El eco de su propia respiración seguía golpeándole los oídos cuando los agentes se acercaron. Ethan no se movió, aferrando al niño contra su pecho, con los ojos fijos en el oficial que lo apuntaba. Al final no hubo disparos. Solo órdenes rápidas, el ruido metálico de las esposas y el murmullo de voces que lo acusaban de un crimen que él no había cometido. La escena fue un borrón de luces, manos y voces hasta que se encontró en la parte trasera de una patrulla, aunque con el niño a su lado bajo la custodia de protección temporal. Las horas siguientes fueron una batalla silenciosa. Entre interrogatorios, abogados movilizados de madrugada y una presión mediática que estalló apenas la noticia llegó a la prensa, Ethan Blackwell se convirtió en el centro de un huracán. Y así, antes del aman

