Le ofrezco la mano a Aine. Me deja alzarla. El temblor que recorre su codo pasa a mi brazo como una corriente viva, compartida. Ella se sacude la falda, erguida pese a la arena pegada a la mejilla. —Tiene carácter, ¿eh? —Ruairidh me palmea el hombro con complicidad—. A veces una mujer necesita un empujón para no olvidar su sitio. Su voz suena más afilada de lo que debería. Yo no respondo. Camino. Miro a los guardias que nos acompañan. No son pocos. Demasiados para uno solo. Hombres sin matices, sin huella. Tipos construidos de obediencia y hábito. Sus rostros no dicen nada, pero sus pies saben exactamente dónde detenerse, cuándo volverse, qué puerta escuchar. Sirven a Ruairidh con una fe tan ciega que no necesitan entender lo que vigilan, solo cumplir la orden. Dos de ellos me resul

