Lo noto acercarse, no con un paso físico sino con esa manera suya de estar presente sin abarrotar el espacio. Es un movimiento interno, como si su atención se aferrara a mi respiración, a mi miedo, a mi pulso. —Tal vez —dice— ya lo seas. Le sostengo la mirada y me sorprendo de mi propia osadía. Me refugio en una risa amarga, como si así pudiera ocultar el temblor que me recorre el vientre. —Estás muy seguro de cosas que no sabes. —¿Y tú? —replica él, en ese tono casi apagado que, sin embargo, late con fuerza—. ¿Estás segura de lo que quieres hacer? Ahí está. La pregunta que llevo días rumiando. No quiero llegar pura a la cama de mi futuro esposo… un hombre al que temo más por lo que no sé, que por lo que he oído de su reputación. Mi pequeña venganza consiste en no concederle la primer

