Capítulo 1
En pleno verano, frente al imponente Edificio del Imperio del Cielo, el aire parecía más pesado de lo normal.
Dos Rolls-Royce negros permanecían estacionados frente a la entrada principal, brillando bajo el sol abrasador como símbolos de poder absoluto. La puerta trasera del primer vehículo se abrió lentamente, y un guardaespaldas vestido de n***o descendió con precisión militar.
Detrás de él apareció un hombre.
Frío. Imponente. Inalcanzable.
Maximilian Cross, el tercer joven señor de la familia Cross y una de las figuras más influyentes de toda la capital.
Su rostro perfecto parecía esculpido en piedra, sin una sola emoción visible. Su aura era tan distante y opresiva que los empleados presentes sintieron un escalofrío recorrerles la espalda.
Un silencio solemne cayó sobre el lugar.
El ambiente era tan tenso que nadie se atrevía siquiera a respirar con normalidad.
Justo cuando Maximilian estaba a punto de entrar al edificio…
—¡Papá!
Una voz infantil, clara y adorable, atravesó el aire como un rayo inesperado.
Todos los ejecutivos giraron la cabeza de inmediato, buscando el origen de aquel grito con evidente desconcierto.
Y entonces lo vieron.
Un niño pequeño, de apenas cuatro o cinco años, corría hacia la entrada.
Llevaba un overol de mezclilla, un sombrero amarillo para el sol y una mochila escolar demasiado grande para su diminuto cuerpo. Una botella de agua con dibujos animados colgaba de su pecho, rebotando con cada paso.
Su piel era pálida, casi nacarada, y su rostro… peligrosamente adorable.
—¡Papá, por fin te encontré!
Sin dudarlo, el niño se lanzó hacia Maximilian y abrazó con fuerza sus largas piernas con sus bracitos regordetes.
El mundo pareció detenerse.
El rostro de Maximilian se ensombreció al instante.
Una mirada fría, cargada de incomodidad y desagrado, cayó sobre el niño.
¿De dónde salió este mocoso?
El director del departamento de gestión sintió que el alma se le salía del cuerpo. Estaba a punto de desmayarse. Un incidente así, en pleno horario laboral y frente al presidente… probablemente significaba su renuncia inmediata.
Corrió apresuradamente hacia el niño.
—Oye, pequeño… no puedes ir llamando “papá” a cualquiera. Ven, ven.
El niño alzó la mirada hacia el hombre de unos cuarenta años y parpadeó con inocencia.
—A tu edad… ya podrías ser mi abuelo.
El director palideció por completo al sentir la presión helada del presidente detrás de él.
Tragó saliva.
—Entonces… ven con el abuelo. Rápido.
Pero el niño no lo soltaba.
Se aferraba con todas sus fuerzas a las piernas de Maximilian, con los ojos llenos de lágrimas.
—Papá… ¿ya no me quieres? ¿Papá?
El murmullo de curiosidad comenzó a extenderse entre los empleados que observaban desde la entrada. Sin embargo, nadie se atrevía a decir una sola palabra en voz alta. No después de ver el rostro frío y sombrío del presidente Cross.
La voz de Maximilian cayó como hielo puro.
—Llévenlo a mi despacho. Ahora.
Marcus Steele, su guardaespaldas, obedeció de inmediato. Levantó al niño con cuidado, que seguía llorando desconsoladamente, y entró rápidamente al edificio.
Detrás, los ejecutivos comenzaron a susurrar con incredulidad contenida:
—¿Cuándo… tuvo el presidente un hijo?
“No es lo que yo sé. He oído que no está interesado en las mujeres…”
“Esto es realmente repentino…”
A doscientos kilómetros de distancia, en el Pueblo del Arroyo Floral, Ciudad Nube, el ambiente era tranquilo, casi engañosamente sereno.
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En una granja rodeada por un amplio patio de tierra, Selene Whitmore se encontraba completamente concentrada en uno de sus experimentos. Dentro del tubo de ensayo, un líquido azul intenso burbujeaba con vida propia, reaccionando como si tuviera voluntad. Selene, con guantes y gafas de protección, levantó una mano para acomodarse los lentes mientras observaba con precisión clínica cada cambio en la mezcla.
Un instante después, el resultado esperado ocurrió: una columna de humo blanco comenzó a elevarse lentamente desde la pequeña botella. Selene soltó un leve suspiro de alivio, como si por fin hubiera liberado la tensión acumulada durante horas de trabajo.
Sin perder tiempo, en el patio exterior, transfirió los datos del experimento a un servidor en Estados Unidos. Sus dedos se movían con rapidez, fríos y calculados. Cuando terminó, encendió el micrófono y envió un mensaje de voz breve, sin emoción alguna:
—No me pidas más ayuda. Esta será la última vez.
A su lado, su discípulo, Hubert Quentin, la observaba con una mezcla de respeto y admiración casi infantil. No podía ocultar su curiosidad, así que se atrevió a preguntar:
—Jefa… ¿y el niño Leo? ¿Dónde está ahora?
Selene se quitó lentamente las gafas de protección, como si la pregunta no tuviera demasiada importancia, y respondió con absoluta indiferencia:
—He oído que se fue a buscar a su padre.
Las manos de Hubert se paralizaron en el aire. La baqueta que estaba mordisqueando cayó al suelo con un pequeño golpe seco.
—¿Padre? —repitió, incrédulo—. ¿Sabe siquiera quién es su padre?
Selene se masajeó con calma la nuca, como si el tema le resultara más molesto que importante.
—Dice que lo encontró —respondió con frialdad—. Aunque ni siquiera yo sé quién es su padre. Ese mocoso asegura que no he hecho lo suficiente por él… y ahora quiere buscar a su padre para hacer “justicia”.
Hubert preguntó con cautela, bajando un poco la voz como si temiera tocar un tema prohibido:
—¿De verdad no sabes quién es el padre de Leo, jefa?
Un leve destello de desagrado cruzó por la mirada normalmente fría e indiferente de Selene. Sus ojos se afilaron apenas, como una hoja que acaba de ser desenvainada.
—¿Qué? ¿Crees que te estoy mintiendo?
El tono fue bajo, pero suficiente para tensar el aire a su alrededor.
Hubert reaccionó de inmediato. Negó con la cabeza con tanta fuerza que parecía querer borrar sus propias palabras.
—¡Claro que no lo digo en serio, jefa! —se apresuró a aclarar, tragando saliva—. No me atrevería a dudar de ti… Solo… ¿a dónde fue Leo a buscar a su padre?
—Capital. Eso es lo que me dijo.
—¿Solo eso? —preguntó Hubert, aún incrédulo.
—Mm —respondió Selene Whitmore con total despreocupación, mientras continuaba lavando con cuidado la cristalería del laboratorio. El tintineo del vidrio era lo único que rompía el silencio.
—Pero solo tiene cinco años… ¿no te preocupa que lo secuestren?
Selene levantó la cabeza lentamente para mirarlo. A pesar de que Hubert llevaba un año trabajando a su lado, todavía era incapaz de acostumbrarse a esa mirada suya: unos ojos claros, encantadores, con forma de flor de durazno, que podían resultar hipnóticos y fríos al mismo tiempo.
—Él es Leo —dijo con calma—. Yo rezaría a Dios para que no fuera él quien secuestre a otros. ¿Quién podría secuestrarlo a él?
Hubert soltó una pequeña risa nerviosa.
—Tienes razón…