La jaula de oro y hielo

1599 Words
El humo de los cigarros flotaba como neblina sobre el club clandestino en Shinjuku. En una mesa apartada, Renjiro giraba una copa de vino tinto entre los dedos mientras hablaba en francés con voz baja.


—Kazuo Arakawa ha mostrado su grieta —dijo, con una sonrisa sin humor—. El deseo lo debilita. Sayuri es el cuchillo que abrirá su carne.


Frente a él, dos hombres de traje oscuro asintieron. Ex asesinos, ahora sus aliados en la sombra.


—¿Y los Takahasi? —preguntó uno.


Renjiro bebió un sorbo lento antes de responder.
—Sedientos de venganza. Yo solo tengo que encender la mecha correcta.


En sus ojos había frialdad. Su mente, calculadora como siempre, ya estaba trazando los pasos para desangrar a Kazuo. Porque detrás de cada palabra, de cada mirada hacia Sayuri, había un propósito: destruir al hombre que había matado a su madre, que cargaba la sangre que debía haber sido suya.


“Kazuo Arakawa… cuando caigas, todo el infierno caerá contigo.”


Mas tarde en mansion Arakawa


Sayuri cerró la puerta de su habitación con las manos temblando. El eco de las palabras de su padre aún retumbaba en su cabeza: “No fuiste a su cama para gemir su nombre. Fuiste a matarlo.”


Se acercó al espejo. Su reflejo la miró como si no la conociera. Sus labios temblaron.


—¿Qué eres ahora, Sayuri? ¿Arma? ¿Mujer? ¿O solo una muñeca rota?


—Ninguna de las tres —respondió una voz detrás de ella.


Sayuri giró con un sobresalto. Renjiro estaba en el marco de la puerta, su silueta alta, elegante, peligrosa.


—¿Qué haces aquí? —su voz intentó sonar firme, pero había un temblor que lo delató todo.


Él no respondió. Avanzó despacio hasta quedar detrás de ella, frente al espejo. Sus ojos grises encontraron los de ella en el reflejo.


—No eres un arma, porque las armas no tiemblan cuando las tocan. —Su mano se alzó y le apartó un mechón de cabello del rostro. Su contacto fue suave, casi reverente—. No eres una mujer… porque ellos no te dejan serlo.


Sayuri apretó los labios.
—Y tampoco soy una muñeca.


Renjiro sonrió apenas, inclinado hacia su oído.
—No. Eres deseo. Y eso me pertenece.


La frase le atravesó la piel como fuego. El aire entre ambos se volvió pesado, cargado de algo prohibido. Y fue entonces cuando Sayuri lo vio realmente: no era solo el hijo ilegítimo de los Arakawa. No era solo el arma que su padre había criado entre sangre francesa. Era un eco vivo de Reiku.


Su corazón dio un vuelco doloroso.
—No juegues conmigo.


Renjiro bajó la mano y rozó su cuello con la yema de los dedos, una caricia mínima pero devastadora.
—No juego. Los juegos son para quienes pueden perder. Yo no pienso perderte a ti.


Sayuri retrocedió un paso, ahogándose en la mezcla de nostalgia y peligro.
—Renjiro…


Su nombre quedó flotando en el aire como una súplica rota.


En ese momento el demonio entro.


La puerta se abrió de golpe. El aura de Kazuo llenó la habitación como una tormenta. Su mirada encontró a Renjiro demasiado cerca de Sayuri y el mundo se tiñó de rojo.


En tres pasos estuvo sobre él. Lo empujó contra la pared con una mano en la garganta, apretando lo suficiente para marcar territorio.


—La próxima vez que te acerques a ella… —su voz era un gruñido puro— no te cortaré las manos. Te arrancaré el alma.


Renjiro no mostró miedo. Sus labios se curvaron apenas.
—Para eso tendríaa que tener una.


Kazuo apretó más antes de soltarlo con un golpe seco. Giró hacia Sayuri, su voz como acero helado.
—Haz las maletas. Nos vamos.


—¿Qué…?


Kazuo la agarró del brazo con una fuerza que no admitía discusión.
—Si alguien más cree que puede tocar lo que es mío, lo voy a enterrar vivo. Y tú vienes conmigo ahora mismo.
Sayuri forcejeó, arrancándose de su agarre.
—¡No soy tuya! ¡Y prefiero a Renjiro mil veces antes que a ti!


El silencio se hizo pesado, cargado de pólvora. La mirada de Kazuo se volvió fuego líquido.


—¿Prefieres a este bastardo? —gruñó señalando a Renjiro—. Claro… porque te recuerda al maldito sirviente que dejé pudriéndose bajo tierra.


La bofetada que siguió no fue física. Fue el golpe brutal de esas palabras atravesando el aire. Sayuri se estremeció, las lágrimas ardiendo en los ojos.


—Kazuo…


Renjiro se adelantó, poniéndose entre ambos. Su voz fue un filo de acero.
—Hablas mucho de cadáveres, Arakawa. Pero parece que el único muerto eres tú.


