Capítulo 2: "El silencio de los buenos"

1411 Words
La mañana se abre gris y húmeda. El despertador suena, pero Gabriel ya está despierto. No ha dormido más de dos horas. Los pensamientos giran en su cabeza como moscas sobre una herida abierta. En la mesa, las fotografías del club Euphoria están extendidas como piezas de un rompecabezas maldito. Se prepara un café cargado y vuelve a observarlas. Cada rostro, cada gesto, cada mirada parece gritarle un secreto. Decide ir al mercado n***o de información, un pequeño café en el barrio de Los Puentes donde los hackers y soplones venden datos al mejor postor. El lugar huele a tabaco y electricidad. Entra con paso seguro. Tras una mesa, una mujer con cabello corto y lentes oscuros lo recibe con una sonrisa apenas visible. —Vaya, si es el famoso Gabriel Montes —dice con voz burlona—. Creí que estabas retirado. —Lo estuve —responde él—. Hasta que alguien me trajo de vuelta al infierno. La mujer se llama Iris, aunque todos la conocen como la Fantasma. Es una experta en información digital y una de las pocas personas que no le teme al poder. Gabriel le muestra el logo de Euphoria. —Iris, necesito saber quién está detrás de esto, nombres, direcciones, cuentas. Todo. Ella silba con tono divertido. —Eso es tocar al mismísimo diablo, Montes. Pero el diablo paga bien. ¿Qué ofreces a cambio? —La verdad —responde él. Ella ríe. —Eso no se cotiza alto por aquí. Aun así, acepta el trato. Le pide veinticuatro horas. Gabriel le deja una dirección segura donde enviar la información. Al salir del café, siente la mirada de alguien detrás. No se vuelve, pero su cuerpo entero se tensa. En este juego, una sola distracción puede ser mortal. Se mezcla entre la multitud, sabiendo que la ciudad nunca duerme, pero siempre vigila. Esa noche, la lluvia regresa, más intensa que antes. Gabriel conduce hacia el barrio de El Mirador, donde según los rumores vive una bailarina del club Euphoria. Su nombre aparece en los archivos del correo: Lía Duarte. Al llegar, el edificio parece abandonado. Subiendo las escaleras, escucha un televisor encendido en el piso tres. Golpea la puerta con suavidad. —¿Lía Duarte? Soy periodista. Quiero hablar contigo. La puerta se abre apenas unos centímetros. Un ojo lo observa desde la oscuridad. —No hablo con periodistas —responde ella, dudando que sea cierto. —Entonces habla con un hombre que perdió demasiado buscando la verdad —dice Gabriel, sin mover la mirada. Silencio. Luego, el sonido del cerrojo. La puerta se abre. Dentro, el apartamento, aunque pequeño, es acogedor, algunas botellas vacías y luces parpadeante. Lía es joven, hermosa, pero con la mirada rota. Su piel brilla por el sudor y el miedo. —No debiste venir —susurra—. Ellos saben cuando alguien pregunta por mí. —Necesito entender qué es Euphoria. —Es una cárcel con espejos —responde ella—. Crees que bailas libre, pero estás encadenada. Gabriel saca su grabadora, pero ella la aparta. —No grabes. Si alguien escucha mi voz, estaré muerta antes del amanecer. Ella habla rápido, mirando la ventana cada pocos segundos. Le cuenta que Euphoria es solo la fachada visible de una red de tráfico humano. Las chicas llegan prometidas como modelos, luego desaparecen entre contratos falsos y silencios comprados. —¿Y quién maneja todo? —pregunta Gabriel. Lía lo mira con lágrimas contenidas. —El hombre de las fiestas. El de la sonrisa perfecta. Damián Luján. Gabriel siente un escalofrío. Su sospecha se confirma. —¿Tienes pruebas? —Solo mi palabra —responde ella—, y eso no vale nada. Lo que Gabriel no sabe es que Lia, lleva años como agente infiltrada detrás de la red de Santoro y Lujan y teme que Gabriel ponga es riesgo la operación. Así que decide no contarle nada hasta no estar segura de que Gabriel es confiable. De repente, el sonido de un motor se detiene frente al edificio. Lía se pone de pie, asustada. —Se adelantaron… No debiste venir, ¡te siguieron! Gabriel apaga la luz, corre hacia la ventana y mira hacia la calle: una camioneta