Y tal como lo aseguró, Ellie bajó a desayunar, por supuesto que Declan ya se encontraba ahí fingiendo torpemente leer las noticias en su tablet, aunque lucía bastante tenso.
Pero la joven ni siquiera le prestó, la suficiente atención simplemente pasó de largo, sentándose a la derecha de su esposo más por obligación que por verdadero deseo, sin embargo, la señora Phyllis ya había colocado su servicio en ese sitio y por hoy lo respetaría.
Ambos empezaron a comer en silencio, con la mirada fija en sus platos aunque no podían evitar mirarse de reojo de vez en cuando, coincidiendo un par de veces lo que los obligó a mantener la atención en otro punto.
- Lo hiciste bien ayer- finalmente Declan habló con cierto cuidado pues sabía que no podía ser muy directo con ella sobre todo después de la reacción del día anterior.
- Gracias- fue la corta respuesta que recibió de Ellie que apenas y levantó la cabeza para mirarlo brevemente.
- En verdad me sorprendió lo fácil que te acoplaste a mi ritmo de trabajo y según me dijo Gina no te fue difícil entender mi ritmo de trabajo.....según me dijo Gina, no te costo nada entender mi dinámica y los ajustes que suelo pedir.
- No- la respuesta fue seca y funcional, mientras la joven seguía enfocada en su desayuno.
El hombre apoyo los cubiertos en la orilla de su plato, mirándola con más atención con la esperanza que aquello bastara para abrir un poco más la conversación, sin embrago su esposa no hizo el menor intento en corresponder el gesto.
- Aún así me agradó que te adelantaras a estructurar el siguiente informe, debo reconocer que me agradó más que los que solía hacer Gina, más limpio, pulcro y entendible.....es bueno tener iniciativa, sobre todo con un jefe como yo.
- Es parte de mi trabajo- aclaró tomando un sorbo de café, ante lo que Declan entrelazó los dedos sobre la mesa, aunque su intención era clara no parecía tener resonancia en Ellie.
- Anticiparte no es exactamente parte de tus tares pero me agrada que lo pienses de esa manera, es bueno tenerte a mi lado!- declaró intentando que ella tuviese alguna otra reacción, pero Ellie volvió a guardar silencio, respondiendo apenas con una mueca que parecía una sonrisa y un gesto de asco al mismo tiempo.
Y ahí murió la conversación, el hombre esperaba una ampliación, una reflexión, algo lo que fuese desgraciadamente para él, no llegó y por primera vez desde que inició el desayuno una ligera frustración le tensó la mandíbula, no porque ella lo ignorase sino porque cada respuesta parecía una declaración firme y tajante de su nula disposición, simplemente porque ella decidió que no avanzaría más.
Declan bajó la vista al café, observando el leve temblor del liquido cuando dejó la taza sobre el plato, no era un hombre que estuviese acostumbrado a quedarse sin palabras y mucho menos a quedarse sin acceso, todos siempre lo escuchaban y seguían la conversación intencional y apasionadamente, él era un hombre de poder a quien nadie le había negado la atención.
Ahora estaba ahí sin saber muy bien que hacer, pues sus expectativas habían sido muy diferentes; había pensado, ingenuamente, que el terreno laboral bastaría para sembrar un poco de confianza, que hablar de lo bien que trabajaban juntos abriría una grieta por donde deslizarse: un comentario lateral, una mención sutil, la posibilidad de acercarse aunque fuera levemente; pero ella no concedía a esas intenciones.
Pero no podía culparla, aunque le pesara admitirlo la verdad, cruda y silenciosa, era que nunca le había dado motivos suficientes para confiar en él, y al parecer aquella noche seguiría como una conversación pendiente entre ambos, aunque no tenía intención de prolongar ese silencio por demasiado tiempo, pues necesitaba respuestas y sobre todo entender quien era la mujer con quien se había casado.
Y el era un hombre persistente, enfocado y sobre todo decidido, y cuando se trazaba un objetivo no era fácil que lo dejara de lado y ahora más que nunca necesitaba entender qué sucedió aquella noche, cómo llegó a esa suite, qué paso realmente entre ellos y quién fue el responsable; porque ya no estaba tan seguro de que Ellie lo hubiese tramado, nada de lo que hacía o decía concordaba con esa mujer calculadora y arribista que lo drogó para escalar socialmente. Y era lo suficientemente inteligente y honesto consigo mismo para admitir cuando probablemente se había equivocado, aunque aún no lo suficiente para admitirlo en voz alta.
Así que necesitaba tiempo, paciencia y más averiguaciones que le dieran luz a un asunto que para él se estaba volviendo más intrincado de lo que imaginó al inicio; por lo que terminó su desayuno en silencio, recalibrando su estrategia para acercarse lo suficiente para hacerla hablar sin incomodarla o asustarla.
Los minutos pasaron en aquel comedor, hasta que Declan dejó su servilleta junto al plato, poniéndose de pie con extrema naturalidad, dispuesto a no cejar en sus intentos y sabía que podía utilizar el tiempo que pasarían juntos a su favor.
- Nos vamos en quince minutos- anunció con un tono practico- tenemos una mañana bastante ajetreada.
- Nos vamos?!- Ellie levantó la vista, repitiendo las palabras con el ceño fruncido.
- Sí, saldremos en quince minutos- aclaro limpiándose con el pulgar la comisura de los labios.
- Es decir que de nuevo tengo que irme con usted a la oficina?!- la joven parpadeó desconcertada y con un pequeño gesto de repulsión en los labios.
- Efectivamente- Declan se recargó en la parte alta del respaldo de la silla frente a él, mirándola con cierta diversión pues había aprendido que aunque ella no lo dijera en voz alta, sus expresiones bastaban para comunicar lo suficiente- nos iremos juntos....y regresaremos juntos a diario, así es más eficiente- y la firmeza en su voz no dejaba mucho espacio para la interpretación.
- Eficiente, pero no necesario- replicó la joven, cruzándose ligeramente de brazos.
- Es más eficiente, más cómodo y por supuesto más viable- corrigió sin perder la compostura.
- No es agradable- añadió ella de forma muy directa, mientras una sonrisa apenas perceptible, teñida de un leve sarcasmo, curvó los labios de Declan.
- Tengo automóvil, salimos del mismo lugar y regresamos al mismo lugar, no tiene sentido que viajes en transporte publico y tampoco asignarte otro automóvil y un chofer, cuando yo puedo cumplir perfectamente con esa función.
- Para usted todo se trata de funcionalidad?!
- En este caso sí- Declan inclinó la cabeza, divertido por el comentario- además es lo más practico para ambos y evita retrasos innecesarios....así que será mejor que te alistes, salimos en quince minutos- y antes de que ella pudiera reclamar le dedicó una sonrisa deliberadamente amable, le guiño el ojo con una ligereza que contrastaba con su habitual formalidad y sin más salió del comedor.
Ellie se quedó inmóvil unos segundos, con un ligero puchero de molestia formándose en su rostro, mirando hacia la puerta por donde su esposo se había marchado .
- Estúpido arrogante....practico....e insoportable- exclamó apenas un poco más fuerte que un murmullo, sin embargo no pudo evitar que una emoción tenue, casi traicionera, se filtrara bajo su enfado.
Y con un suspiro que pretendía ser de enfado más que de ilusión, se puso de pie limpiándose los labios consciente del tiempo que Declan había señalado: solo quince minutos. Y efectivamente, salieron con una exactitud impecable, justo a la hora que él había señalado, lo que ya no era sorpresa para la joven.
El trayecto hacia el hotel estuvo marcado por una calma que no era precisamente cómoda, el Alfa Romeo avanzaba con suavidad entre el tráfico matutino, mientras dentro del vehículo se instalaba una tensión silenciosa.
Pese a que Declan intentó, en más de una ocasión, abrir algún hilo de conversación con comentarios prácticos, observaciones ligeras, incluso alguna mención neutra sobre la agenda del día; sin embargo, cada intento encontraba la misma respuesta: una actitud correcta, funcional y cerrada.
Ellie respondía cuando era necesario, pero sin dar espacio a que la conversación respirara, hasta su postura era rígida y trataba de mantener la mirada fija al frente o perdida tras la ventana; no había hostilidad abierta, pero sí una barrera cuidadosamente sostenida. Lo que basto para que Declan comprendiera que insistir solo haría más evidente la distancia, por lo que la segunda mitad del trayecto transcurrió en un silencio casi absoluto, acompañado únicamente por el sonido del motor y el movimiento constante de la ciudad despertando.
Fue el trayecto más largo que ambos experimentaron, con miradas furtivas y una incomodidad que parecía asfixiarlo, obligandolos a contener la respiración en más de una ocasión, hasta que finalmente el hotel se hizo presente con un alivio que la pareja agradeció enormemente.
Aunque para Ellie el alivio fue breve, aunque dejaría atras la incomodidad que le provocaba su esposo, recordó que solo sería reemplazada por la incomodidad de las miradas y criticas que la acompañaron el día anterior desde que Declan decidió que debian atravesar el vestíbulo del hotel; e instintivamente se hundió en su asiento.
Un gesto que no paso desapercibido para su acompañante, por supuesto que sus intenciones eran hacer exactamente el mismo recorrido que el día, pero la joven no lucía satisfecha con esa posibilidad y ya que no tenía intención de perturbarla más o afianzar la distancia siguió su camino directo al estacionamiento privado.
La joven soltó un pequeñísimo suspiro de alivió cuando se percato del rumbo que llevaban, no habría exposición innecesaria ni miradas inquisitivas del personal, solo una llegada discreta y común, no sabía si en algún momento podría acostumbrarse a lo que implicaba ser la esposa del futuro presidente, sin embargo justo ahora lo único que necesitaba era un poco de privacidad.
Y el alivio fue aún mayor cuando él se estacionó en aquel espacio exclusivo donde el personal no tenía acceso, desgraciadamente Ellie estaba tan inmersa en sus pensamientos que no pudo reaccionar a tiempo, hasta que se percato que Declan ya se encontraba a su lado, abriendo la portezuela y ofreciéndole la mano para ayudarla a descender como todo un caballero.
La joven lo miró abiertamente confundida, dividiendo atención entre el rostro de Declan y su mano, pero aún era demasiado pronto para ella así que con estudiada discreción, fingió acomodar su bolso y descendió por sí misma, evitando el contacto. El hombre retiró la mano con una leve negación de cabeza, más reflexiva que molesta, sin embargo eso solo le confirmó que Ellie no estaba en posición de corresponder ningún gesto de amabilidad, y de nuevo, no podía culparla.
Caminaron juntos hacia el elevador, dónde el silencio volvió a imponerse, denso pero contenido, aunque él no dejó de observarla de reojo: la serenidad ensayada, la distancia cuidadosamente medida, la firme decisión de no permitir cercanía más allá de lo indispensable, le resultaba tan intrigante como encantadora.
Y así avanzaron por el largo pasillo hacia la oficina, Ellie caminó al frente, con paso firme y medido, mientras Declan avanzó apenas un paso detrás de ella, manteniendo una distancia prudente que, en otras circunstancias, habría parecido natural, pero bajo sus circunstancias quedaba Claro que era una actitud bastante calculada.
Pues desde esa posición podía observarla sin que ella lo notara abiertamente, la rectitud de su espalda, la tensión en sus hombros, la manera en que sostenía el bolso como si fuera una pequeña armadura; y también la deliciosa figura que se movía con una tenacidad cautivante.
Y de un momento a otro la sonrisa del hombre se ensanchó y se perdió admirando la forma en que esos pequeños gluteos rebotaban casi de forma imperceptible, lo que provocó que estuviera a punto de chocar con Ellie, quien se detuvo con torpeza y abruptamente justo al lado de su escritorio.
Declan la observo con cierta confusión, pero la joven tenía su vista fija en el mueble, sin prestarle la mínima atención, por lo que siguió su mirada solo para descubrir que justo al centro, sobre el escritorio, con una presencia imposible de ignorar, descansaba un gran y elegante ramo de rosas rojas.
Las flores eran tan frescas y perfectamente dispuestas que contrastaban con la sobriedad del espacio de trabajo, mientras el rojo intenso parecía casi desafiante contra el entorno neutro de la oficina; envueltas en un elegante papel coreano color n***o con un lazo de organza a juego con el color de las rosas.
Por un breve instante la pareja permaneció inmóvil, solo mirando el arreglo; Ellie parecía ser la más confundida, sus ojos recorrieron las rosas con incredulidad, como si intentara procesar cómo algo tan íntimo había irrumpido en un espacio estrictamente profesional e instintivamente, giró la cabeza hacia atrás, buscando a Declan.
Y lo encontró, pero su rostro había perdido cualquier rastro de amabilidad o diversión, su semblante se endureció sin que siquiera fuera consciente del cambio; sus facciones, que segundos antes reflejaban cierta calma, ahora estaban completamente tensas.
Sin embargo, el malestar que comenzaba a experimentar se acrecentó cuando Ellie, visiblemente desconcertada, dió un paso hacia el escritorio, inclinadose ligeramente para apreciarlas más de cerca, tocando las rosas con extrema delicadeza, separando apenas las flores en busca de una tarjeta. Y ese simple gesto, la delicadeza con la que tocaba las rosas y la concentración en su rostro, le provocó a Declan una punzada inesperada.
Algo se tensó en su interior, como una sensación áspera, primitiva, que no tenía nombre claro en su mente. Solo sabía que no le gustaba verla así, no le gustaba imaginar quién había considerado apropiado enviarle flores, no le gustaba que alguien más hubiese pensado en ella con la suficiente familiaridad como para hacer llegar un ramo tan ostentoso hasta su escritorio.
Y de pronto el rojo intenso de las rosas le resultó excesivo, invasivo y hasta corriente, demasiado corriente, sin embargo, Ellie continuaba buscando una nota, ajena a la tormenta silenciosa que comenzaba a formarse a su espalda.
Por lo que Declan se inclinó ligeramente, buscando su rostro, necesitaba con imperante urgencia ver sus reacciones; saber si estaba sonriendo, o si tal vez su mirada se había llenado de ilusión, saber si ese ramo había conseguido hacerla reaccionar de una manera que él no había provocado en días.
La idea le apretó el pecho, sus puños se cerraron inconscientemente y sus dientes rechinaron en un sonido casi imperceptible; pero ella seguía tan ajena, incluso, a su presencia que Declan no pudo tolerar verla así. El hombre se dio media vuelta con brusquedad, como si necesitara escapar de esa imagen antes de que tomara forma completa en su mente, y entró en su oficina, cerrando la puerta con un golpe seco que resonó más fuerte de lo que pretendía.
Ni siquiera reparó en la forma en que cruzó el despacho hacia su escritorio con pasos largos y tensos; donde cada pisada parecía descargar una energía que no comprendía del todo. Su respiración se volvió más rápida, menos controlada, su mandíbula estaba tan apretada que los músculos le dolían y el corazón le latía con fuerza desmedida, golpeándole el pecho como si acabara de correr varios pisos por las escaleras.
Pero no era esfuerzo físico, era algo tan denso e incómodo, como primitivo que le impedía pensar con claridad, solo repetia acciones que se le habían vuelto tan rutinarias y que no le exigían consciencia real, pues su mente no estaba en la carpeta abierta frente a él, ni en la computadora cuya pantalla reflejaba su contraído rostro en un mar n***o y opaco.
Declan pasó una mano por el escritorio con más ímpetu del necesario, desplazando todo lo que le estorbaba, buscando la agenda del día que perfectamente sabía no estaba ahí, como si el orden de los horarios pudiera devolverle la compostura.
Y tontamente revisó una y otra vez, moviendo papeles con brusquedad, hasta que el vacío sobre la superficie pulida le resultó irritante, porque no era la ausencia de agenda lo que le quitaba el control era la escena que imaginaba sucedía más allá de la puerta. El pobre hombre no podía dejar de pensar en cómo Ellie se inclinó sobre esas flores, la posibilidad de que las estuviera acariciando con anhelo o que ya las hubiera abrazado contra su pecho mientras cerraba los ojos con ilusión; y lo peor de todo era esa creciente necesidad de saber quién pensó en ella de forma tan íntima como para orillarlo a enviarle las rosas.
E incontrolablemente pensó en alejarla de ese probable gozó y ya que la agenda no estaba en ningún lado, se excusó en esa ausencia para hacer que Ellie fuese a su oficina.
Sin detenerse a examinar la raíz de esa reacción, presionó el intercomunicador insistentemente y cuando habló, su voz salió más fría de lo habitual, más cortante y tan distante como al principio de su relación.
- Ellie, trae mi agenda, ya- pidió sin rastro del hombre que minutos antes le había abierto la puerta del automóvil, extendiendole la mano con caballerosidad.
En él solo existía esa rigidez acerada y el desasosiego que todavía no estaba dispuesto a reconocer como celos.
Ellie no tardó en ingresar a la oficina con la agenda entre las manos, aún con la compostura cuidadosamente colocada sobre el rostro. La joven cerró la puerta con suavidad y avanzó hasta el escritorio sin ningún rastro de emoción perceptible para su vigilante; mientras Declan la observaba con mucha atención, no era una mirada casual, era fija, dura y tan fría que la obligó a bajar la vista casi de inmediato, como si hubiese cometido una falta que desconocía.
Y tan pronto llegó frente a él, abrió la agenda y comenzó a enumerar los pendientes del día con voz clara y profesional: reuniones, llamadas, revisiones de contratos, ajustes financieros; todo recitado con un tono preciso, eficiente y profesional, exactamente lo que él esperaba de ella o lo que solía esperar.
Porque Declan no estaba escuchando, la veía mover los labios, y la concentración en su expresión, pero su mente estaba en el escritorio de afuera, en el ramo y en el rojo intenso de esas rosas.
Las habría olido?
Había encontrado ya la tarjeta?
Sonrió al leer el nombre?
Las habría acomodado con cuidado, quizá frente a su monitor, para tenerlas a la vista durante el día?
Cada posibilidad le apretaba el pecho un poco más, imaginando a otro hombre pensando en ella, eligiendo flores, tomándose la libertad de irrumpir en su espacio. Y lo que más lo irritaba no era el gesto, era no saber quién era o qué pretendía; y el mal humor comenzó a treparle por la espalda como una corriente eléctrica.
El hombre frunció los labios con fuerza, hasta que la línea de su boca se volvió tensa y pálida, su respiración volvió a acelerarse, de manera apenas perceptible, pero constante; en tanto Ellie terminó de leer el último punto y cerró la agenda con suavidad, ante lo que Declan asintió, no porque hubiese procesado realmente la información, sino porque el gesto era automático.
No tenía idea de qué había dicho en los últimos treinta segundos y para ser honesto no le importaba, solo mantuvo su inquisitiva mirada en ella como si esperara que su esposa confesara algo más. Una explicación espontánea, una mención casual al ramo o un “no sé quién las envió”; cualquier cosa que calmara la inquietud que comenzaba a resultarle insoportable.
Sin embargo, Ellie permaneció de pie en silencio, y confundida por la intensidad de esa mirada intentó esbozar una pequeña sonrisa, cortés e insegura; más una curva apenas perceptible que buscaba suavizar la tensión inexplicable del ambiente.
Y ese gesto, lejos de aliviarlo, lo enfureció más, Declan apartó finalmente la vista, endureciendo el perfil, volviendo a ese tono frío y áspero que había utilizado con ella al principio, cuando la distancia era normal y no excepción.
- Puede retirarse- habló con excesivo e inusual respeto; y ni siquiera la miró al decirlo.
Ellie quedó desencajada, dudando brevemente antes de asentir torpemente, y sin más dio un paso atrás, dirigiéndose hacia la puerta, pero lanzándole miradas breves, intentando descifrar qué había hecho mal. Pero antes de que cruzara el umbral, la voz de Declan volvió a sonar, cortante y hasta amenazante, mucho más profunda de lo habitual.
- Espero no tener que recordarle cuál es su papel aquí y las condiciones que eso implica- no la miró al decirlo, el hombre permaneció con la vista fija en algún punto indeterminado del escritorio, como si las vetas de la madera fueran de pronto más interesantes que su reacción.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire, cargadas de una advertencia que no terminaba de tomar forma, ante lo que Ellie se detuvo, girando apenas el rostro hacia él, visiblemente confundida.
- No entiendo.... a qué se refiere?
Hubo un segundo de silencio mucho más tenso y peligroso, Declan apretó la mandíbula, sabía que si decía una palabra más, si dejaba que la irritación siguiera hablando por él terminaría revelando demasiado y no estaba dispuesto a hacerlo, no iba a admitir que lo que realmente lo molestaba no era su “papel” ni las “condiciones” sino el ramo de rosas.
- Retirarse- continuó con brusquedad, elevando apenas el tono.
Esta vez ni siquiera alzó la vista, Ellie permaneció inmóvil un instante más, esperando quizá una aclaración, una explicación que diera sentido a aquel cambio repentino sin embargo no hubo más que distancia y frialdad.
Con el desconcierto marcado en el rostro, asintió y salió de la oficina, cerrando la puerta con suavidad, como si temiera que cualquier ruido adicional empeorara algo que ni siquiera comprendía. El clic final del cierre resonó en el despacho y el silencio que quedó fue mucho más incómodo que cualquier verdad que Declan se hubiera negado a pronunciar.
El resto del día se desdibujó para él, mientras intentaba concentrarse abriendo contratos, revisando cifras, respondiendo correos; pero, una y otra vez, su mente regresaba al mismo punto: el escritorio de Ellie y el maldito ramo de rosas ocupando el centro como una provocación silenciosa.
No había salido ni un solo momento hacia la recepción para comprobar sus teorías pero él ya imaginaba el rojo intenso resaltando contra la superficie clara, imaginaba los suspiros que despertaban en Ellie cada vez que las miraba, imaginaba incluso que terminaran en su casa, en la intimidad de su recámara donde el tenía prohibido ingresar; y cada escenario era peor que el anterior.
Incluso fue incapaz de volver a llamarla a su oficina, no podía confiar en su voz para mantener la neutralidad necesaria y sabia que de tenerla en frente no podría contenerse de lanzar todas las preguntas que lo atormentaban, así que se vió en la necesidad de pedir todo aquello que fuese indispensable por mensajes breves y formales, tan fríos como impersonales.
“Envíame el informe.” “Confirma la reunión.” “Reagenda la llamada.”
Ni una palabra de más, pero cada vez que el teléfono vibraba con su respuesta, sentía una tensión absurda en el pecho y cada vez que levantaba la vista, tenía que resistir el impulso de mirar hacia la puerta, como si pudiese ver desde ahí el ramo que no podía sacarse de la cabeza.
En realidad no sabía si seguía allí o si ella lo había movido, no sabía nada y esa ignorancia lo carcomía.
Para media tarde, el dolor comenzó a instalarse detrás de sus sienes; un pulso constante y molesto que no desaparecía; y con esa pesadez a cuestas observó con el desorden en su escritorio y fue entonces cuando tomó verdadera conciencia de que no había avanzado ni la mitad de lo que debía, al contrario estaba siendo completamente improductivo.
Declan se frotó el puente de la nariz y cerró los ojos un momento, intentando ordenar sus pensamientos y calmar la ansiedad que comenzaba a apretarle el pecho, pero por más que lo intentara no podía sacar de su cabeza esas malditas rosas.
Cansado y frustrado exhaló con fuerza, dejando caer la cabeza hacia atrás en el respaldo de la silla, no era propio de él perder el control de esa manera y no por algo tan trivial, él no era un adolescente celoso ni un hombre inseguro; entonces: por qué no podía dejar de pensar en ello?
