La noche cae sobre la República de Arkania como un manto de neón y humo. Las avenidas se iluminan con anuncios de lujo, autos eléctricos relucen bajo la lluvia, y en los callejones cercanos, los cuerpos se venden por monedas y promesas rotas. La ciudad huele a perfume caro y sudor humano. Desde el aire, parece un paraíso futurista; desde abajo, un infierno elegante. Cada esquina murmura una historia, y ninguna termina bien.
Gabriel Montes observa el paisaje urbano desde la ventana de su apartamento. Las luces se reflejan en sus pupilas, como si intentaran convencerlo de que el caos también puede ser hermoso. Fuma en silencio. El humo dibuja figuras que se deshacen antes de tomar forma. En la mesa hay pilas de documentos, fotografías y un grabador encendido. “Todos quieren placer”, murmura para sí. “Nadie quiere verdad.” Su voz interior suena cansada, como la de un hombre que ha visto demasiado. Han pasado quince años persiguiendo fantasmas: políticos que roban con guantes blancos, empresarios que lavan dinero en fundaciones benéficas, policías que protegen a los criminales que deberían cazar. Sabe que todos se mezclan en una misma copa, brindando por el hedonismo mientras el país se pudre.
La televisión del fondo muestra una fiesta exclusiva. Mujeres con vestidos brillantes, hombres de traje y copas de champaña. El noticiero lo llama “la gala benéfica del año”. Gabriel reconoce algunos rostros: ministros, jueces, un general retirado. Todos sonríen como si la felicidad fuera un acto de fe. Sabe que detrás de esas sonrisas hay polvo blanco, billetes manchados y cuerpos desaparecidos.
El sonido de una notificación interrumpe su pensamiento. Un mensaje sin remitente aparece en su pantalla: “Si quieres saber la verdad sobre Euphoria, abre el archivo.”
El archivo adjunto pesa más de un gigabyte. Gabriel duda. Abre una cerveza, toma un trago y da clic. La pantalla se llena de imágenes: mujeres jóvenes, fiestas, rostros de políticos, transacciones bancarias. Entre los nombres, uno destaca —Damián Luján.
El corazón de Gabriel se acelera. Luján es intocable, el empresario dorado de Arkania. Controla bancos, constructoras y, según rumores, parte del Ministerio del Interior. Pero verlo allí, en imágenes comprometedoras, lo cambia todo. Gabriel siente esa mezcla peligrosa entre adrenalina y miedo. Sabe que lo que acaba de ver puede costarle la vida… o devolverle el propósito que había perdido.
La cámara mental se aleja del apartamento y sobrevuela la ciudad. En el distrito financiero, una torre de cristal domina el horizonte. En su último piso, Damián Luján brinda con sus socios, rodeado de música y lujo. Sus ojos son fríos, calculadores, del color del metal pulido. Habla poco, pero cuando lo hace, todos escuchan. En su mundo, las palabras valen tanto como una bala.
Mientras tanto, en un barrio olvidado del sur, un grupo de niñas es subido a una camioneta sin placas. Una mujer rubia, de sonrisa ensayada, reparte billetes a un policía en la esquina. Nadie mira. Nadie pregunta. En Arkania, el placer tiene precio, y la inocencia se vende al mejor postor. La cámara sigue la camioneta hasta perderse entre los túneles de la ciudad.
Gabriel apaga el cigarrillo y observa la lluvia deslizarse por el vidrio. Piensa en su esposa, en su hija dormida a pocas habitaciones de distancia, y siente una punzada de culpa. Prometió dejar ese tipo de casos, pero el archivo arde en su mente. “Solo miraré un poco más”, se dice. Pero sabe que es mentira. Nadie vuelve igual después de ver la verdad desnuda.
Abre una libreta vieja y escribe tres palabras: Euphoria, Luján, corrupción. Cierra el cuaderno y lo guarda en el cajón inferior de su escritorio. La voz interior suena firme, casi desafiante:
> “Si el placer gobierna, la justicia duerme. Y yo ya no quiero dormir.”
Afuera, la ciudad continúa su fiesta interminable, ajena a la tormenta que está por desatarse.
