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Arkania: El Eco de las Cenizas

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Blurb

En Arkania, la virtud es un defecto y el vicio es la única religión. Gabriel, un exmilitar convertido en periodista, sabe que en esta ciudad todo tiene un precio... incluso la vida humana. Pero cuando su investigación lo lleva a las puertas doradas del Club Euphoria, descubre que el verdadero infierno está cubierto de terciopelo y huele a champagne caro.

Allí, la élite de la ciudad, liderada por intocables magnates, juega con los cuerpos y las almas de los inocentes. Pero Gabriel no es una presa fácil; es un cazador que ya no tiene nada que perder. Junto a Lia, una aliada tan peligrosa como seductora, se infiltrará en el corazón de la bestia.

¿Podrán destapar la verdad antes de que el placer se convierta en su tumba?

Bienvenido a Arkania: Entrar es fácil. Salir te costará el alma.

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PRÓLOGO
Arkania dormía bajo una lluvia eterna. Los rascacielos se elevaban como agujas de acero intentando perforar el cielo, mientras las calles se pudrían en un fango de desesperanza. A simple vista, todo parecía funcionar: el tráfico avanzaba, las luces nunca se apagaban y las pantallas repetían promesas de progreso. Pero bajo la superficie, las cloacas estaban llenas de cuerpos, secretos y mentiras. En los distritos altos, los poderosos brindaban con champaña importada, celebrando contratos millonarios sellados con sangre. En los suburbios, el hambre mordía la piel de los niños como un animal invisible. La justicia se había vendido al mejor postor, y la verdad se había convertido en una moneda más en el mercado n***o. En Arkania nadie lloraba; todos negociaban su dolor. El placer se había transformado en religión, y el hedonismo era la fe oficial del imperio moderno. La música de los clubes nocturnos sonaba como un himno a la decadencia. Hombres y mujeres se perdían entre cuerpos, drogas y promesas de olvido. Todo podía comprarse, incluso la inocencia. Los medios maquillaban la ruina con sonrisas artificiales y campañas de caridad transmitidas en horario estelar. Pero detrás de cada sonrisa había una pistola, detrás de cada aplauso, una amenaza. El placer era una máscara, y la ciudad una jaula dorada donde todos fingían ser felices. Arkania era el espejo del mundo: brillante por fuera, podrido por dentro. Entre esas sombras, un hombre aún recordaba lo que era la verdad. Gabriel Álvarez, periodista y ex militar de voz firme y mirada cansada, había decidido desafiar el sistema. No buscaba fama ni gloria, solo justicia. Había perdido demasiado para rendirse: su esposa, su hijo, su hogar. El fuego del Santuario —aquel refugio que alguna vez fue símbolo de esperanza— le arrebató la paz. Desde entonces, su vida se redujo a perseguir fantasmas, a reconstruir pedazos de un rompecabezas manchado de sangre. La mafia lo perseguía, el gobierno lo odiaba y el miedo lo abrazaba cada noche, pero Gabriel seguía escribiendo, convencido de que la palabra podía ser más letal que cualquier bala. Fue entonces cuando conoció a Lia, una mujer con los ojos del mismo color que la tormenta. Infiltrada como periodista, pero perteneciente a la Interport, valiente, obstinada, con un pasado tan roto como el suyo. No necesitó decirle mucho: sus silencios hablaban el mismo idioma del dolor. Juntos comenzaron una cruzada imposible, una guerra sin trincheras contra un enemigo invisible que vestía traje y corbata. Lia era su espejo, su sombra y su fuego. Donde Gabriel veía ruinas, ella veía causas; donde él solo veía muerte, ella encontraba razones para seguir. En un mundo que se desmoronaba, ella se convirtió en su última frontera contra la oscuridad. El régimen de Álvaro Santoro, presidente de Arkania, había elevado la corrupción al rango de arte. Tras los muros de cristal del Palacio Federal se decidía el destino de millones de almas. Junto a él, el estratega Damián Luján tejía una red de tráfico, drogas y trata humana que alimentaba el monstruo de la codicia. Los periódicos hablaban de crecimiento económico, mientras las morgues se llenaban de cuerpos sin nombre. Nadie tocaba al poder. Nadie, hasta que Gabriel transmitió en vivo desde el corazón del sistema, desnudando los secretos que nadie debía ver. Aquella noche, el país vio por primera vez su propio reflejo, y el poder juró silenciarlo para siempre. Las represalias fueron inmediatas. La casa de Gabriel fue destruida, su familia asesinada en un montaje que pretendía parecer accidente. Pero el fuego no lo consumió, solo lo endureció. Desde el exilio, junto a Lia y su viejo amigo Freddy Consier, comenzó una investigación que los llevaría hasta el centro del infierno. Descubrieron redes internacionales, políticos, empresarios y militares implicados. Cada nombre era una bala, cada archivo una bomba. La verdad pesaba, pero ellos estaban dispuestos a cargarla hasta el final. Lo que empezó como una historia de denuncia se convirtió en una cruzada personal, un ajuste de cuentas con la misma muerte. El país se fracturó. Santoro cayó, Luján huyó, y Arkania quedó suspendida entre la anarquía y la esperanza. Los organismos internacionales intervinieron, destituyeron al poder corrompido y colocaron un gobierno provisional. Pero la herida ya estaba abierta. Los ricos seguían siendo ricos; los pobres seguían muriendo con el nombre de la libertad en los labios. El nuevo presidente hablaba de democracia mientras firmaba contratos con los mismos hombres que habían destruido el país. La historia se repetía como un eco cruel, y solo unos pocos lo entendían. Entre ellos, Gabriel y Lia, que sabían que la corrupción no muere: solo cambia de rostro. El enfrentamiento final fue inevitable. Entre montañas y ruinas, bajo un cielo gris, Gabriel se enfrentó a Santoro, el hombre que le había robado todo. El odio se mezcló con la lluvia, el barro con la sangre. Santoro cayó, pero no como mártir, sino como un símbolo más de un sistema que se devora a sí mismo. Luján fue capturado. Freddy regresó del silencio. La Interport cerró el caso, y por primera vez en años, Arkania respiró. Pero en el pecho de Gabriel quedó el eco de su familia, el grito de su hijo, el olor del fuego. Había ganado la guerra, pero la paz seguía siendo una deuda. Cinco años después, el mundo siguió girando. Gabriel y Lia se alejaron de la Interport, del periodismo, de las sombras. Compraron una casa fuera de la ciudad, donde el viento olía a tierra mojada y las noches eran largas y silenciosas. Construyeron un nuevo hogar sobre las ruinas de sus pasados. A veces, Gabriel despertaba empapado en sudor, reviviendo la explosión, los gritos, la pérdida. Lia lo abrazaba sin decir palabra, porque sabía que hay dolores que no se curan, solo se acompañan. Él la miraba, y en sus ojos encontraba la única verdad que merecía ser contada: la de seguir viviendo. Arkania, lentamente, volvió a levantarse. Los viejos monumentos fueron derribados, los nombres del poder borrados de las avenidas. Los jóvenes crecieron con una nueva promesa: la de no repetir la historia. Pero en las esquinas, todavía se siente el temblor de lo que fue. Porque el hedonismo no desapareció, solo cambió de disfraz. El placer, el poder, la codicia siguen respirando bajo la piel de la ciudad. Y en algún lugar, entre la niebla y el ruido, la voz de Gabriel resuena como un eco lejano: “La verdad no muere, aunque la entierren mil veces”.

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