Chicago o mejor conocida como la ciudad del viento, es un laberinto de luces brillantes y rascacielos imponentes que parecen tocar el cielo, un mundo donde el glamour se entrelazaba con el peligro en una que otra esquina.
Marianela y Miranda Palacios recorrieron las calles, asombradas por la vida rápida y la energía de la ciudad. Era un contraste abrumador con el pueblo tranquilo donde habían crecido, y la realidad de su nueva vida comenzaba a asentarse en sus corazones.
—¿Estás segura de que esto es lo que queremos? —pregunta Marianela, con su voz temblando un poco mientras deja de mirar por la ventana del taxi y voltea a ver a su hermana.
—No hay vuelta atrás, Marianela. Necesitamos respuestas —responde Miranda con firmeza, aferrando la carta que su madre había dejado.
Las gemelas se dirigieron a un pequeño Bnb en el que habían reservado una habitación. El lugar es pequeño pero lindo, y lo suficientemente discreto como para no atraer la atención no deseada. Aunque con ellas dos eran más que suficiente, porque parecían dos modelos idénticas sacadas de una revista de moda de Prada o Givenchy.
Miranda tiene el pelo castaño claro porque decidió aclararlo para que su tío pudiera identificar cuál era cuál, mientras que Marianela mantuvo el suyo negrö azabache.
Mientras se acomodaban, sentían una mezcla de emoción y miedo. Marianela pidió pizza para la cena mientras tomaban un delicioso baño para apaciguar el cansancio.
—Primero, necesitamos encontrar a papá —dijo Miranda, sintiendo que la urgencia crecía dentro de ella. Con su madre fallecida y el legado familiar en juego, no podían permitirse el lujo de dudar.
Piensa que su padre puede ayudar a su tío a recuperar el control de todo en México.
Marianela toma una respiración profunda. Había algo en el tono de su hermana que la hacía sentir que debía ser fuerte, incluso si el temor la invadía. En la carta, hay una dirección en el corazón de la ciudad, una lujosa oficina que pertenece a Milo Genovese. Sus corazones latían con fuerza, cada golpe del compás resonando con la expectativa del encuentro que cambiaría sus vidas.
—Mañana lo encontraremos. Necesitamos estar listas —dijo Miranda, cerrando la carta y mirándola a los ojos.
—¿Que tal si salimos a ver qué onda con el ambiente aquí?—pregunta Marianela.
—Ya estás pensando en beba y fiesta.
—¿Y tu no?
—Bien, pero sólo un par de horas.
Media hora después, Marianela se mira en el espejo de cuerpo entero mientras termina de retocar su maquillaje. Llevaba un vestido n***o ajustado con finos tirantes, mientras que Miranda, más atrevida, optó por uno rojo con una abertura en la pierna. Ambas sabían que llamarían la atención, pero no podían evitarlo: era su esencia.
—¿Lista? —pregunta Miranda, ajustando su pulsera dorada.
—Lista —responde Marianela, aunque una parte de ella seguía sintiendo ese nerviosismo latente.
Tomaron las identificaciones falsas que su tío les había dado y salieron del apartamento. Afuera, la noche en Chicago vibraba con luces neón y el sonido del tráfico mezclado con risas y música lejana. Un taxi las dejó frente a una discoteca exclusiva con una fachada oscura y una fila de personas esperando entrar. Sin embargo, no tuvieron que esperar: con su porte y confianza, el guardia las dejó pasar sin problema pensando que eran mayor de edad.
Adentro, el lugar estaba lleno de luces intermitentes y un ritmo envolvente que invitaba al desacato en la pista de baile. Marianela y Miranda se dirigieron a la barra y pidieron tequila.
—Por esta nueva etapa —brinda Miranda, chocando su vaso con el de su hermana.
Bebieron de un solo trago, sintiendo el ardor recorrer sus gargantas. Se quedaron conversando, observando el ambiente y disfrutando de la música. Y más de un hombre se les acercó con intenciones de conseguir una noche de locura o sus números celulares. Pero ambas criadas bajo tantos primos mujeriegos ya saben cómo operan los hombres. Los declinaban con educación.