negra sin placas. Golpes en la puerta. Tres golpes secos, contundentes. —Policía —grita una voz del otro lado. Lía niega con la cabeza, temblando. —No son policías —susurra—. Gabriel toma su cámara y busca una salida. La única es el pasillo trasero que da a la azotea. > “Siempre hay una forma de salir,” piensa. Pero esta vez, la ciudad no parece dispuesta a dejarlo escapar. Los golpes en la puerta se repiten, más fuertes, más impacientes. Gabriel y Lía se miran; el miedo se adhiere al aire como una nube tóxica. Con un gesto, él apaga el televisor para borrar el ruido. Luego toma la mano de Lía y la conduce hacia la cocina, donde una escalera oxidada lleva al techo. Los pasos del pasillo retumban, el metal vibra, y la puerta principal cede con un crujido. Entran tres hombres vestidos de n***o. No hay insignias, no hay miradas curiosas: solo propósito. Uno revisa la habitación mientras otro sostiene un arma con silenciador. Gabriel alcanza la azotea y empuja a Lía hacia atrás de un tanque de agua. El aire está cargado de lluvia y electricidad. Desde arriba puede ver la camioneta aún encendida, las luces interiores rojas como ojos de un demonio. El primer disparo suena como un trueno sofocado. La bala rebota en el muro, apenas a centímetros de su cabeza. Gabriel rueda sobre el suelo, empuñando una vieja pistola que lleva siempre escondida. Dispara una vez, solo para ganar tiempo. Los hombres suben. Gritos. Pasos. El cielo parece desplomarse sobre ellos. —¡Corre! —le grita a Lía— ¡No te detengas! Lía corre entre techos, saltando de edificio en edificio. Gabriel la sigue, pero uno de los atacantes emerge del humo y lo derriba con un golpe seco. El impacto le corta la respiración. Lucha, forcejea, y logra empujar al hombre contra una antena oxidada. La corriente eléctrica hace el resto. Un destello azul ilumina la azotea, y el cuerpo cae inerte. El segundo agresor apunta desde lejos. Gabriel se cubre tras un tanque de gas. El disparo retumba. Fragmentos de concreto le cortan el rostro. En ese instante, Lía grita su nombre desde el edificio contiguo. Él responde con un salto desesperado, cayendo sobre un techo de zinc que cede bajo su peso. Ruido metálico, polvo, oscuridad. Despierta entre escombros, con un dolor punzante en el hombro. Lía se lanza, y lo ayuda a levantarse. —Estás herido —dice ella. —Solo el orgullo —responde, intentando sonreír. Desde la calle llegan sirenas. Pero él sabe que no son de la policía real; en esta ciudad, hasta las sirenas están compradas. Corren por los callejones hasta llegar a un túnel viejo, un pasadizo que usaban los contrabandistas hace décadas. El lugar huele a humedad y a miedo acumulado. La linterna de Gabriel ilumina grafitis antiguos, nombres borrados por el tiempo. —¿A dónde lleva esto? —pregunta él. —A ninguna parte —responde Lía—. Pero por ahora, eso es mejor que estar muertos. El sonido de los pasos los persigue, multiplicado por el eco. Gabriel detiene la marcha y apunta al pasillo. Nadie aparece. —¿Por qué siguen tan rápido? —murmura. —Porque no persiguen solo a un periodista —dice Lía con la voz quebrada—. Persiguen a quien puede destruirlos. Gabriel baja el arma, sabiendo que tal vez sea cierto. Llegan al final del túnel. Una salida oxidada da a las vías del tren. Afuera, la lluvia cae como si el cielo estuviera lavando sus pecados. Gabriel ayuda a Lía a subir. Detrás de ellos, los pasos se acercan. Él se detiene un instante y mira hacia el túnel oscuro. > “Siempre hay alguien mirando desde las sombras,” piensa. Luego, cierra la compuerta con fuerza. Cuando por fin logran refugiarse bajo un puente, Gabriel observa su entorno: chabolas, cartones, cuerpos cubiertos con mantas húmedas. La otra cara de la ciudad. El contraste le golpea la conciencia. —Aquí nadie busca placer —dice Lía. —No —responde él—. Aquí solo buscan sobrevivir. La cámara de Gabriel parpadea. Una nueva grabación inicia. El verdadero reportaje acaba de comenzar.
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