La lluvia no ha cesado en toda la noche. Arkania parece respirar bajo el agua. Gabriel conduce su viejo sedán por las avenidas encharcadas, con el limpiaparabrisas marcando un ritmo hipnótico. El archivo del correo sigue abierto en su mente. Cada imagen, cada rostro, cada transacción lo empuja hacia un lugar del que juró alejarse. Pero hay algo en esa palabra —Euphoria— que suena demasiado familiar, como si ya la hubiera escuchado en otro tiempo, en otro caso.
Llega al periódico donde trabaja. El edificio es gris, con luces titilantes y olor a café viejo. Entra sin saludar. Su oficina es un desorden de notas, grabadoras y fotografías. Coloca una memoria USB en la computadora y descarga el archivo. Imprime algunas imágenes y las coloca sobre la pared. Mujeres con ojos vacíos, copas, drogas, y detrás de todo, un logotipo dorado con la letra “E”. Euphoria Club. Un templo del placer.
—No me digas que vas a meterte en eso otra vez —le dice una voz femenina a su espalda.
Es Laura Campos, su compañera de investigación, con mirada aguda y cigarrillo entre los dedos. Ella fue su cómplice en casos pasados, hasta que ambos estuvieron a punto de morir por uno.
—Solo estoy mirando —responde Gabriel.
—Mientes peor que los políticos a los que investiga.
Laura se sienta en el escritorio y observa las fotos.
—Ese lugar lo mencionaron hace un año, ¿recuerdas? Cuando desaparecieron tres modelos rusas. Nadie investigó. Dijeron que se habían ido del país.
Gabriel asiente en silencio.
—Y ahora aparece el nombre de Luján —agrega ella—. Si vas a tocarlo, asegúrate de no hacerlo solo. Ese hombre no deja cabos sueltos.
Gabriel la mira con gratitud y cansancio. “Nunca lo hago”, miente otra vez.
La cámara corta a las afueras del club Euphoria. Una fila de autos de lujo se extiende bajo un toldo iluminado con luces púrpura. Guardias con trajes negros revisan discretamente las entradas. Las mujeres sonríen, los hombres ríen. Desde adentro se escucha el retumbar del bajo y el tintineo de copas. Es un palacio de vicio, escondido tras la fachada de un club privado.
Gabriel, vestido con una chaqueta oscura y una gorra baja, observa desde el otro lado de la calle. Una cámara diminuta asoma desde su reloj. Habla en voz baja, grabando sus impresiones.
> “Club Euphoria. Distrito financiero. Entrada solo con invitación. Lo llaman el corazón del placer. Pero algo me dice que también late con sangre.”
Toma un par de fotos y se aleja antes de ser visto. En el interior del club, la cámara se desliza entre luces estroboscópicas y cuerpos en movimiento. El aire huele a champaña, perfume y cocaína. Las risas son nerviosas, casi histéricas. En una suite privada, Damián Luján charla con dos ministros y un general. Sus rostros están desenfocados por el humo, pero sus voces suenan claras.
—La gente no necesita justicia —dice Luján—. Solo necesita distracciones.
Fuera del club, Gabriel se resguarda bajo un toldo y revisa las fotos en su cámara. Una limusina se detiene frente a él. Baja una mujer rubia, joven, con un vestido plateado y mirada vacía. Detrás de ella, un hombre corpulento la empuja suavemente hacia la entrada. Gabriel aprieta los dientes. Toma una última foto antes de que un guardia se gire hacia él.
—Oye, ¿tú qué miras? —grita el guardia.
Gabriel baja la cámara y se aleja entre la lluvia.
De regreso en su auto, revisa las imágenes capturadas. En una de ellas, se distingue claramente al ministro de Economía besando a una joven apenas mayor de edad, justo antes de retirarse del club. En otra, el rostro de Luján, difuso pero reconocible, también de retiro, pero en su auto sin chofer ni seguridad. Siente el pulso acelerado. Su instinto periodístico despierta. Sabe que ha encontrado la punta de un hilo que nadie quiere tocar. Y también sabe que tirar de él puede desatar un derrumbe.
Conduce de vuelta a casa mientras el amanecer comienza a teñir de gris las calles. La ciudad parece más silenciosa, pero no más limpia. Gabriel estaciona frente a su edificio y apaga el motor. Se queda un momento en silencio, escuchando la lluvia golpear el parabrisas.
> “Euphoria,” piensa. “El nombre perfecto para un país que olvida mientras goza.”
Toma su grabadora y añade:
“Hoy, empiezo otra vez. Tal vez sea mi último reportaje. Pero que el diablo me lleve si no lo termino.”