Capítulo 5. La invitación. (Parte 2)

1141 Words
El Pabellón del Alba Clara era una joya de arquitectura abierta, construida sobre un pequeño estanque de lotos. Con la primera luz, el aire olía a flor de loto, té fresco y los discretos aromas de un desayuno imperial: bollos al vapor, pescado curado, frutas en conserva y arroz congee. Todo era impecable, silencioso, y tan formal que casi dolía. Zhen-He llegó con la precisión de un reloj de sol. Su vestimenta era la de un rey en funciones, no de un esposo: túnica oscura con los bordados mínimos de su nuevo rango, el cabello recogido con severidad. Al ver a Liling, ya sentada, no hubo sorpresa en su rostro. Solo un ligero, casi imperceptible, endurecimiento de la línea de la mandíbula. Hizo una inclinación de cabeza exactamente tan profunda como el protocolo entre un rey vasallo y la princesa heredera del imperio exigía. Ni un grado más. —Princesa Liling —dijo, su voz un bajo resonante y carente de inflexión. —Rey Zhen-He —ella respondió, inclinándose a su vez—. Agradezco que aceptara mi invitación. Por favor, tome asiento. Él lo hizo, con una economía de movimientos que hablaba de control absoluto. Un sirviente llenó sus tazas de té. El silencio que siguió no fue incómodo para él; era simplemente un espacio vacío que ella tenía la obligación de llenar. Liling sintió el peso de su propia jugada. Este no era un terreno neutral; era su territorio, regido por sus reglas de distancia. —Espero que los informes de Xue-Yu no sean demasiado agobiantes —comenzó ella, eligiendo el camino más seguro. —Son la carga del cargo —respondió él, tomando un sorbo de té. Sus ojos, del color del ágata, se posaron en ella sin realmente verla, como si evaluara un informe más—. Se gestionan. Liling respiró hondo. El "flanqueo" requería un primer avance. —He tenido oportunidad de revisar algunos registros archivados de Mo-Yu, intercambios pasados con la región sur de Xue-Yu —dijo, manteniendo la voz neutra, profesional—. Los patrones de las plagas actuales… no se ajustan a los ciclos históricos de sequía o infestación. Son atípicos. Zhen-He dejó su taza sobre la mesa con un suave clic. Por primera vez, su mirada se enfocó completamente en ella, no con interés, sino con atención de halcón. —¿Atípicos en qué sentido específico, Princesa? Era su apertura. Minúscula, pero real. —En su linealidad —explicó Liling, desplegando un pequeño mapa que había traído consigo. Señaló con un dedo—. Siguen el curso del río Lang, casi milpa a milpa, de sur a norte. Una plaga natural se dispersa como una mancha. Esta avanza como… como una fila de soldados. Él observó el mapa, su expresión inescrutable. —He considerado esa posibilidad —admitió, y las palabras sonaron como una concesión hecha a un colega de bajo rango—. Envenenar aguas es un método antiguo. El corazón de Liling dio un vuelco. Él ya lo sabía. O al menos lo sospechaba. Su plan no era alertarlo, era unirse a su línea de pensamiento. —Es un método que requiere acceso, discreción y un conocimiento específico de la tierra —añadió ella, cuidadosamente. —Sí —fue su única respuesta. Luego, tras una pausa que se hizo larga: —¿Tiene su padre, el Emperador, observadores capacitados para esa tarea? Para vigilar puntos críticos sin levantar alarmas. Ahí estaba. La trampa que ella había anticipado. La acusación velada de que era solo un canal de Mo-Yu. Liling no se inmutó. —El Emperador tiene muchos recursos —dijo, y luego desvió el golpe con elegancia—. Pero este no es un asunto que requiera la movilización imperial. Sería… ineficiente, y podría interpretarse como una injerencia. Zhen-He la miró fijamente, un destello de algo —¿curiosidad? ¿sorpresa?— cruzando sus ojos antes de que el hielo volviera a formarse. —Proponga, entonces. —Yo proveeré los observadores —declaró Liling, y su voz no titubeó—. De mis fondos personales, como una inversión en la estabilidad de un reino aliado y… cercano. Serían leales a la misión, no a un trono ajeno. Agrónomos, rastreadores. Gente discreta. El silencio que siguió fue diferente. No era vacío; estaba cargado de cálculo. Zhen-He recorrió con la mirada el mapa, el estanque, y finalmente, a ella. Era una evaluación fría, desapasionada, de los riesgos y beneficios. —Un grupo de civiles financiado por la princesa del imperio, moviéndose por mi territorio —musitó, más para sí que para ella—. También podría generar… interpretaciones. —Generaría menos interpretaciones que una columna de soldados con el estandarte de Mo-Yu —replicó Liling con rapidez—. Y los informes llegarían directamente a usted. Yo solo sería la patrocinadora silenciosa. Él dejó escapar un leve sonido, algo entre un suspiro y un resoplido de alguien que reconoce una jugada bien ejecutada. —El control sería mío —afirmó, no preguntó. —Totalmente —confirmó ella—. Yo solo facilito los ojos. Usted decide qué hacer con lo que vean. Zhen-He tomó otro sorbo de té, su mirada perdida en la superficie del estanque, donde un pez dorado rompía la tranquilidad. La batalla interna era visible sólo en la leve tensión de sus manos alrededor de la taza. —Muy bien —dijo al fin, las palabras saliendo como un decreto—. Tendrá sus permisos de paso. Se los haré llegar. —Hizo una pausa, y cuando volvió a hablar, su voz era aún más fría, si cabía—. Pero establezco las condiciones: un solo incidente. Una sola queja fundada de mis aldeanos por intrusismo o daño. Un solo indicio de que esta… facilitación sirve a otro interés que no sea el de Xue-Yu. Y todo termina. De inmediato. ¿Está claro? Era más de lo que Liling había esperado. Era un "sí" con mil cuchillas ocultas, pero era un sí. —Está claro, Su Majestad —asintió, conteniendo el impulso de sonreír. No habría agradecimiento. No lo había. Solo un contrato riesgoso. —Entonces el asunto queda tratado —dijo Zhen-He, poniendo fin a la negociación. Se levantó, su desayuno apenas tocado—. Si me disculpa, tengon asuntos que atender. —Por supuesto. Gracias por su tiempo. Él hizo otra inclinación de cabeza, idéntica a la primera, y se alejó con pasos largos y silenciosos, su figura oscura absorbiendo la luz naciente del alba. Liling se quedó sentada, la taza de té enfriándose entre sus manos. El sabor en su boca no era a victoria. Era a pólvora humeante, al silencio tenso que precede a la explosión. Había conseguido su puente. Pero cruzarlo significaba caminar sobre una cuerda floja sobre el abismo de su desconfianza, con el tiempo y la madrastra soplando viento en contra.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD