Así comienzan las guerras.

1542 Words
Justo cuando sus labios estaban a un suspiro de encontrarse… El ascensor volvió a moverse. Bruscamente. Como si el universo hubiera recordado que no estaba listo para dejarlos cruzar esa línea. Lía parpadeó, retrocediendo apenas. —Creo que el universo no quiere que me arrepienta. Ethan la miró… y sonrió. Una sonrisa que no prometía arrepentimiento alguno. Solo postergación. Cuando las puertas del ascensor se abrieron, Lía salió como si necesitara oxígeno. No se giró. No lo miró. No dijo nada. Sentía las mejillas ardiendo y el pulso disparado. Había estado a punto de besar a su jefe. A Ethan Blackwell. Y peor aún, no estaba segura de haber querido detenerse; si no es por el ascensor, quizás estaría atragantándose con su lengua. Caminó por el pasillo con pasos firmes que no coincidían con el temblor de sus rodillas. Iba directo al área de limpieza, donde debía recoger su nuevo uniforme, uno supuestamente más presentable para estar “en el piso ejecutivo”. Al girar en la esquina del pasillo, se topó con su supervisora. —¡Monroe! —escupió la mujer, una pelirroja de mandíbula apretada y ojos escaneadores llamada Rita—. ¿Dónde estabas? —El ascensor se detuvo. Quedé atrapada con… —No me importa con quién —la cortó Rita, cruzando los brazos—. Lo que sí me importa es lo que están diciendo. Lía frunció el ceño. —¿Qué están diciendo? —¡Te vieron flirteando con el señor Blackwell como si esto fuera un maldito reality de citas! Un par de empleados pasaron cerca y bajaron la cabeza al escuchar el tono. Lía sintió las miradas. El juicio. El veneno invisible. —No estaba flirteando, señora Rita. Estábamos conversando, él me estaba dando unas instrucciones… —¿Nada más? ¿Quieres decirme que estar a centímetros de él es parte de tu protocolo de limpieza? —¿Me mandó a espiar? —¡Estoy evitando que una limpiadora arruine la reputación de mi empresa de limpieza por un capricho hormonal! Las palabras la atravesaron. No solo por lo que implicaban, sino por el tono: como si su presencia fuera una mancha en la pulcritud del lugar. —Mire —dijo Lía, conteniendo la rabia—. Yo no tengo por qué darle explicaciones de lo que haga. Rita se inclinó hacia ella. Su voz bajó, pero el veneno seguía ahí. —Una palabra más, Monroe, y estás fuera. Esta no es tu clase de lugar. Agradece que no te despida aquí mismo. —¡Entonces hágalo! —soltó Lía, sin pensarlo—. Pero no me trate como si fuera basura. El silencio se volvió denso. Y justo entonces, una tercera voz cortó la tensión como un bisturí afilado. —¿Algún problema? Lía se giró. Ethan. De pie, a unos metros. Las manos en los bolsillos. El rostro impasible. La mirada... en ninguna parte. Rita se enderezó como si acabara de ser sorprendida robando. —No, señor Blackwell. Solo una pequeña conversación interna. Él la miró. Apenas. Como si su tiempo valiera más que cualquier excusa. —Evite las pequeñas conversaciones en el pasillo —dijo, sin levantar la voz—. Los reclamos se hacen en un despacho y déjele espacio a las personas para trabajar en paz. Rita palideció. Murmuró un —sí, señor —antes de desaparecer pasillo abajo. Lía se quedó inmóvil. Ethan pasó a su lado sin detenerse. Ni una mirada. Ni una palabra. Pero cuando ella miró hacia la bandeja de correo interno, justo junto al carrito de limpieza… Encontró un papel doblado, no se dio cuenta ni cuando lo escribió ni cuando lo puso. Lo abrió. “No dejes que te callen. Me gusta cómo cantas.” Y por primera vez en días… sonrió. Lía guardó la nota con manos temblorosas, como si fuera un secreto peligroso. Porque lo era. Lo que había pasado en ese ascensor y lo que no pasó por un segundo, era más que un momento. Era una línea borrosa. Un antes y un después. Y el papel… lo confirmaba. Pero no podía quedarse ahí. No podía leerlo diez veces, ni correr tras él para agradecerle, ni mirarlo como una adolescente impresionable. No. Tenía que trabajar, pisos que pulir y la cabeza que volver a poner en su sitio. Volvió al depósito de limpieza, donde recogió el carrito con los implementos, el listado de oficinas y su nueva acreditación para el piso 48. Sentía los ojos de todos sobre ella. No sabía si era paranoia o realidad, pero cada mirada parecía una pregunta silenciosa. ¿Qué hiciste? ¿Por qué él habló por ti? El primer despacho al que