aparente calma y sin mirarlo, bajo con una actitud indiferente.
Declan no tuvo más opción que seguirla aunque francamente necesitaba un poco de claridad y por un segundo consideró salir a pasear por la ciudad, pero el tráfico que había experimentado bastó para convencerlo de lo pésima idea que eso era, así que descendió, caminando detrás de ella aunque lo suficientemente alejado para no incomodarla.
La pareja cruzó la entrada principal compartiendo un silencio que parecía más tenso de lo que hubieran deseado, pero apenas llegaron al vestíbulo se toparon de frente con la señora Phyllis, quien apareció desde el corredor, secándose las manos en el delantal, quedando inmóvil al verlos.
- Declan?- parpadeó, genuinamente sorprendida, intentando convencerse de que no se trataba de una alucinación- qué milagro verte a esta hora- y sus ojos saltaron de uno a otro con rapidez pero con ese gesto de confusión absoluta que delataba su sorpresa- no te esperaba tan.... temprano....y ese milagro?!- añadió cruzándose de brazos.
- Ahh.....cosas que pasan- respondió él con esa actitud de incomprensión hacia lo que había hecho.
- Esto va a ser habitual?!.... porque no tengo la cena lista todavía, pero si me dan unos minutos puedo preparar algo digno del primer día de mi querida Ellie…seguramente lo necesita!- declaró mirándolo con reproche por la evidente incomodidad de la joven, quién era incapaz, incluso, de sostenerle la mirada.
- No es necesario, Phyllis- Declan negó con un leve movimiento de cabeza- estoy cansado y agotado por el tráfico, preferiría cenar en mi habitación....algo ligero está bien- y aunque su tono fue controlado, había una tensión contenida en la forma en que se aflojó el nudo de la corbata.
- Por supuesto.
- Yo también, si no es molestia- intervino Ellie, antes de que el silencio volviera a crecer- solo.... un sándwich de queso, por favor- y no miró a nadie al decirlo.
La señora Phyllis asintió, todavía confundida, pero demasiado profesional para insistir, mientras, sin acordarlo, ambos avanzaron hacia las escaleras al mismo tiempo, chocando inconscientemente en el primer escalón. El movimiento fue mínimo, pero suficiente para que Declan se detuviera de golpe y diera un paso atrás con rapidez, cediéndole el espacio como si la proximidad misma pudiera resultar peligrosa, y quizás para ella así era, por lo que prefería no incomodarla de más.
Ellie no le agradeció el gesto ni le devolvió la mirada, simplemente subió los escalones con una rapidez que no era una huida abierta, pero sí urgencia; su figura desapareció tras la columna del primer piso y luego en el pasillo, sin mirar atrás.
Declan permaneció en el primer peldaño, esperando hasta que escuchó el fuerte sonido de la puerta de su habitación cerrandose, y solo hasta ese momento soltó un largo y hondo suspiro.
- Declan- la voz de la señora Phyllis lo hizo girar apenas la cabeza.
La mujer se acercó sin ceremonia y, con la confianza de quien prácticamente lo había criado, le acomodó el cuello de la camisa, solo para, acto seguido, darle un zape seco en la parte posterior de la cabeza.
- Ouch, señora Phyllis- se quejó él, llevándose la mano al cabello con su dignidad herida.
- No te dañe, no exageres....eso ya venía así de fábrica- le recriminó el ama de llaves sin pestañear- ahora dime, qué le hiciste a la pobre chica?- desgraciadamente para él no sonaba furiosa, pero si algo mucho peor, decepcionada.
- No le hice nada- Declan bajó un escalón con lentitud, como si estuviera considerando seriamente huir hacia la puerta principal, sin embargo el ama de llaves no lucía convencida y lo miró fijamente con obvia sospecha- no le hice nada, te lo juro.
- Eres hombre, así que piensa bien.... qué hiciste?- él exhaló por la nariz, conteniendo una sonrisa mínima que no alcanzó a formarse del todo.
- Solo le propuse cenar.
- Y la asustaste con eso?- preguntó ella, cruzándose de brazos- porque para lograr esa cara que traía la señorita Ellie, o eres muy torpe.... o muy tonto.
- No estoy seguro de cuál opción me deja mejor parado- él la miró con una mezcla extraña de indignación y cautela, como si estuviera evaluando la distancia exacta entre él y el siguiente zape.
- Acaso no fuí lo suficientemente clara contigo esta mañana?!- el hombre entrecerró los ojos, fingiendo no recordar- si no mal recuerdo te advertí que si la hacías llorar, te envenenaba la comida- lo recalcó con absoluta serenidad.
- Eso fue una amenaza desproporcionada y legalmente cuestionable.
- Y completamente en serio- añadió ella.
Declan enderezó la espalda, dispuesto a desplegar un alegato completo sobre su impecable comportamiento durante el día, pero la imagen fugaz de Ellie replegándose contra la puerta del coche interrumpió el impulso y lentamente su argumento perdió fuerza antes de salir. La seriedad le duró apenas un segundo y luego, casi sin darse cuenta, una sonrisa leve comenzó a dibujársele en la comisura de los labios.
- Phyllis...- el ama de llaves frunció el ceño- Phyllis... Phyllis.... Phyllis!- repitió, acercándose lo suficiente como para colocar ambas manos sobre los hombros de la mujer con una solemnidad exagerada- usted, mi querida señora, me va a ayudar- la señora Phyllis parpadeó, observándolo con suspicacia y el mismo cuidado con el que uno mira a alguien que acaba de anunciar una idea potencialmente peligrosa.
A la mañana siguiente, la luz matutina se filtró por las cortinas de la recámara de Ellie, la joven abrió los ojos con una lentitud inusual en ella, consciente de que aquella mañana era la primera en mucho tiempo que no se despertaba sobresaltada por el ruido de la alarma, ni sufría por el frío colándose por debajo de la ropa, ni tenía la necesidad de salir cuando el cielo todavía era una sombra azulada.
Era muy confortable, para ser honesta, y sobre todo si podía disfrutarla en medio de la mullida suavidad de la cama. El colchón cedía lo justo bajo su peso, envolviéndola sin hundirla, las sábanas eran suaves, lisas contra la piel, sin asperezas ni costuras que rasparan mientras las cobijas, gruesas y tibias, guardaban el calor con una eficacia casi insultante.
La joven se movió un poco, probando la comodidad y con una cautela innecesaria estiro una pierna, luego la recogió; se acomodó sobre el costado y se acurrucó con naturalidad, llevándose las cobijas hasta el mentón. Era agradable, demasiado, su cuerpo estaba descansado de una forma que no recordaba haber sentido en meses, no había rigidez en la espalda, ni le dolían las piernas, no sentía el cansancio acumulado de esperar de pie afuera del hotel a que su turno comenzara, no había transporte público, ni viento helado, ni ese café apresurado para engañar al sueño.
Y se hundió un poco más en la almohada, pero entonces un pensamiento desalentador irrumpió sin permiso: todo eso no era casualidad; la cama, esas sábanas y su comodidad tenían nombre y apellido, Declan Ellsworth.
E irremediablemente, el confort dejó de sentirse disfrutable, pues aceptarlo implicaba consentimiento, aunque fuera un poco, de lo que él podía darle y no debía acostumbrarse, agradecerlo o sentirse cómoda bajo algo que no era suyo. Ellie abrió los ojos con determinación, apartando las cobijas de un movimiento más brusco del necesario, sentándose en el borde de la cama con la espalda recta, componiendo una expresión seria que nadie estaba allí para ver.
- No es para tanto- murmuró como si estuviera desestimando una tentación indecorosa.
Y de inmediato, se puso de pie con una dignidad un poco exagerada, alisándose la ropa como si hubiera ganado una batalla silenciosa. Sí, la cama era cómoda y sí, había dormido mejor; pero no iba a permitir que eso significara nada, y con el mentón apenas elevado y recobrando su dignidad, se dirigió hacia el baño decidida a actuar como si aquella suavidad no hubiera logrado, ni por un segundo, doblegarla.
Ni siquiera se permitió disfrutar la calidez del agua o la confortable ducha, se bañó tan rápido como su orgullo le permitió y salió directo al enorme vestidor; escogiendo un conjunto, casi nuevo, de pantalón y chaleco, que se ajustó a su cuerpo como aquella primera vez que se lo probó en la tienda.
La joven se detuvo frente al espejo de cuerpo entero, por un segundo solo miró, girándose para admirarse desde diferentes ángulos: el pantalón entallado delineaba su figura con una precisión elegante; el chaleco ajustado marcaba su cintura con delicadeza sin restarle presencia, mientras la blusa, impecablemente limpia y de una tela ligera, caía con naturalidad sobre su torso.
Y una sonrisa, pequeña pero genuina, comenzó a dibujarse en sus labios, hacía más de dos años desde que cambió las prendas estructuradas por conjuntos deportivos prácticos, funcionales, resistentes al desgaste, pero que en el fondo nunca le gustaron. Sin embargo, ahora era distinto, había algo casi terapéutico en verse así: ordenada, pulcra y profesional, además de hermosa.
Ese pensamiento la tomó desprevenida, y su sonrisa se amplió un poco más al recordar las mañanas caminando hacia el hotel, cruzándose con mujeres que salían de edificios elegantes, vestidas con conjuntos similares, seguras e impecables; a quienes solo observaba con una mezcla silenciosa de envidia y melancolía, preguntándose cómo se sentiría pertenecer a ese mundo.
