Capítulo 5.La Invitación.(Parte1).

1028 Words
La luz de la luna había lavado el jardín, pero en la mente de Liling aún danzaban las runas. No eran recuerdos estáticos; eran estelas de fuego dorado que se incrustaban en su conciencia, cada una un recordatorio de la vasta distancia que existía entre la princesa que observaba desde las sombras y el hombre que forjaba su poder bajo el cielo abierto. La admiración era un nudo en la garganta, mezclado con el regusto amargo de la culpa. Había querido destruir aquello. Ahora, su único deseo era protegerlo, aunque él nunca lo supiera. El concepto de "flanquear" ya no era una metáfora de Bao. Era un mandato táctico. Y para flanquear una fortaleza de desconfianza, se necesitaba un terreno neutral, un ritual social inobjetable. La idea le llegó no como un pensamiento, sino como una iluminación práctica, como el encaje perfecto de dos piezas de un mecanismo complejo: un desayuno formal. No una cena, con sus connotaciones de intimidad forzada. No un té, cargado del fantasma de su último fracaso. Un desayuno. La primera comida del día, asociada a la claridad, a los negocios, al comienzo de la labor. El marco perfecto para hablar de Xue-Yu sin el peso agobiante de sus emociones personales. Y quizás, sólo quizás, si la conversación fluía sobre mapas y cosechas, algún atisbo del hombre detrás del rey podría asomarse. —Bao —llamó, y su voz en la quietud de la alcoba sonó con una firmeza nueva—. Mañana al alba, quiero desayunar con el Rey Zhen-He. En el Pabellón del Alba Clara. Prepáralo todo con discreción, pero con la excelencia que su rango merece. Nada que huela a disculpa. Todo debe decir… colaboración respetuosa. Bao, que parecía materializarse de la penumbra, asintió sin una palabra de más. Comprendía el lenguaje no dicho de su señora: era un movimiento de ajedrez en su guerra privada. Mientras Bao se desvanecía para dar las órdenes, Liling se enfrentó a su guardarropa. Sus manos pasaron sobre los brocados escarlata y los dorados que solía usar para impresionar. Los rechazó. Pasó sobre los vestidos de seda ligera, demasiado evocadores de la mujer frívola que había sido. Finalmente, eligió un hanfu de dos piezas en un azul profundo, casi nocturno, el color de la lealtad y la seriedad en los códigos heráldicos del imperio. El bordado era sutil, hilos plateados formando el motivo de la grulla en vuelo —símbolo de longevidad y vigilancia elevada—, no de flores efímeras. Se miró en el espejo. La imagen que le devolvía no era la de una novia, ni una amante suplicante. Era la de una consorte potencial. Una mujer de Estado. Estaba terminando de ajustar el cinturón de jade cuando Bao regresó. Pero no venía con la confirmación de los preparativos. Su rostro, normalmente un lago de calma, mostraba una leve arruga de preocupación en la frente. —Su Majestad —dijo, bajando la voz—. Mientras afilaba los oídos en los canales del servicio, llegó un mensaje de nuestro contacto en los lindes de Xue-Yu. Han identificado uno de los pozos principales de la aldea de Liang-Shui, el que abastece a tres graneros. Las rutas de los hombres de la madrastra… convergen en sus cercanías como buitres a un campo recién arado. Un frío súbito, distinto al de la noche, recorrió la espina dorsal de Liling. No era solo una sospecha ahora; era una coordenada en un mapa, un blanco con fecha de caducidad. La urgencia, repentina y feroz, le cerró el puño en el estómago. Ya no tenía el lujo de un acercamiento gradual. Cada hora que pasaba, ese pozo, y el sustento de cientos de personas, estaba en peligro. Giró sobre sus talones para mirar a Bao, y en sus ojos ya no había solo determinación, sino el brillo metálico de la necesidad. —Entonces el tiempo, que ya era escaso, se nos ha convertido en arena que se escapa entre los dedos —murmuró. Ahora, el desayuno ya no era solo una estrategia. Era la única jugada posible. Necesitaba el permiso tácito de Zhen-He, su no interferencia, para mover sus propias piezas en su tablero. Si él la frenaba o, peor, si investigaba por su cuenta y tropezaba con la trampa de la madrastra, todo estaría perdido. —Trae papel, tinta y mi sello personal —ordenó, y fue hacia su escritorio. Con mano segura, a pesar del temblor interno, escribió. No una súplica. Una invitación formal, concisa, impecable en su caligrafía y en su redacción cortesana. "A Su Majestad, el Rey Zhen-He de Xue-Yu. La Princesa Liling de Mo-Yu solicita el honor de su compañía para un desayuno de trabajo mañana al alba en el Pabellón del Alba Clara, a fin de intercambiar impresiones sobre ciertos asuntos de Estado que atañen a la estabilidad y prosperidad de sus respectivos cargos. Con el debido respeto, Liling." Selló el documento con su sello de princesa, un círculo de cera carmesí marcado con el emblema del fénix. Lo entregó a Bao. —Entrégasela en persona. A él, no a un sirviente. Bao asintió, tomando el pergamino como si fuera un arma. —¿Y si rehúsa, Alteza? Liling contuvo el aliento que quería convertirse en un suspiro de ansiedad. —Entonces —dijo, con una voz que creía más firme de lo que se sentía—, tendremos que actuar a ciegas, y el riesgo se multiplicará por diez. Ve. Una vez sola, los preparativos para la cena y el descanso se volvieron un ritual automático, vacío. Al final, envuelta en el silencio de sus aposentos, se acercó a la ventana. El cielo estrellado era una bóveda indiferente sobre el palacio dormido. Su mirada se perdió buscando, sin querer, la dirección del pabellón de Zhen-He. ¿Aceptarás?, pensó, la pregunta lanzada a la fría noche. No solo era una cuestión de protocolo. Era el primer verdadero test de si el muro de hielo tenía, al menos, una rendija por donde pudiera colarse la más mínima posibilidad de una tregua. El peso de la respuesta pendiente era tan tangible como el frío del jade contra su piel. Mañana, al alba, lo sabría.
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