entró estaba vacío, como la mayoría. Pasó la mopa, alineó unos portapapeles y limpió los cristales mientras trataba de enfocarse. Pero su mente seguía reproduciendo todo: el roce, la cercanía, esa frase maldita. “Si estuviera jugando, ya te habría besado.” —No, no, no —murmuró para sí—. Concéntrate. En el siguiente despacho había alguien. Un ejecutivo joven, con cara de pocos amigos y audífonos puestos. Ni la saludó. Mejor así. Lía limpió lo necesario sin interrumpir y siguió su recorrido. Pero algo la incomodaba. Un cosquilleo. Una sensación de alerta constante. Cuando llegó al baño de mujeres de ese nivel, lo entendió. En el espejo, con pintalabios rojos y trazo agresivo, alguien había escrito: “Trepa con escoba nueva”. Lía se quedó paralizada. Leyó la frase tres veces. Quiso borrar el reflejo, borrarse a sí misma. El estómago le dio un vuelco. La rabia subía desde las tripas como un ácido. No era solo un chisme. Era una burla, un mensaje directo. No te metas donde no te llaman. No provoques lo que no puedes controlar. Respiró hondo. Cerró la puerta del baño y borró el mensaje con el limpiavidrios. Con furia. Con vergüenza. Con algo que no era tristeza… sino dignidad herida. Cuando salió, Rita la estaba esperando en el pasillo. —¿Algún problema con los baños? —preguntó con la voz dulce de quien ya clavó el puñal. Lía la miró fijamente. —Ninguno que no se pueda limpiar. Y siguió de largo. Pero mientras empujaba el carrito, una pregunta empezó a arderle en la nuca. ¿Quién más sabía lo de su encuentro con el jefe el día anterior? Pensó mientras se iba a cumplir con su trabajo La jornada le pareció eterna. Terminó de limpiar el último despacho asignado del piso 48. A pesar de las miradas, los susurros y los mensajes venenosos, se mantuvo firme. Cada trapo que exprimía era una excusa para no explotar. Cada escritorio que ordenaba, una forma de calmar el caos dentro de su cabeza. Pero justo cuando pensaba que el día no le deparaba más sorpresas, encontró algo encima de su carrito. Una caja blanca, pequeña. Con un lazo dorado discreto. Miró a su alrededor. Nadie. Solo el murmullo distante de los ascensores, la vibración lejana de teléfonos ejecutivos y el zumbido de su propio corazón. Abrió la caja. Dentro, había unos auriculares nuevos, de alta gama. En la tapa interior, una nota escrita a mano: “Para que sigas cantando. No bajes el volumen.”. El aire le faltó por un segundo. Sintió el impulso de sonreír. De apretarlos contra el pecho. De correr. Pero entonces, una voz la congeló. —¿Auriculares nuevos? Qué curioso. ¿Las limpiadoras también reciben regalos personalizados ahora? Lía giró lentamente. Harper, una de las secretarias de presidencia. Perfecta, impoluta, con una carpeta en brazos que ni siquiera disimulaba. Su sonrisa era tan falsa como las flores del vestíbulo. —¿Te perdiste, Harper? —preguntó Lía, tratando de sonar tranquila, aunque sentía las defensas subiendo como una muralla. —No, querida. Solo me preguntaba qué hace un obsequio con iniciales del CEO en manos de una… empleada de mantenimiento. —No sé. Tal vez se confundieron de destinataria. Tal vez era para ti. ¿Te molesta si me los quedo? —Oh, no me molesta —dijo Harper, acercándose—. Pero sí me intriga. Porque, verás, llevo años aquí. Años siendo leal, competente, profesional. Y nunca recibí un regalo. Ni una nota. Ni un mísero “gracias”. Lía sostuvo su mirada. —Tal vez por eso. Harper parpadeó. —¿Por qué? —Porque todo lo haces para recibir algo. Y yo… ni siquiera pedí estar aquí. Harper apretó la mandíbula. —Ten cuidado, Monroe. Este lugar devora a los que se creen especiales. —Y yo pensaba que eran los ratones los que más temían a los cambios. Antes de que Harper pudiera replicar, se escucharon pasos firmes desde el pasillo. Ethan. Ambas giraron hacia él. Él no miró a ninguna directamente. Solo dijo: —Harper, reunión en cinco minutos. Ella asintió, con el veneno, bajándole por la garganta. —Por supuesto, señor Blackwell. Y se marchó. Lía se quedó sola con la caja en las manos. No sabía si ese regalo era una trampa, una promesa, o simplemente… una forma elegante de decir: “Te veo, aunque nadie más quiera verte.” Pero lo que sí sabía era que la guerra había comenzado. Y ella ya no pensaba esconderse.
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