La puerta de roble macizo se cerró tras Liling con un golpe profundo y definitivo. El sonido retumbó en la pequeña estancia como un latido de corazón de piedra, y luego, el silencio. Un silencio denso, palpable, que se asentó sobre los hombros de Liling como una capa de plomo. La luz de la única lámpara de aceite danzaba sobre las paredes desnudas, creando sombras que se alargaban y contraían al ritmo de una brisa inexistente. Olía a papel viejo, a tinta seca, y al aroma tenue y varonil del sándalo que siempre acompañaba a Zhen-He. Allí estaban los tres, convertidos en estatuas por el peso del momento. Zhen-He, de pie junto a la ventana, su silueta recortada contra la oscuridad de la noche. No se había movido cuando ella entró. Su espalda era una línea de tensión absoluta, los hombros r

