Capítulo 6

1542 Words
*Amara* Rodeo el claro por el lado donde la hiedra trepa los robles, esquivo a dos niños que corretean entre capas demasiado largas y jarras medio vacías, y finjo que necesito beber. Que necesito distancia. Aire. Un trago dulce que me refresque los labios y no esa quemazón que me sube por la garganta desde que lo he oído hablar. No bebo. Sostengo la jarra como quien se protege con una excusa. Pero lo siento antes de verlo. Ese tipo de presencia no se anuncia; simplemente se instala. Como el silencio justo antes de que alguien diga algo que no se puede desoír. Levanto la vista. Y ahí está. —¿Te has perdido... o me has seguido? No levanta una ceja. No cambia el gesto. Pero algo en su mandíbula se tensa apenas. —¿Tú qué crees? Su voz es grave, no por rudeza, sino por esa forma de hablar solo cuando el silencio ya ha dicho bastante. —Creo que sabes exactamente dónde estar para que te encuentren. —Y tú, dónde esconderte para seguir escuchando. Me muerdo el interior de la mejilla. Así que sabía todo el tiempo que yo estaba ahí, cerca, pendiente de su conversación. —¿Y por qué no dijiste nada? —Porque hablábamos de ti. Y quería saber si eres el tipo de mujer que decide si se acerca… o si muerde. —¿Y cuál soy? —Aún no lo he decidido. Pero tú tampoco. Mis dedos se cierran en torno a la jarra sin apretarla. No estoy temblando. Todavía no. Pero siento cómo se me clava la tela del vestido entre los omóplatos, como si la noche entera se hubiera girado a mirarme a través de él. —¿Y qué se supone que tengo que hacer con eso? —Lo que quieras. Yo ya hice lo que no tenía pensado hacer esta noche. —¿Seguir a una desconocida? —Quedarme. La palabra me descoloca. No por lo que implica. Sino por cómo la dice. Como si no lo hiciera desde el deseo. Ni siquiera desde la curiosidad. Como si quedarse junto a mí fuera una forma de reconocerse. O de dejar de esconderse. Y yo… Yo no sé qué hacer con alguien que no intenta impresionarme. Sino simplemente verme. Y eso, de alguna forma, me descoloca más. Me giro de medio lado para no estar frente a él mientras observo las llamas y a los bailarines. Él no se mueve, pero su cuerpo está en tensión contenida, como si pudiera dejar de estar allí en cualquier momento. —¿Siempre analizas a la gente antes de presentarte? —¿Siempre provocas antes de preguntar? —No. Pero hoy… estoy probando cosas nuevas —le respondo, y no puede evitar mirarlo. Entonces, por fin, lo hace. Sonríe. Poco. Apenas una curva. —Yo también. Me humedezco los labios, sin pensar. La jarra se me calienta entre los dedos. Él me observa con la tranquilidad de quien no tiene prisa por llenar el silencio. Y eso, más que cualquier frase ingeniosa, me obliga a hablar. —¿Eres alguien que debería recordar? Alza una ceja. Solo una. —¿Te haría comportarte distinto si lo fuera? —Probablemente no. Pero al menos sabría si me van a colgar mañana por hablarte así. —Entonces no lo soy. —¿Y si resulta que eres alguien importante? —Entonces te dejaría hablarme igual, por el puro placer de verlo. Ahí está. Esa manera suya de medir cada palabra como si no fuera a regalar ni una de más. Como si el silencio le perteneciera y solo lo rompiera cuando sabe que va a sacar ventaja. Y ahora que lo tengo tan cerca, lo veo bien. Es alto. Tiene la espalda recta como quien ha dormido sobre piedra toda su vida y aún se atreve a caminar con la cabeza alta, como si no esperara clemencia del mundo… ni la necesitara. Su pelo, largo por debajo de los hombros, no es n***o. Es más claro, castaño profundo con reflejos dorados, como si el sol le hubiese dejado marcas propias entre los mechones. Ondulado, rebelde. No parece cuidado con esmero, pero tampoco dejado al azar. Es de esos cabellos que caen como quieren… porque nadie se atreve a decirle que los lleve de otro modo. La mandíbula es afilada. El mentón, firme. Los pómulos altos, marcados como si alguien los hubiese cincelado a medias entre una batalla y un juramento. Y la boca... Esa boca no está hecha para sonreír. Está hecha para callar verdades, para sellar