Capítulo 5. La invitación (parte 3)

1324 Words
El eco de los pasos de Zhen-He aún resonaba en el pabellón cuando la energía contenida de Liling se quebró. Dejó escapar un tembloroso suspiro y se apoyó en la mesa, los dedos aferrados al borde de la fría madera de ébano. Había ganado un centímetro de terreno en un campo minado. No era alivio lo que sentía; era el vértigo de quien ha cruzado un puente colgante y solo entonces mira hacia el abismo. No tuvo tiempo de saborear ni siquiera ese vértigo. Bao apareció en el arco del pabellón, su presencia tan discreta como siempre, pero había algo en la rigidez de sus hombros, en la manera en que sus ojos escudriñaron el entorno antes de acercarse, que apagó cualquier atisbo de triunfo en el pecho de Liling. —Su Alteza —saludó Bao, haciendo una reverencia más profunda de lo habitual. Un código. —Bao. Reporta —dijo Liling, enderezándose. La Princesa había vuelto, empujando a la mujer nerviosa a un rincón. Bao se acercó, bajando la voz a un hilo que el susurro del viento en los lotos apenas dejaba escuchar. —El mensaje de nuestro contacto en los lindes de Xue-Yu llegó. Confirmado. El hombre que le seguía el rastro a los reclutadores… fue encontrado al amanecer en un callejón del distrito portuario. Liling contuvo el aliento. —¿Capturado? —Muerto, Alteza —la palabra cayó como una losa—. La guardia local lo registra como un robo fallido. Garganta cortada. Monedas esparcidas. Pero nuestro contacto vio la escena. El corte era demasiado limpio. Profesional. Y las monedas… estaban ordenadas alrededor del cuerpo, como una ofrenda burlona. Un frío más penetrante que el del aire matinal se apoderó de Liling. No era un asesinato. Era un mensaje. Un aviso escrito en sangre: Deja de husmear. La próxima vez, será alguien cuyo rostro conozcas. —La madrastra —susurró Liling, la certeza un sabor a hierro en su boca—. Sabe que alguien del palacio investiga. Está limpiando el rastro. Bao asintió, su rostro grave. —Y hay más. Mientras intentábamos seguir el hilo del mineral, di con una curandera anciana, de las que recuerdan los viejos tratados. La que antes atendía a la familia de… él. —Bao no necesitaba decir el nombre. Se refería a la familia de Zhen-He, antes de que la madrastra llegara. Liling se acercó más. —¿Y? —La Piedra Luna de los Pantanos es inerte por sí sola —explicó Bao, sus palabras medidas y claras—. Para corromper un lugar, para que su veneno se una al agua y la tierra, necesita un catalizador. Un vínculo de sangre con la vida de ese lugar específico. —¿Sangre? —preguntó Liling, un escalofrío recorriéndole la espalda. —No humana —aclaró Bao rápidamente—. Sangre de una criatura nativa. Un zorro de esas colinas, un ave de ese bosque, un pez de ese mismo río que se quiera envenenar. La criatura debe capturarse viva cerca del lugar, sacrificarse en el ritual, y su sangre mezclarse con el mineral pulverizado. Sólo entonces la magia negra se activa y se vuelve… específica. Imparable. Los engranajes en la mente de Liling comenzaron a girar a una velocidad frenética. La amenaza ya no era una nube abstracta. Tenía forma, método y un punto ciego explotable. —Entonces, para envenenar el pozo de Liang-Shui… —empezó. —Necesitarían un animal de los bosques al sur del río Lang, capturado en los últimos días —concluyó Bao—. Probablemente ya lo tienen, o están a punto de conseguirlo. Liling cerró los ojos por un segundo, el mapa del reino de Zhen-He desplegándose tras sus párpados. Pozos, ríos, bosques. Y una mancha de oscuridad moviéndose entre ellos, con una jaula en la mano. —Esto cambia todo —dijo, abriendo los ojos con una determinación renovada—. No solo debemos vigilar los pozos. Tenemos que impedir que consigan