Media hora después, Miranda dejó su vaso vacío sobre la barra.
—Voy al baño —anuncia Miranda, inclinándose hacia Marianela para que pudiera escucharla.
Marianela asintió y se quedó observando la pista de baile, distraída por el ambiente.
Mientras cruzaba el lugar, Miranda chocó con alguien.
—Lo siento —dice rápidamente, levantando la mirada.
Un par de ojos azules la miraron fijamente. Eran intensos, como si intentaran descifrarla. El chico era alto, de cabello castaño oscuro y mandíbula marcada.
—No hay problema —responde él, pero su expresión era de sorpresa.
Miranda sigue su camino sin darle más importancia, pero Ulises se quedó parado un instante, viéndola alejarse.
—¿Qué tanto miras? —pregunta una voz femenina detrás de él.
Era su hermana menor, mirándolo con curiosidad mientras su hermano mayor se cruzaba de brazos.
—Nada… solo que… —Ulises negó con la cabeza y rió—. Nada, olvídenlo.
Cuando por fin se dirigía a la salida, su mirada se desvia instintivamente hacia la barra.
Y entonces la ve.
Exactamente la misma chica, pero con el cabello negrö azabache y un vestido diferente.
Su mente le jugaba una broma, o el tequila era más fuerte de lo que pensaba.
Se estrujó los ojos, confundido, mientras su hermana menor lo jalaba del brazo.
—¡Ulises, vámonos ya! Mamá nos va a pelear si llegamos tarde.
Él exhala, tratando de ordenar sus pensamientos.
—Sí, sí… ya voy.
Pero mientras salía del club, su mente seguía atrapada en la imagen de esa mujer.
Al día siguiente, el sol calienta intensamente, y las gemelas se prepararon para lo que sería el primer paso hacia su nueva vida.
Con su cabello largo y perfectamente peinado, además de su piel bronceada brillando bajo el sol, lucían como dos ángeles caídos, listas para conquistar el mundo.
Mientras caminaban hacia la dirección indicada en la carta, Marianela no podía evitar sentirse un poco nerviosa. La idea de enfrentar a su padre, un hombre que había sido un extraño durante toda su vida, le provocaba una mezcla de emoción y temor.
—Recuerda, somos fuertes. Somos Palacios —dijo Miranda, notando la inquietud en el rostro de su hermana. Su determinación era contagiosa, y Marianela se sintió más segura.
Finalmente, llegaron al edificio de oficinas, un rascacielos que se alzaba orgulloso entre la multitud. La entrada estaba custodiada por guardias de seguridad, y la opulencia del lugar la dejó boquiabierta. Se miraron mutuamente, un destello de nerviosismo y determinación cruzando sus miradas.
—Aquí vamos —susurra Marianela, dando el primer paso hacia la puerta corrediza.
Al ingresar, el vestíbulo era un espectáculo de lujo.
—Mierda, esto es la sensación del momento. Con lo que cuesta ese cuadro de allá, se puede alimentar a medio barrio.
—Ya bájale algo, hermana.
La decoración era elegante, con mármol brillante y obras de arte que colgaban de las paredes. Las gemelas se sintieron como intrusas en un mundo que no era el suyo, pero su propósito las mantenía firmes.
Se acercaron al mostrador de recepción, donde una mujer de cabello rubio y mirada fría las observaba con desdén. Ambas iban con vaqueros y camisas a cuadros. Con botas de cuero marrón y sus bolsos en sus hombros.
—¿En qué puedo ayudarles? —pregunta con una voz monótona.
—Buenos días, güerita. Queremos ver al señor Milo Genovese —responde Miranda, con un tono que no dejaba espacio para dudas.
La recepcionista frunce el ceño, claramente sorprendida.
—¿Tienen una cita? —inquirió, levantando una ceja.
—No, pero es urgente —insiste Marianela, sintiendo que su corazón se acelera.
La recepcionista mira un momento su computadora y luego se dirige a ellas con una expresión de desdén.
—Lo siento, pero no puedo dejarlas pasar sin una cita. —Su tono era tajante y autoritario.