Pero ahora el reflejo le devolvía algo muy parecido a aquellas siluetas, Ellie se acercó un poco más al espejo, estudiando los detalles y evaluando la posibilidad de parecer disfrazada, confirmando que se veía como si siempre debio ser. Hasta que dos golpes suaves en la puerta la hicieron parpadear, con una sonrisa giró la cabeza con rapidez, y una emoción inesperada le iluminó el rostro.
- Oh, mi desayuno- murmuró con renovada ilusión.
Le parecía algo absurdo, y hasta divertido, pronunciar esas palabras, "desayuno servido en la habitación", subido hasta su puerta; la vida había cambiado tanto que aún no sabía si reír o desconfiar.
- Adelante- dijo con voz clara, incapaz de ocultar del todo el entusiasmo, imaginando ya el suculento desayuno.
La puerta se abrió, pero para su sorpresa, la señora Phyllis entró con las manos completamente vacías; Ellie parpadeó mirando a la mujer que parecía traer algo muy distinto.
La joven abrió la boca e inmediatamente la cerró, sus dedos se movieron apenas a sus costados, intentando sonreír aunque no dejaba de sentirse confundida; no quería preguntar por el desayuno, o sonar exigente, pues segun creía no tenía ese derecho.
Por un instante ambas mujeres solo se miraron: una con incertidumbre y la otra con un semblante demasiado afable e inocente; hasta que la señora Phyllis, con una dulzura que desarmaba, dio un pequeño paso al frente, tomando ambas manos de Ellie con más firmeza.
- Ven, cariño- le pidió mientras la conducía hasta la cama, obligandola a sentarse.
Ellie frunció ligeramente el ceño, desconcertada, pero asintió, nunca había sido de negarse a un favor, y mucho menos a alguien que la había tratado con una consideración que aún no sabía cómo encajar, mientras que la mujer se acomodó a su lado con una leve ansiedad que intentaba ocultar.
- Sé que esperabas tu desayuno- dijo con una sombra de fingida vergüenza que Ellie, distraída en su propia incomodidad, no alcanzó a percibir- y si lo deseas, te lo subiré, lo prometo... pero antes quería pedirte un pequeñísimo favor.
- Un favor?- la joven parpadeó, prestándole toda su atención.
- Sí.... y puede que sea un poco difícil para ti- admitió, bajando la voz- lo he pensado durante varios días.... y ahora que las condiciones de tu trabajo han cambiado.... me preguntaba si, mientras estés en la casa, podrías..... tal vez, acompañar a Declan a desayunar o a comer, al menos algunas veces.
El cuerpo de Ellie se tensó de inmediato e intentó retirar sus manos, con suavidad, pero la señora Phyllis las sostuvo con una presión cálida sin resultar invasiva.
- Entenderé si dices que no- añadió rápido- de verdad lo entenderé, pero.... ha sido difícil verlo comer solo durante más de diez años- la joven no respondió, solo la miró intentando descifrar si lo que la señora Phyllis le pedía no se trataba de una mala broma-cluh....a veces ni siquiera baja- continuó la mujer- el comedor es demasiado grande para una sola persona, yo intento sentarme un rato, pero no es lo mismo.... y aunque él no lo diga, aunque haga como que no importa, se le nota....se nota lo mucho que le duele.
- Tal vez le gusta la soledad- Ellie respiró hondo, replicando con una firmeza- me parece el tipo de hombre que la disfruta y francamente..... yo no tengo intención de compartir con él más de lo necesario.
- No es tan malo como parece- la empleada sonrió con una paciencia casi dolorosa- su vida ha sido difícil, más de lo que imaginas y créeme, un poco de compañía a la hora de los alimentos puede ser un bálsamo para cualquier alma herida.
- Él la mandó?- cuestionó mirandola fijamente y con gesto inquisitivo en su semblante.
- Dios, no!- el ama de llaves negó apresuradamente- si se entera de que estoy haciendo esto, capaz y me corre, con todo y los años que llevamos bajo el mismo techo, no, cariño.... esto es cosa mía, lo hago porque lo quiero, porque me duele verlo así.
Ellie bajó la mirada, temía compartir la mesa con él pero no por las razones que repetía como una letanía: el miedo, el rencor y el recuerdo de aquella noche. Lo que realmente la inquietaba era algo mucho más confuso, su presencia se había vuelto un detonante; cada gesto, cada palabra, cada silencio entre ambos removía cosas que ella no deseaba sentir y eso era más peligroso que cualquier recuerdo.
-:No creo que sea buena idea- y de inmediato negó con la cabeza, levemente.
- Lo entiendo- la señora Phyllis asintió con tristeza- me habría gustado que, al menos por un tiempo, tuviera algo de compañía.... pero si su relación no lo permite, no voy a obligarte.