La frustración se acumuló hasta volverse insoportable, y cansado de pretender que trabajaba, tomó el teléfono antes de poder reconsiderarlo, y de inmediato marcó el número de Greg, esperando apenas un par de tonos antes de que su amigo le respondiera.
- Necesito salir- dijo en cuanto escuchó su voz, sin tomarse la molestia de saludar como era debido- ahora, a cualquier bar decesos que tú frecuentas, me da igual el que sea!- hubo un silencio al otro lado de la línea, el suficiente para que pudiera soltar un pesado suspiro- nos vemos en la entrada del hotel en cinco- añadió, con una urgencia que rozaba la desesperación.
Y colgó antes de tener que explicar por qué un ramo de rosas estaba logrando desestabilizarlo más que cualquier problema financiero de la empresa.
El silencio posterior le resultó insoportable, y de inmediato se puso de pie de golpe, con una brusquedad impropia de él, a tal punto que la silla rodó unos centímetros hacia atrás y con la misma velocidad tomó el saco del respaldo con un tirón más violento de lo necesario, colocandoselo mientras avanzaba hacia la puerta con pasos rápidos, decididos o al menos eso intentaban parecer.
Pero cuando su mano alcanzó la manija, se detuvo de golpe, sus dedos se tensaron alrededor del metal frío y una duda repentina le atravesó el pecho:
Si salía tendría que verlo.
Tendría que confirmar si las rosas seguían allí, si estaban sobre el escritorio o si ocupaban un lugar visible, si ella las había acomodado con cuidado, orgullosa del gesto de quien fuera que las hubiera enviado; y la sola posibilidad le revolvió el estómago.
Pero también un poco de razón, haciéndole saber lo ridículo que era su comportamiento, y obligándose a recuperar el control, Declan enderezó la espalda e inhaló profundo; recuperando esa compostura firme que tanto le había costado construir durante años y abrió la puerta con una calma fingida, erguido en toda su altura, con la expresión perfectamente neutra.
Y no pensaba en detenerse, así que cruzó el umbral y avanzó por el pasillo hacia el escritorio de Ellie sin mirarla directamente, manteniendo la vista al frente, como si su atención estuviera puesta en cualquier asunto más importante.
- Saldré el resto de la tarde- dijo casi al pasar, con tono controlado- no me esperes, puedes irte en cuánto lo decidas, pero pídele a uno de los choferes de administración que te lleve a casa.
Declan no redujo el paso y no le dio espacio para responder, solo siguió caminando hacia el elevador con la misma dignidad estudiada, los hombros firmes y la mandíbula tensa, pero antes de llegar al final del pasillo, su mirada traicionó por un segundo su determinación.
Descubriendo que el ramo no estaba sobre el escritorio, no ocupaba el centro y no estaba a la vista de todos; sin embargo tampoco había desaparecido del todo, seguía ahí en el gabinete bajo, junto al escritorio, a un costado y parcialmente escondido.
Y Declan no supo si sentir alivio o molestia porque no estaba donde él había imaginado, o irritación pues quizás el hecho de que estuviera oculto significaba algo o tal vez nada.
Sin embargo, ya no podía pensar en nada más, no en ese momento y no en el estado en el que se encontraba, y en cuanto las puertas del elevador se abrieron frente a él, entró sin mirar atrás. Porque, aunque le pesara admitirlo, no era el ramo lo que realmente lo inquietaba.
Era no saber que significaba para Ellie.
Y fue allí, en el silencio cerrado del elevador descendiendo, lejos de su mirada y de aquellas rosas, lejos de la opresión de su oficina que una verdad terminó de asentarse con una claridad incómoda y punzante: no era incertidumbre lo que le oprimía el pecho, lo que sentía era probablemente resultado de los celos.
Celos irracionales, inesperados, totalmente impropios de él pero esa mínima posibilidad, empezaba a tomar forma dejándolo finalmente expuesto y sin excusas.