Miranda intercambia una mirada con Marianela, y en ese instante, ambas supieron que no podían rendirse tan fácilmente. Con un gesto, Miranda se inclina hacia la recepcionista.
—Escucha mamasita, no somos solo cualquier persona. Somos las hijas de Milo Genovese, y hemos venido desde México para hablar con él sobre nuestra madre. ¿Sabes dónde está México? está en el culo del mundo mija, bien lejos, así que mueve el tuyo y ve a avisarle a papá —dijo con firmeza, intentando mantener la calma.
La recepcionista palidece a punto de llamar a seguridad pero una espina se le clavo en el pecho realmente si las mira bien se parecen al señor Genovese, en ese momento sus ojos se abrieron de par en par.
—Un momento, por favor —responde, desapareciendo rápidamente tras una puerta trasera.
Las gemelas se miran, la esperanza llena sus corazones. No pasaron más de cinco minutos cuando la recepcionista regresa, esta vez acompañada de un hombre alto y robusto con un traje oscuro que las observaba con curiosidad y tatuajes que sobresalen del cuello del traje.
—Síganme —dijo el hombre, señalándolas con un gesto de su mano.
Las gemelas lo siguieron, con su corazón latiendo con fuerza mientras atravesaban pasillos adornados con fotografías de famosos y sus firmas. Finalmente, llegaron a una puerta imponente y, tras un breve golpe, el hombre les hizo un gesto para que entraran.
Dentro, el despacho de Milo Genovese era un reflejo de su personalidad: lujoso e intimidante.
Un gran escritorio de madera oscura ocupa el centro de la sala y una armadura de caballero precolombina detrás de él, Milo estaba sentado con una copa de tequila en su mano derecha. Era un hombre atractivo en sus cuarenta, con una presencia dominante que llenaba la habitación, además de unos ojos azules.
—¿Quiénes dicen ser? —pregunta, con su voz profunda resonando en el aire.
—Papá… —susurra Marianela, sintiendo el peso de la palabra.
Era la primera vez que la pronunciaba.
Milo levanta la vista, mientras sus ojos claros se abrieron en sorpresa.
Las gemelas se sintieron expuestas bajo su mirada penetrante, pero la determinación las mantenía firmes.
¿Cómo era posible? Parecen la viva imagen de Felicia su amante, pero tenía entendido que estaba embarazada de un bebé no de dos.
—¿Qué están haciendo aquí? —dice, con un tono que oscilaba entre la incredulidad y la curiosidad.
—Nuestra madre… Felicia… murió hace unos meses. Y ella nos dejó esto —dijo Miranda, extendiendo la carta que había guardado.
Milo toma la carta y, al abrirla, sus ojos se estrecharon en reconocimiento. La sorpresa fue reemplazada por un matiz de dolor y un remordimiento que nunca había sentido antes.
—No puedo creer que estén aquí —murmura, con su voz más suave. —No sabía que Felicia había tenido a las gemelas.
Las palabras resonaron en el aire, y Marianela sintió que el peso de la ausencia de su madre se intensificaba. Por un momento, todos los recuerdos de su infancia pasaron por su mente, el dolor de perder a su madre y la incertidumbre de no conocer a su padre.
—Vinimos a conocerte, y para saber si puedes ayudar a nuestro tio… o si podemos quedarnos contigo —dijo Miranda, con la voz firme pero cargada de emoción.
Milo se pone de pie, pasando la mano por su cabello oscuro y despeinado. La lucha interna era evidente en su rostro.
—No sé qué decir. Me alegra verlas, pero hay cosas que deben saber sobre nuestro mundo… —dice, dándose cuenta de que no podía ocultar la realidad.
Marianela y Miranda se miraron, la angustia y la esperanza reflejadas en sus ojos.
—Estamos listas para enfrentar lo que venga —dijo Marianela, decidida.
Milo respira hondo y, mientras se preparaba para hablar sobre su oscuro legado, sabía que las vidas de las gemelas estaban a punto de cambiar para siempre. La conexión familiar era innegable, pero el mundo en el que se habían adentrado estaba lleno de traiciones y secretos. La verdad siempre tenía un precio.