La tensión en la oficina de Milo Genovese se disipó momentáneamente cuando la curiosidad y la determinación de las gemelas se hicieron evidentes. Dos hombres de traje hicieron presencia.Fueron a buscar a Milo para un evento ilegal programado.
—Estos son Álvaro mi mano derecha, esteban y Jesús.
Las chicas los saludan y ellos de vuelta.
Sin embargo, en el fondo de su corazón, Milo sabía que la vida que sus hijas estaban a punto de conocer no sería fácil. Quería asegurarse de que estuvieran preparadas para enfrentar el oscuro mundo de la mafia. Les ordenó a su asistente que les traigan desayuno. Ambas estaban tomando confianza y descartaron que su papá las sacaría a patadas.
—¿Saben defenderse? —pregunta Milo, mirándolas fijamente.
Marianela y Miranda intercambiaron una mirada de complicidad, y ambas asintieron con confianza.
—Hemos entrenado. Sabemos cómo manejar armas, caballos, avionetas —responde Marianela mientras se limpia los labios con la servilleta al terminar, con una firmeza que sorprende a su padre.
—¿Cuantos años tienen?
—Ya cumplimos los quince en mayo pasado.
Milo asintió, una mezcla de orgullo y preocupación cruzando su rostro. No quería que sus hijas se vieran arrastradas a la vida que él había llevado, pero también sabía que, en el mundo en el que vivían, debían estar preparadas para cualquier eventualidad.
—Entonces, es hora de que vean lo que significa ser parte de esta familia —dijo, tomando su abrigo. —Vengan conmigo. Estaba saliendo a una reunión de negocios. Permanezcan a mi lado y mantengan un perfil bajo.
Las gemelas lo siguieron, subieron a su Maserati y atravesaron las calles de Chicago, con sus corazones latiendo con emoción y nerviosismo.
Después de unos minutos de conducir, llegaron a un barrio que vibraba con una energía cruda y peligrosa. Las calles estaban llenas de graffiti, y el aire era espeso con el aroma de la vida mañanera.
Milo estaciona el automóvil frente a un edificio que parecía ser una fachada. Las luces parpadeantes y la música fuerte provenían de adentro, y un grupo de hombres de aspecto rudo se congregaba en la entrada, charlando en voz baja, mientras fuman.
—Esto es una pelea ilegal. Aquí es donde los hombres resuelven sus diferencias —explica Milo, guiándolas hacia la entrada. —Y donde las apuestas se hacen grandes. Mi padre, su abuelo, me tiene a cargo de esto.
Al entrar, las gemelas se encontraron en una sala abarrotada de gente. La atmósfera era electrizante, llena de gritos y vítores mientras los espectadores apostaban enormes cantidades de dinero en un ring improvisado en el centro del lugar.
Milo las condujo a un rincón donde podían ver mejor. A su alrededor, los hombres ensacados hacían apuestas en voz baja, sus ojos fijos en el ring, donde dos luchadores se enfrentaban en una pelea feroz. La multitud se dividía entre aplausos y gritos de aliento, la tensión palpable en el aire.
—¿Entienden lo que está en juego aquí? —pregunta Milo, observando a sus hijas.
Las gemelas asintieron, sintiendo la emoción en sus venas. Habían crecido escuchando historias sobre el lado oscuro de la vida, y este era el primer vistazo real de ese estilo.
Un apostador de aspecto duro se acerca a Milo, con una sonrisa burlona en su rostro.
—Genovese, siempre has tenido un ojo para el talento. ¿Qué te parece si me vendes a estas putas? Estoy dispuesto a ofrecer una buena suma.
Milo frunce el ceño, con su rostro endureciéndose.
—Estas putas no están en venta, y no me interesa lo que ofreces —responde, con su voz firme.
El apostador lo mira, sorprendido por la negativa, pero la sonrisa regresa a su rostro mientras se volvía más persuasivo.
—¿Qué tal una apuesta, entonces? Apuesto a que mis chicos podrían derrotar a tus chicos en el ring. Si ellos ganan, me das una parte de tus ganancias y a una de ellas. Si pierden, te doy un millón.
