El diván de madera tallada era incómodo, pero Liling no lo notó. Su cabeza descansaba contra un cojín de seda descolorida, sus párpados luchando por mantenerse abiertos mientras Zhen-He aún sujetaba su muñeca, tomando el pulso con una concentración que parecía más propia de un médico que de un rey. Sus dedos eran cálidos contra su piel febril, y ese contacto, tan inesperado, la mantenía anclada a la conciencia. Jin había traído el agua fresca y el cofre de hierbas rojas. Ahora estaba de nuevo en las sombras, un testigo silencioso. Zhen-He mojó un paño y lo colocó sobre la frente de Liling con una brusquedad que delataba su poca práctica en gestos de cuidado, pero también una intención genuina. —Bebe —ordenó, acercando un cuenco con agua a sus labios. Liling obedeció, el líquido fresco u

