—Dios...estoy muerta —dice Miranda mientras se estira y sale de la cama.
Se ducha mientras el sol se alza lentamente sobre la ciudad de Chicago, el sol se eleva y se cuela a través de las ventanas del moderno apartamento que Milo Genovese había proporcionado a sus gemelas.
Las paredes estaban decoradas con tonos neutros, y los muebles eran elegantes pero funcionales. Tienen refrigerador, dos habitaciones, un baño, terraza, una cocina pequeña pero moderna con todo lo que iban a necesitar. Era un lugar que decía “poder”, y las gemelas lo sentían en cada rincón.
Marianela se despierta después, arrascandose la panza, mientras la luz de la mañana estaba filtrándose a través de las cortinas. Se estiró, sintiendo la suavidad de las sábanas en su piel, y se sentó en el borde de la cama, inhalando el aroma a café que llegaba desde la cocina.
Aún tenía en mente la intensa pelea de la noche anterior; la adrenalina seguía corriendo por sus venas. Y deseaba darle más madrazos al siguiente contrincante. Había sido un gran primer paso en el mundo del crimen, y ahora no había vuelta atrás.
Mientras se vestía, pensó en el trabajo que su padre le tendría organizado para ella. Tal vez tendría que salir a la calle, a hacer una de las tareas rutinarias para él o uno que otro mandado. La vida que llevaban sería diferente a lo que habían conocido, pero también estaba llena de promesas y desafíos.
Después de vestirse, se dirigió a la cocina donde encontró a su hermana Miranda preparándose un desayuno ligero. Miranda siempre había sido más organizada, más enfocada en los detalles, mientras que Marianela tendía a ser más impulsiva y emocional. Aunque esta tenía mejor léxico que su hermana, que no respetaba ni al más santo, le daba tres pitos mandar al mismísimo demonio a quien sea.
—Buenos días —saluda Marianela, sonriendo mientras servía un poco de café en una taza.
—Buenos días —responde Miranda, girándose con una expresión de cansancio. —No puedo creer que todavía me duela el cuerpo por la pelea de anoche.
Marianela soltó una risa suave.
—¿Qué esperabas? No somos unas simples chicas ahora. Somos luchadoras. Y teníamos mucho que no jalábamos peluquines.
Miranda rodó los ojos, pero una sonrisa se asomó en sus labios. Ambas disfrutaban de la nueva vida que comenzaban a construir, aunque sabían que cada día traía consigo nuevos peligros.
Después de desayunar, las gemelas se prepararon para salir. Milo había decidido separarlas en sus trabajos para mantener la confidencialidad de su verdadera identidad. Nadie sabía que tenía hijos y menos que fueran gemelas.
Marianela saldría de noche, mientras que Miranda tendría un trabajo durante el día.
—Recuerda, mantente alerta y no confíes en nadie —les advirtió Milo cuando se despidieron, luego de sus instrucciones. —Chicago puede ser peligroso, y mi mundo no es para las débiles. Las enviaré a cada una con mis hombres de confianza a hacer algunas tareas para que se vayan adaptando y cogiendo el hilo a las cosas.
Las gemelas asintieron, el nerviosismo asomándose en sus estómagos, pero también una emoción incontrolable. Sabían que estaban dando pasos hacia lo desconocido.
Miranda se despidió de su hermana y salió del apartamento de su padre. Su primer día de trabajo la llevó a un exclusivo club nocturno que Milo había adquirido. Su tarea consistía en recibir a los clientes, asegurándose de que todo estuviera en orden y de que los hombres de negocios que llegaran se sintieran bienvenidos. No era una tarea difícil, pero también significaba que debía ser observadora y estar atenta a cualquier comportamiento extraño. Pero ese primer día se la pasaría con el contable y el administrador para que se empape de todo el negocio. Por eso llegó temprano porque el camión del dinero llegaba al medio día.
Mientras tanto, Marianela tenía un trabajo diferente. Le habían asignado la tarea de ayudar a organizar eventos privados en un elegante restaurante italiano de la ciudad. Su encanto y belleza eran herramientas valiosas, y no podía esperar para poner en práctica lo que había aprendido en sus años de vida en México.