Milo se queda en silencio, sopesando la propuesta. El lugar estaba lleno de hombres que solo querían ver sangre, y un desafío como este podía ser tanto una oportunidad como un riesgo.
Mira a sus hijas, quienes lo observaban con la misma determinación en sus ojos.
—¿Creen que pueden ganar si entran al ring a patearles el culo?
—Claro papá—responde Marianela.
—Son gatitos comparados con los sicarios en México.
—Bien, sólo no se confíen—les aconseja.
Él se gira al hombre que espera su respuesta.
—Apuesto dos millones a que mis dos putas le ganan a cualquiera de tus luchadores y si ganan me quedo con él 20 por ciento de ganancias de tu casino y tu carro deportivo que está afuera, si pierdo te entrego mi discoteca y te las puedes llevar a ellas dos, saben dar unas ricas sentadas y mamadas que te llevarán a la luna—dijo finalmente, con una confianza que resonó en la habitación.
El apostador se ríe, mientras la diversión brilla en sus ojos.
—Está bien, amigo italiano. ¿Cómo lo hacemos?
Las apuestas comenzaron a fluir, y la multitud se aglomeró alrededor del ring, emocionada por la oportunidad de ver a esas gemelas en acción. Milo llevó a sus hijas al lado del ring, donde dos hombres robustos se preparaba para el combate.
—Escuchen, esto no será fácil. Pero sé que pueden hacerlo. Es su oportunidad de demostrar que son más que simples chicas, si las cosas se ponen feas solo rindanse, yo sé cómo evitar que se las lleven —les dice, mirándolas a los ojos.
Marianela sintió una mezcla de emoción y nerviosismo. Era una lucha no solo por el orgullo, sino también por su futuro. Sabía que no podían fallar.
—Lo haremos, padre —dice, con una determinación que la sorprendió incluso a ella.
Las gemelas subieron al ring, sintiendo el calor del público que las observaba. Se miraron, el entendimiento entre ellas más fuerte que nunca. Eran un equipo, y debían trabajar juntas para ganar.
Los hombres que se enfrentarían a ellas eran dos luchadores grandes y musculosos, con una reputación que les precedía. Cuando sonó la campana, las gemelas se lanzaron al ataque. El primer oponente fue hacia Marianela, quien lo esquivó con gracia. Utilizó su agilidad para golpearlo en el costado y luego en las dos bolas, haciéndolo tambalearse.
Miranda, por su parte, se lanzó sobre el segundo luchador, quien la subestimó. Con una rapidez sorprendente, lo derribó al suelo con una llave en el cuello que empezaba a dejarlo morado por falta de aire.
La multitud estalló en vítores y gritos, sorprendidos por la habilidad de las gemelas.
Las apuestas subían y ellas le hacen señas a su padre que podían continuar.
Ambas luchadoras se movían con una sincronización perfecta, cada golpe y cada movimiento ejecutado como un ballet feroz. El tiempo parecía detenerse mientras intercambiaban golpes con sus oponentes, cada uno más fuerte que el anterior.
Finalmente, después de varios minutos de lucha intensa, las gemelas lograron derribar a seis de sus oponentes en intervalos de tiempo, mientras la multitud estalla en un clamor ensordecedor.
—¡Ganadoras! —grita un hombre desde el ring, mientras los aplausos resonaban en el espacio.
Milo observaba desde un rincón, con su corazón rebosante de orgullo. Las gemelas habían demostrado no solo su valía, sino también que pertenecían a este mundo.
Mientras se retiraban del ring, la adrenalina aún fluyendo por sus venas, una nueva vida se extendía ante ellas. Ahora sabían que podían luchar por lo que querían y que, juntas, eran invencibles.
Al bajar del ring, el apostador se acerca, sorprendido por la derrota de sus luchadores.
—No esperaba que lo hicieran tan bien —dice él, con su tono ahora más respetuoso.
—Nunca subestimes a las dos caras de la mafia Palacios —responde Milo, con su voz grave resonando en el aire.
Marianela y Miranda se miraron, con la sonrisa en sus rostros iluminando el ambiente. Habían tomado un paso más cerca de descubrir su destino, y no había vuelta atrás.