Kazuo no respondió con palabras. Fue un puño directo al rostro de Renjiro. El impacto sonó seco, violento. El francés escupió sangre y sonrió torcido.


—Pégame todo lo que quieras. —Se limpió la boca con el dorso de la mano—. Pero pregúntale a ella quién hace que su cuerpo se erize de verdad.


Kazuo giró hacia Sayuri, la respiración ardiendo.
—Dilo. Dilo, joder.


Sayuri estaba temblando, atrapada entre el odio y el deseo, entre dos demonios.


—Basta… —susurró, pero su voz se quebró.


Kazuo soltó un rugido de frustración, tomó a Sayuri por la cintura y la cargó sobre su hombro como si fuera una presa. Renjiro dio un paso adelante, pero la mirada asesina de Kazuo lo detuvo.


—Te juro que si vuelves a respirarla… te mato, Renjiro.


Salió de la mansión con Sayuri pataleando y gritando su nombre.


El motor rugía mientras el auto devoraba la carretera hacia las montañas. La noche era espesa, solo iluminada por los faros.


Sayuri iba en el asiento trasero, aún con lágrimas secándose en su rostro, golpeando el cristal.
—¡No puedes hacerme esto, Kazuo!


Él no la miró. Sus manos firmes en el volante, los nudillos blancos.
—Ya lo estoy haciendo.


—¿Qué demonios quieres de mí? ¿Que me odie hasta la tumba?


Kazuo soltó una carcajada seca, peligrosa.
—Ya me odias. Ahora vas a aprender a pertenecerme con ese odio.


Sayuri lo fulminó con la mirada, la voz hecha un susurro tembloroso.
—¿Por eso te obsesiona Renjiro? ¿Porque te recuerda lo que me arrebataste?


El auto derrapó un segundo cuando Kazuo giró la cabeza hacia ella, sus ojos incendiados.
—Si te atreves a comparar a ese bastardo conmigo otra vez, Sayuri, juro que no verás la luz del día mañana.


Ella sonrió con veneno, a pesar de la rabia y el miedo.
—Entonces mátame. Porque mi cuerpo puede ser tuyo, Kazuo… pero mi alma nunca lo será.


Kazuo no contestó. Solo pisó el acelerador, el rugido del motor devorando la noche. La mansión en las montañas esperaba, como una jaula para dos enemigos que iban a destruirse… o a perderse para siempre.








La mansión estaba lejos de Tokio, lejos de todo. El silencio era tan denso que parecía tragarse el mundo.


Sayuri estaba de pie en medio de la habitación principal, temblando de rabia y algo más.
—¿Qué demonios es este lugar?


Kazuo cerró la puerta tras él.
—Tu prisión. Tu santuario. Tu condena. Aquí nadie más puede tocarte. Aquí eres mía. Solo mía.


Se acercó despacio, como un depredador. Sayuri retrocedió hasta que su espalda chocó con la pared.


—No puedes encerrarme aquí.


Kazuo sonrió, esa sonrisa peligrosa que ella odiaba y que su cuerpo traicioneramente deseaba.
—Acabo de hacerlo.


La tomó de la muñeca, la arrastró hasta el centro de la habitación y la empujó contra la cama.


—¿Qué eres ahora, Sayuri? ¿El cuchillo de tu padre? ¿El recuerdo de tu sirviente muerto? ¿O la puta que gemía mi nombre anoche?


—¡Cállate! —gritó, pero sus mejillas ardían y sus muslos temblaban.


Kazuo la inclinó contra el colchón, su boca cerca de su oído.
—Voy a arrancar cada respuesta falsa de tu cuerpo hasta que solo quede la verdad.


La ató con un cinturón de seda a la cabecera. No como juego, sino como forma de dominio absoluto.


—Kazuo…


—Shhh. —Sus labios rozaron su cuello. Luego bajó, dejando una línea de mordidas por su piel hasta encontrar sus pechos, su abdomen, su sexo.


El primer contacto de su lengua la hizo arquearse con un gemido ahogado. Kazuo la devoró lenta y cruelmente hasta que Sayuri gritó su nombre, temblando de placer y odio.


Subió sobre ella, la penetró de golpe.
—Dilo otra vez.


—Kazuo…


—Más fuerte.


Ella gritó, las lágrimas ardiendo mientras el orgasmo la atravesaba como un relámpago. Kazuo se derramó dentro de ella con un gruñido, como si dejara su marca bajo su piel.


Se inclinó a su oído mientras ella jadeaba, rota y extasiada.
—Aquí nadie más puede tocarte. Aquí nadie más puede salvarte.




Horas después, mientras Sayuri dormía atada y exhausta, Kazuo se sentó frente a la ventana. El teléfono vibró. Contestó sin hablar.


—El francés ha movido ficha —dijo una voz al otro lado—. Los Takahashi están escuchando.


Kazuo miró a Sayuri dormida, con la piel marcada por su dominio.


—Si tengo que romperte por completo para que no me traiciones… lo haré.


A cientos de kilómetros, en un despacho iluminado solo por la luna, Renjiro alzó una copa de vino y susurró en francés:
—El demonio la encierra. Yo la voy a liberar.




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