El día avanzó, y mientras Miranda sonreía a los clientes, Marianela se dedicaba a ayudar con la planificación de un evento exclusivo que se llevaría a cabo esa noche.
Los hombres de la mafia estaban dispuestos a gastar grandes sumas de dinero, y el ambiente estaba impregnado de tensión y emoción.
Al caer la noche, Marianela se preparó para su primer evento. Se vistió con un elegante vestido n***o que acentuaba su figura, asegurándose de que su tatuaje de cobra en la espalda baja quedara oculto. Mismo tatuaje que se hizo con su hermana al cumplir los 15. Sabía que no podía permitirse mostrar su conexión con la mafia todavía. Los hombres de la mafia podían ser impredecibles, y no quería que la identificaran.
En el restaurante, el ambiente estaba lleno de risas, música suave y el tintinear de las copas de vino. Ella entró como camarera para que conozca de cerca a los clientes y se encariñen. Marianela se movía entre las mesas, sirviendo a los clientes y asegurándose de que todo estuviera en orden. Sin embargo, no podía evitar sentir la tensión en el aire; muchos de los hombres que estaban allí eran conocidos en el círculo criminal.
Cuando el evento llegó a su clímax, una figura familiar entró por la puerta: Milo. Se movió con una presencia que exigía respeto, y los hombres a su alrededor se hicieron a un lado al reconocerlo. Marianela sintió un nudo en el estómago. Tenía que actuar con normalidad, pero sabía que era solo cuestión de tiempo antes de que se cruzaran.
Milo la vio y, a pesar de la multitud, su mirada se encontró con la de ella.
Una pequeña sonrisa se dibujó en su rostro. Sin embargo, había algo más: un rayo de preocupación.
—Haz tu trabajo, Marianela —susurra, acercándose un momento, antes de dirigirse a uno de sus socios.
Marianela asintió, tratando de ignorar la inquietud en su interior. Se concentró en su tarea, hablando con los clientes y asegurándose de que todos tuvieran una experiencia agradable. Pero, a medida que avanzaba la noche, la atmósfera se tornó más pesada.
De repente, un grito resonó desde el fondo del restaurante. Marianela se giró y vio a un hombre en pie, señalando hacia la puerta.
—¡Eso es un desastre! —gritó, haciendo que todos se volvieran hacia él.
La multitud se aglomeró, y Marianela no pudo evitar acercarse para ver qué había sucedido. En el centro de la habitación, un grupo de hombres de la mafia estaba discutiendo acaloradamente. La tensión se podía cortar con un cuchillo.
Milo estaba en medio de la confrontación, y Marianela sintió una punzada de miedo. ¿Qué estaba pasando?
Un hombre de gran tamaño, con un tatuaje de serpiente en el cuello, comenzó a empujar a Milo, provocando un choque de egos. La multitud se separó, dejando espacio para la pelea.
—¡Tú no puedes tratarme así, Genovese! —rugió el hombre, sus ojos ardían de rabia.
Marianela miró a su padre, sintiendo la presión aumentar en su pecho. Debía hacer algo. Pero, ¿qué podía hacer ella en medio de un conflicto de este tipo?
La conversación se tornó cada vez más violenta, y Marianela sintió que su corazón latía más rápido. Justo cuando pensó que no podía soportarlo más, escuchó la voz de su hermana a su lado que llegó para recogerla.
—Marianela, debemos salir de aquí. Esto se va a poner peligroso.
Miranda había terminado su turno y se había apresurado a unirse a su hermana. Ambas sabían que la situación podía escalar en cualquier momento, y su instinto de supervivencia se activó.
—Vamos —respondió Marianela, comenzando a alejarse del tumulto.
Mientras se movían hacia la salida, Milo gritó algo que no alcanzaron a entender, pero el tono de su voz dejó en claro que las cosas estaban a punto de empeorar. Las gemelas corrieron hacia la puerta, pero antes de que pudieran salir, la pelea estalló.
Los gritos y los golpes resonaron en la habitación, y Marianela sintió que su corazón se detenía.
De repente, todo se volvió caótico.
Las sillas volaron, las mesas se voltearon y la multitud se dispersó.