pactos con mordiscos, para decir menos de lo que siente y dejar que el resto arda. Pero si sonríe… si lo hace de verdad, será como desenvainar un arma. Una que no se enseña. Una que se clava. No lleva joyas. Ni bordados. Solo una tela de tartán sobre un hombro. Una tela común, sin ornamentos, sin ese entramado específico que distingue a los clanes con orgullo o con arrogancia. Es un tejido sencillo, de tonos oscuros y desgastados, como si llevara años envolviendo batallas ajenas. Podría ser un McLaren, un Buchanan o un Drummond. O no ser nada. No dice su origen, pero sí su carácter: aquel que no necesita anunciar quién es para que lo miren. Y yo lo miro. Porque hay algo en su forma de estar quieto que grita más alto que el resto. Como si incluso el tartán, ese símbolo ancestral que los hombres visten como escudo, en él fuera apenas un detalle más. No lo luce. Lo lleva. Como si su única lealtad ya no fuera a un apellido, sino a algo más hondo. Más antiguo. Más suyo. Y por primera vez, me doy cuenta de que su silencio no es distancia, es cálculo. Que su mirada no es juicio, sino lectura. Que este hombre que apenas se mueve... lo ve todo. Incluida a mí. —Drummond —dice entonces, rompiendo la línea de mi pensamiento—. Mi madre pertenecía a ese clan. Estoy de visita. Le creo poco. O no quiero creerle del todo. Pero tampoco pregunto. No todavía. Me descubro mordiendo el borde de la copa sin haber bebido aún. Sus ojos se deslizan por mi gesto. No con descaro. Con atención. —¿Tienes nombre? —inquiero. —¿Te ayudaría a decidir si vale la pena quedarte hablando? —No. Pero me evitaría tener que referirme a ti como « el hombre que no sonríe » . Ahí, casi imperceptible, una curva en sus labios. No es una sonrisa. Es un eco. —¿Y tú? —pregunta entonces, desviando el tema—. ¿Te quedas o estás de paso? —No. Yo soy parte del espectáculo. —¿Espectáculo? —La solución a todos los problemas. El trozo de carne envuelto en sedas para que algún hombre se crea salvador. Él no ríe. Solo ladea la cabeza. Como si me viera mejor desde ahí o acabara de escuchar algo importante. —¿Y estás cómoda con ese papel? —¿Tú lo estarías? —Depende. —¿De qué? —De si me dejaran escribir las últimas líneas. Mi estómago se encoge. No por la frase, sino por lo que despierta en mí. Una sensación primitiva de que, por primera vez, alguien está hablando el idioma que yo no sabía que necesitaba oír. No le respondo. Me limito a acercarme un poco más, como quien no quiere levantar polvo al caminar. —¿Y tú? ¿Qué papel has venido a interpretar esta noche? Su respuesta tarda. No porque dude. Porque la escoge. —El de un hombre que no quiere marcharse sin saber a qué sabría esta conversación si nadie estuviera mirando. Ahora sí sonrío. Y bajo la mirada, por primera vez. Y en mi interior, sin haberlo decidido del todo, algo cede. Sus respuestas son así. Breves. Afiladas. Como si cada palabra tuviera que ganarse el derecho a salir de su boca. Y, sin embargo, no hay frialdad. Solo una especie de calma peligrosa. Como un animal que no ha decidido si eres amenaza o tentación. Doy otro paso. Esta vez de frente. Él no retrocede. Ahora lo tengo más cerca. Siento su calor. Su altura. Huelo el cuero gastado, la madera de la empuñadura que asoma en su cinto. No se viste como un noble, pero hay algo en su porte que exige respeto. O al menos, no ser subestimado. —¿Y si te dijera que quiero hacer algo que no debería? Él no responde de inmediato. Solo entrecierra los ojos, como si estuviera midiendo mis palabras con cuidado. —Depende —dice al fin—. ¿No deberías por decencia, por miedo… o por orgullo? —Por todo eso… y por nada en concreto. Me mojo los labios con la lengua, en parte para humedecer la sequedad que siento, en parte para robarle un segundo más a mi respuesta. No sé por qué me alteran tanto sus silencios, ni por qué sus ojos me invitan a confesar lo que no debería. —Si lo digo en voz alta—susurro—, quizá me convierta en la clase de mujer que sería juzgada con severidad por la mañana.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD