El silencio en la habitación era tan denso que parecía que las paredes respiraban. El niño, de apenas diez años, estaba sentado en el borde de la cama con un cuaderno apretado contra el pecho. Sus nudillos se habían vuelto blancos de tanto presionar la tapa, como si aquel objeto fuera un escudo contra lo desconocido. La puerta se había abierto y aquel hombre alto, de traje oscuro, lo observaba desde el umbral con un brillo extraño en los ojos. Un brillo que no era de amenaza, sino de una emoción que el pequeño no alcanzaba a descifrar. Y eso, en lugar de tranquilizarlo, lo llenaba de miedo. Su corazón golpeaba tan rápido que sentía que iba a escapársele por la garganta. Se puso de pie de golpe, retrocediendo hasta que sus pantuflas chocaron contra la madera del escritorio. —No se acerqu