El ama de llaves se puso de pie y, antes de apartarse, le acarició la mejilla con afecto sincero, no iba a negar que estaba decepcionada, pero era una mujer que sabía cuando retirarse.
- Te subiré el desayuno enseguida- y con la derrota a cuestas caminó hacia la puerta.
Ellie se mordió el labio, aunque la señora Phyllis no dijo más ni le reprochó de alguna manera, la joven no pudo evitar sentirse culpable. No quería bajar, mucho menos quería sentarse a su lado, francamente no pretendía alargar esa cercanía incómoda que comenzaba a desarmarla por dentro; pero la forma en que la mujer lo había pedido, no había sido manipulación sino genuina tristeza y antes de que cruzara el umbral, le habló.
- Espere- el ama de llaves se volvió con un ligero brillo de esperanza en sus ojos- no se moleste en subir el desayuno- continuó con una rigidez casi orgullosa- tal vez....pueda....bajar....un momento- Ellie hizo una pausa breve mientras trataba de mantener su dignidad- pero no pretenda que eso significa que voy a convivir con él, solo… me presentaré en el comedor- la señora Phyllis la observó unos segundos, evaluando la dignidad fingida que apenas sostenía aquella decisión.
- Eso será más que suficiente, cariño- la joven no respondió, pero cuando la puerta se cerró, supo que acababa de aceptar algo mucho más complicado que un simple desayuno.
El ama de llaves salió de la recámara con paso sereno, cerrando la puerta con cuidado para no delatar la pequeña batalla emocional que acababa de librar y mantuvo la compostura hasta llegar al inicio de las escaleras.
Entonces, asegurándose de que nadie más la observaba, descendió tan rápido como su edad se lo permitió, sujetándose del pasamanos con una agilidad que habría negado rotundamente si alguien se lo señalaba. Su respiración se aceleró ligeramente cuando alcanzó el vestíbulo, dónde Declan la esperaba apoyado en el marco de la puerta de su despacho, con los brazos cruzados y el gesto tenso, intentando aparentar indiferencia y fracasando miserablemente.
- Y bien?- preguntó en cuanto la vió.
- Aceptó- la mujer se acercó todavía algo agitada, bajando la voz como si compartiera un secreto de Estado- va a bajar a desayunar contigo!!- anuncio con obvia emoción.
- En serio?- él parpadeó con el ceño fruncido, repartiendo su mirada entre su empleada y las escaleras.
- En serio- la señora Phyllis asintió, y esta vez no intentó ocultar la sonrisa satisfecha que le curvaba los labios.
- Y cómo lo conseguiste?- indagó como si sospechara de una trampa que no entendía del todo, mientras la mujer hizo un gesto vago con la mano, restándole importancia al cómo.
- Ahhh....solo le expliqué que has estado comiendo solo por más de diez años, que el comedor es demasiado grande para ti, tanto que por eso a veces no llegas temprano a casa.... y aunque yo trato de hacerte compañía, sé que no es lo mismo y que se te nota la tristeza aunque no la admitas....- y con cada frase, el rostro de Declan fue perdiendo color.
- Yo te pedí que la convencieras- murmuró, completamente descompuesto y con los dientes apretados- no que me hicieras lucir patético.
- La convencí- replicó ella con calma práctica- y eso es lo importante.....no deberías cuestionar ni mis argumentos ni mis métodos.
- Claro que me importa, porque el plan no era dar lástima.
- Oh, por favor- la señora Phyllis alzó una ceja- no estaba intentando que dieras lástima, solo estaba dando contexto- el pobre hombre abrió la boca para replicar, visiblemente indignado, pero ella simplemente continuó como lo hacía cuando se aferraba a tener la razón- además, en vez de quejarte deberías aprovechar la oportunidad ahora que la conseguiste.
- Yo no...- e hizo un gesto de protesta, sin embargo no terminó la frase.
La señora Phyllis le dio una cariñosa cachetada en la mejilla, firme pero afectuosa, el tipo de gesto que solo alguien con décadas de historia podía permitirse.
- Ya, ya....no hagas berrinche- lo reprendió con ternura- y mejor ve al comedor a esperar a tu esposa y compórtate como todo un caballero: se amable, educado, comprensivo y trata de ser atento, me escuchaste?!
Declan se quedó mirándola, absolutamente desencajado, mientras ella se alejaba con paso decidido hacia la cocina, dejándolo plantado en medio del vestíbulo con el orgullo herido.
El hombre se irguió finalmente, acomodándose el saco y mientras daba el primer paso hacia el comedor, comprendió que aquella mañana no solo iba a compartir la mesa.
Iba a intentar, finalmente, descubrir la verdad de lo que había sucedido aquella noche.