La quietud fue lo que la delató. En los aposentos de Liling, el silencio tenía una cualidad distinta cuando Bao estaba presente. Era un silencio activo, lleno de la certeza de que, en cualquier momento, una taza de té aparecería, un informe sería susurrado, una preocupación sería anticipada. El silencio que cayó tras la salida de Bao fue diferente. Era vacío. Un vacío que se hizo más profundo y amenazante con cada minuto que pasaba. Liling intentó concentrarse en los mapas, en las rutas de escape hipotéticas para Liang. Pero las líneas se desdibujaban ante sus ojos. La sensación de pérdida inminente, aguda y gutural, se aferró a su garganta. Bao nunca se demoraba. Nunca. Cuando el sol comenzó a inclinarse y no hubo noticias, dio la orden discreta: un guardia leal, uno de los pocos cuyo

