El zumbido de la ambulancia aún parecía retumbar en los oídos de Sofía cuando los médicos empujaron la camilla por el pasillo del hospital. La luz blanca de los fluorescentes caía sobre el rostro pálido de Lía, resaltando el sudor frío que perlaba su frente. Jadeaba con dificultad, apretando los labios para no gritar, mientras sus manos seguían aferradas a su vientre, como si pudiera retener la vida que llevaba dentro con solo su fuerza. —¡Dése prisa! —ordenó un médico, con voz firme y cortante. Dos enfermeras corrían a los lados de la camilla, conectándole sueros, ajustando la mascarilla de oxígeno. Sofía trató de seguirlos, pero una enfermera la detuvo con suavidad, colocándole las manos en los hombros. —Tú no puedes pasar, cariño. Tienes que esperar aquí afuera en una sala. —¡Pero