el catalizador, o secuestrarlo nosotros. Si no tienen la sangre específica, su mineral es solo polvo caro. —¿Y los permisos del Rey? —preguntó Bao—. ¿Cubren… la caza furtiva de animales destinados a rituales oscuros? Una sonrisa fría, sin humor, se dibujó en los labios de Liling. —Cubren la observación y la recolección de muestras para evaluar la salud del ecosistema. Y si, en el proceso, nuestros agrónomos encuentran y liberan a un animal herido atrapado en una trampa ilegal, o custodian muestras biológicas para su estudio… estarán cumpliendo con su deber. Bao casi esbozó una sonrisa a su vez. La astucia de su señora estaba afilándose en la piedra de la necesidad. —Necesitaré un rastreador. Alguien que no sea del palacio, que conozca los bosques y que no tema ensuciarse las manos. —Encuéntralo —ordenó Liling—. Paga lo que sea necesario, pero que sea discreto y leal al oro, si no a la corona. Y que sepa que está cazando cazadores. Bao inclinó la cabeza. —Se hará. Y el espía muerto… Liling miró hacia donde Zhen-He se había ido. La imagen de su frialdad calculada se superpuso a la del cadáver en el callejón. —Es una advertencia para nosotros, pero también es una prueba —murmuró—. Una prueba de que la madrastra se está desesperando, moviéndose rápido y sucio. Mantén los oídos abiertos. Si ella cometió un error al limpiar, quiero saberlo. Esa podría ser nuestra grieta en su armadura. —Sí, Alteza. Bao se deslizó fuera del pabellón, dejando a Liling sola otra vez con el desayuno frío y el peso de un hombre muerto y un animal por salvar. La partida había subido de nivel. Ya no se trataba sólo de ganar el perdón de un hombre. Se trataba de librar una guerra invisible en las sombras de su reino, con las vidas de sus habitantes como moneda de cambio. Y ella, la antigua conspiradora, era ahora la única línea de defensa que Zhen-He no sabía que tenía. La noche había reclamado el jardín cuando Liling volvió a él. No buscaba el Pabellón del Alba Clara, con su fantasma de conversaciones medidas. Su camino, casi inconsciente, la llevó de nuevo al sendero de guijarros, al seto de bambú, al claro circular. Estaba vacío, bañado en luz plateada. El aire aún guardaba un tenue olor a ozono, a energía disipada. Se acercó al centro, donde él había estado. Y ahí, en la losa gris más gastada, lo encontró. No era una runa perfecta. Era un rastro: una quemadura negruzca en forma de grieta relampagueante, donde el poder había mordido la piedra con más fuerza de la intención. Un error de control, una fracción de segundo en que la emoción —¿frustración? ¿dolor?— había superado a la disciplina. Era la primera imperfección que Liling veía en él. No en el rey, ni en el héroe, sino en el hombre. Se arrodilló, sin tocar la marca. El frío de la piedra penetró la fina seda de su vestido. Contempló esa grieta carbonizada como si fuera una ventana. Aquí, en la soledad de su práctica, incluso él perdía el control absoluto. Incluso él llevaba cicatrices que no mostraba. Un impulso la movió, simple y puro. Buscó entre la gravilla del borde del claro hasta encontrar una piedra pequeña, lisa, de un blanco lechoso. No era jade, ni tenía valor. Era sólo una piedra del lugar. Con un cuidado infinito, la colocó justo al borde de la marca negra, como un guardián silencioso, como una ofrenda mínima. No decía "perdóname". Decía algo más simple y más profundo: "Yo también estoy aquí. Y ahora, por fin, veo." Se levantó y se alejó, dejando atrás el claro, la marca y su pequeña, frágil respuesta. La guerra en las sombras continuaba. Pero en su pecho, junto al miedo y la determinación, ahora latía con fuerza un nuevo sentimiento: reconocimiento.
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